viernes, 4 de julio de 2014

CAPITULO 92




Por imposible que pareciera, estaba aburrido de mi mente de mierda en esta hermosa y enorme villa francesa. El lugar no requería limpieza o trabajo manual, mi conexión VPN era tan lenta que no podía conectarme en el servidor AMG para hacer negocios reales, y - tal vez lo más extraño - me sentí como que había ciertas cosas que no debería hacer hasta que Paula estuviera aquí.


Me sentí mal por zambullirme en la piscina sabiendo que estaba atrapada en Nueva York. No quería caminar a través de los viñedos que bordeaban la casa, porque parecía que era algo que debíamos descubrir al mismo tiempo. El ama de llaves de Maxi había sacado algunas botellas de vino para que pudiéramos disfrutar, pero seguramente sólo un gran imbécil se las tomaría solo. Mi pretensión de esta casa era también de ella. Todavía sólo había abierto una puerta entre todas las puertas de las habitaciones, y dormí allí, no queriendo ir a través de nuestras opciones hasta que ella llegara. Juntos podríamos escoger donde pasaríamos nuestras noches.


Por supuesto, si dijera algo de esto ella se reiría de mí y me diría que estaba siendo dramático. Pero es por eso que la quería aquí. Algo monumental pasó el otro día cuando utilicé la señal del murciélago, y ese sentido de urgencia no había disminuido, y probablemente no lo haga hasta que ella esté aquí y escuche lo que tengo que decirle.


Caminé a través de los jardines, me quedé mirando hacia el océano a la distancia, y revisé mi teléfono de nuevo, leí el texto más reciente de Paula por enésima vez: «Parece que Air France podría tener un asiento libre».


Ella me había enviado esto hace unas tres horas. Aunque parecía prometedor, sus tres textos anteriores habían sido similares, y en última instancia, había sido rechazada por esos vuelos. Incluso si se había ido hace tres horas, ella no lo haría hacia Marsella hasta mañana por la mañana, en el mejor de los casos.


Por el rabillo de mi ojo, vi una pequeña figura emerger de la parte posterior de la casa y colocar un plato de comida en la mesa más cercana a la piscina. Otro vistazo al reloj de mi teléfono y me digo que me las arreglaré para matar un par de horas, y era finalmente el tiempo del almuerzo. La casa venía con una cocinera, una mujer de cincuenta y tantos llamada Dominique, que horneaba el pan cada mañana, y hasta el momento, servía un poco de variedad de pescado, verduras frescas del jardín, y los higos en el almuerzo. Los postres fueron macarons hechos a mano o pequeñas galletas con mermelada. Si Paula no llegaba pronto, Dominique me tiraría por la puerta para conocer a «mi amiga».


Al lado de mi plato había una gran copa de vino, y cuando miré a Dominique que se había parado en el umbral de la puerta de atrás, señaló el vino, y dijo: “Le boire. Vous vous ennuyez, et solitaire”.Beba, usted está aburrido y solitario.



Bueno, mierda. Yo estaba aburrido, y me sentía solo. Una copa de vino no hace daño. No estaba celebrando, estaba sobreviviendo, ¿verdad? Di las gracias a Dominique por el almuerzo, y me senté a la mesa, tratando de ignorar la brisa perfecta, la temperatura perfecta, el sonido del océano ni siquiera a una media milla de distancia, la sensación de la baldosa caliente bajo mis pies descalzos. No me gustaba ni un solo segundo hasta que Paula estuviera aquí.


Pedro, eres un patético observador de ombligo.


Como de costumbre, el pescado era increíble, y la ensalada con diminutas cebollas agrias y pequeños cubos de queso blanco me llenó tanto de sabor que antes de darme cuenta, mi copa estaba vacía y Dominique estaba a mi lado, en silencio rellenándola.


Empecé a detenerla, diciéndole que no necesitaba más vino. “Je vais bien, je n'ai pas besoin de plus”.Estoy bien, no necesito más.


Ella me guiñó un ojo. "¡Puis l’ignorer!”.Ignore eso.


Entonces lo ignoré.


Una botella de vino abajo y comencé a preguntarme a mí mismo por qué no había comprado un chalet en Francia. 


Después de todo había vivido en este país antes, y mientras los recuerdos eran agridulces - lejos de los amigos y la familia, con un trabajo agotador - había vivido aquí en una época de mi vida que se sentía tan corta en retrospectiva. 


Todavía era joven. Todavía estaba empezando, de verdad. Gracias a la mierda de que Paula y yo nos habíamos encontrado el uno al otro cuando todavía teníamos toda la vida por delante.


Joder, si Maxi pudo encontrar un lugar precioso como este, yo podría encontrar uno que fuera aún más exuberante y hermoso.


El vino había dejado mis extremidades calientes y pesadas, con la cabeza llena de pensamientos incoherentes que parecían no tener razón. ¿Qué tan demente hubiera sido conocer a Paula en mis veinte años? Hubiéramos roto este lugar, y probablemente sólo habría durado un fin de semana. ¿No es asombroso cómo conoces a la persona que estás destinado a conocer, cuando se supone que debes conocerla?


Busqué mi teléfono y le envié un mensaje a Paula: «Estoy tan contento de que nos conociéramos cuando lo hicimos. Incluso si fuiste un enorme dolor en mi culo sigues siendo lo mejor que me ha pasado».


Miré fijamente mi teléfono, en busca de algún indicio de que ella me respondió, pero nada. ¿Su teléfono había muerto? ¿O estaba dormida en el hotel? ¿Podía mandar textos en el avión? Hice un cálculo mental, sabiendo que ella tenía… ¿seis horas? ¿Siete horas de retraso…? No, demasiado complicado. Le sonreí a Dominique mientras me servía otra copa de vino, y le enviaba un mensaje a Paula otra vez: «No me beberé todo el winembut que tengo, ¡está Dellicioso! Prrometo dejar algo para ti».


Me puse de pie, tropezando con… algo. Fruncí el ceño hacia abajo en el césped y me pregunté si me había parado sobre un pequeño animal. Descartando la idea, entré en el jardín, extendiendo los brazos y dejando escapar un largo suspiro feliz. Me sentí relajado por primera vez desde la última ocasión que había follado a Paula, que fue hace aproximadamente un trillón de años. Con el estómago lleno y un poco de vino en mí, me di cuenta de que no me había tomado tiempo en absoluto para planificar la llegada de Paula. Tenemos algunas cosas que sacar del camino primero. Tenemos algunas conversaciones que hacer, cierta planificación.


¿Me la llevó al jardín, y la tumbo hacia abajo sobre el césped conmigo, para hacerla escucharme? ¿O espero un momento de tranquilidad durante la cena y luego voy hacia ella, guiándola fuera de la silla y cerca de mí? Yo sabía lo que quería decir. Repetí las palabras un millón de veces en mi cabeza en los vuelos hacia aquí, pero no sabía cómo lo iba a hacer.


Lo mejor era dejarla estar aquí unos días antes de dejar caer el martillo.


Cerré los ojos, incliné mi cabeza hacia atrás, hacia el cielo. Me dejé disfrutar de ello sólo un momento. El tiempo era espectacular. La última vez que había estado afuera en el sol con Paula estábamos en una barbacoa en casa de Federico el fin de semana anterior, y sólo había sido ligeramente cálido. Después de un día en el sol y el viento, habíamos ido a casa y tenido uno de los más perezosos y tranquilos sexos que podía recordar.


Abrí los ojos y de inmediato puse una mano sobre mi cara tapando el sol brillante. “Ooww. Joder”.


Dominique apareció a varios metros de distancia y apuntó a la puerta principal. “Allez”, dijo ella, diciéndome que vaya. "Se promener. Vous êtes ivre".Vamos camine, estás borracho.


Me eché a reír. Diablos, sí, estaba borracho. Me había servido toda la botella de vino para mí solo. “Je suis ivre parce que me vous versa une bouteille de vin entière”.Estoy borracho porque me sirvió una botella completa de vino. 


Creo que eso es lo que dije.


Con una sonrisa, levantó la barbilla. “Allez chercher des fleurs dans la rue. Demandez Mathilde”.Ve a la calle a buscar flores, pregunte por Mathilde


Eso era bueno. Tenía una tarea. Encontrar algunas flores. 

Preguntar por Mathilde. Me incliné para atar mi zapato y salí de la propiedad, en dirección al pueblo. Dominique era un ser astuto, conseguir emborracharme y luego mandarme a hacer recados, así no andaría abatido por la casa todo el día. Ella y Paula se llevarán de las mil maravillas.


A una media milla por la carretera, había una pequeña tienda con flores que se derramaban fuera de cada contenedor concebible: jarrones y cestas, cajas y urnas. 


Sobre la puerta había un pequeño cartel ovalado escrito con letra pequeña que se limitaba en decir, MATHILDE.


Bingo.


Una campana sonó cuando entré, y una joven mujer rubia salió de la parte trasera a la pequeña sala principal de la tienda.


Me saludo en francés, rápidamente me dio un vistazo y luego preguntó: “¿Usted es el americano?”.


“Oui, mais je parle français”.Si, pero yo hablo francés.


“Pero yo también hablo Inglés”, dijo ella con su acento rizándose alrededor de cada palabra. “Y es mi tienda, así que vamos a practicar para mí”.


Arqueó las cejas con coquetería, como para desafiarme. Ella era hermosa, sin duda, pero su persistente contacto con los ojos y la sonrisa me hizo sentir un toque incómodo.


Y entonces me di cuenta: Dominique sabía que yo estaba aburrido y solo, pero probablemente no tenía idea de que estaba esperando la llegada de Paula. Ella me llenó de vino y luego me envió con una caliente joven mujer soltera por la calle.


Oh, Dios mío.


Mathilde se movió un poco más cerca, ajustando algunas flores en un alto y delgado florero. “Dominique dijo que se alojaba en casa del señor Stella”.


“¿Conoces a Maxi?”.


Su risa era ronca y tranquila. “Sí, conozco a Maxi”.


“Oh”, dije con los ojos muy abiertos. Por supuesto. “Quieres decir que conoces a Maxi”.


“Eso no me hace única” dijo ella, riendo de nuevo. Mirando afuera hacia sus flores, ella preguntó: “¿Estás aquí por las flores? ¿O crees que quizá Dominique te haya enviado por algo más?”.


“Mi novia viene mañana, estaba atrapada en Nueva York y luego tuvo una huelga y ahora va a venir”, le espeté de forma firme, con torpes palabras.


“Así que estás aquí por las flores, entonces”. Mathilde hizo una pausa, mirando alrededor de la tienda. "Qué mujer más suertuda. ¡Usted es muy guapo!". Sus ojos se deslizaron de nuevo a mí. “¿Tal vez se le pase la borrachera para entonces?”.


Fruncí el ceño. Enderezándome, murmuré: “No estoy tan borracho”.


“¿No?”. Sus cejas se levantaron y una divertida sonrisa se dibujó en su cara. Ella se movió de nuevo a través de la tienda, iba recogiendo un surtido de flores mientras caminaba. “Eres encantador de todos modos, amigo de Maxi. El vino sólo te hace más desinhibido. Apuesto a que normalmente abotonas tu camisa hasta arriba y frunces el ceño ante las personas que caminan con demasiada lentitud frente a ti”.


Mi ceño se profundizó. Eso sonó un poco como yo. “Me tomo mi trabajo en serio, pero yo no soy así… todo el tiempo”.


Ella sonrió, atando algún cordel alrededor de las flores. 


Mathilde me entregó el ramo y me guiñó un ojo. “Tú no estás aquí por trabajo. Mantén tu camisa desabrochada. Y no recuperes la sobriedad por tu amante. Hay nueve camas en esa casa”.

CAPITULO 91




No llegué a Francia al día siguiente. O el día después de eso. Y al tercer día en realidad estaba tratando de recordar por qué tomar un aventón en barco había parecido una mala idea en primer lugar.


Es posible que llamara a Pedro más en esos tres días que en la totalidad de nuestra relación, pero no fue suficiente, y no hizo nada para aliviar el dolor de muela que se había establecido permanentemente dentro de mi pecho.


Me mantenía ocupada, pero no se podía negar que tenía nostalgia. No estaba segura exactamente cuándo había ocurrido, pero en algún momento, Pedro se había convertido para mí - como tenía que ser – en el único.


Y fue jodidamente terrible.


Había llegado a esta conclusión, mientras que salía a caminar. Mi asistente había llamado diciendo que había sido capaz de hacerme en un vuelo de Air France más tarde esa noche. Mi primer pensamiento había sido de Pedro, y como no podía esperar para decirle que estaba en camino. Casi me había ido corriendo a mi habitación del hotel.


Pero entonces me detuve, con el corazón acelerado y los pulmones en llamas. ¿Cuándo había pasado esto? ¿Cuándo se había convertido en mi todo? Me pregunté, ¿era posible que él estuviera tratando de decirme que se sentía de la misma manera? Empaque aturdida, arrojé la ropa sin rumbo en mi bolsa y recogí mis cosas en la habitación. Volví a pensar en lo mucho que habíamos cambiado en el último año. Los momentos de tranquilidad en la noche, la forma en que me miraba a veces como si fuera la única mujer en el planeta. Quería estar con él siempre. Y no sólo en el mismo apartamento o en la cama, sino para bien.


Fue entonces que me llamó la atención una idea tan loca, tan loca, que literalmente me eché a reír. Nunca había sido ese tipo de mujer que se sentaba y esperaba a que las cosas que quería aparecieran, así que ¿por qué debería ser esto diferente? Y eso fue todo.


Pedro Alfonso no tenía ni idea de lo que estaba a punto de golpearlo.





jueves, 3 de julio de 2014

CAPITULO 90



Pasé el resto del día en el aeropuerto, orando por un milagro o un vuelo a Francia. Ninguno de los dos.


Les tomó horas para localizar mi equipaje, así que para cuando finalmente entré por la puerta de mi habitación del hotel, estaba a punto de desmayarme. Con la diferencia de horarios ya era demasiado tarde, o demasiado temprano para llamar a Pedro, así que le envié un texto corto. Corrí a prepararme un baño y pedí una botella de vino, junto con todo lo que contiene chocolate en el menú de servicio de habitaciones.


Acababa de meterme en la tina grande - copa de vino y cheescake de chocolate en precario equilibrio sobre el borde - cuando mi teléfono sonó. Mi mano buscó a tientas por el suelo de baldosas hasta que lo encontré, y una sonrisa me llenó cuando la cara de Pedro iluminó la pantalla.


“Pensé que estarías durmiendo”, le dije.


“La cama es demasiado grande”.


Sonreí ante su voz soñolienta. Este era el Pedro que giraba en medio de la noche, con sus extremidades calientes y pesadas para susurrar palabras dulces en mi piel. Él siempre había sido mucho mejor de lo que yo era en todo esto, incluso desde el principio.


“¿Qué estás haciendo?”, me preguntó, con lo que volvió mi atención de nuevo al teléfono.


“Baño de burbujas”, le dije, y sonreí al oír su gemido en el otro extremo de la línea.


“No es justo”.


“¿Qué hay de ti?”.


“Sólo con unos papeles de trabajo”.


“¿Encontraste mi nota?”.


“¿Nota?”.


“Te he dejado algo”.


“¿En serio?”.


“Mmm-hmm. Busca en tu bolsa del ordenador portátil”.


Oí el crujido del cuero mientras se levantaba, el sonido de los pies a través de un suelo de baldosas seguido por la risa. “Paula”, dijo riendo más fuerte ahora. “Parece que alguien deslizó una nota de rescate aquí”.


“Muy gracioso”.


“Tres observaciones sobre hoy: No conseguí tener todo listo en mi lista de cosas por hacer, la ensalada que me hiciste para el almuerzo estaba deliciosa, y, lo más importante, Te amo”. Leyó, y luego calló en silencio mientras leía el resto de la nota a sí mismo. Cuando terminó, se quejó: “Yo… carajo. Me pone loco que no estés aquí”.


Cerré los ojos. “El universo está conspirando contra nosotros”.


“Tú sabes que hay una parte de mí que quiere decir que nada de esto habría sucedido si no fueras tan terca, si habrías venido conmigo en primer lugar”.


Empezó a protestar. “Pero…”, dijo continuando, “tu determinación es una de las cosas que más me gustan de ti. Nunca te conformas. Nunca esperas que alguien haga un trabajo que lo puedes hacer tu misma. Y no serías la mujer que me enamoró si cambias eso. Es exactamente lo que yo habría hecho. Como de costumbre. Y también un poco espeluznante darse cuenta de lo parecido que somos”.


Me senté con el agua enfriándose, con mis rodillas en mi pecho. “Gracias, Pedro. Eso significa mucho para mí”.


“Bueno, lo dije en serio. Y me puedes mostrar tu aprecio cuando traigas ese pequeño culo caliente a Francia.¿Trato?”.


Puse los ojos en blanco. “Trato”.

CAPITULO 89




“¿Qué quieres decir con conectado a tierra?”, dije mirando con asombro a la mujer del otro lado del mostrador. Ella era de mi edad, con las mejillas pecosas y el cabello rubio rojizo recogido en una cola de caballo elegante.
Ella también parecía que estaba a dos segundos de estrangular a alguien, a mí o quizás a cualquier otra de las personas que estaban en la terminal internacional de «La Guardia».

 
“Desafortunadamente nos acaban de informar de una huelga del sindicato mecánico”, dijo rotundamente. “Todos los vuelos de Aerolíneas Provence dentro y fuera del aeropuerto han sido cancelados. Estamos terriblemente apenados por las molestias”.

 
Bueno, ella no parecía muy triste. Yo seguía mirándola, parpadeando rápidamente mientras asimilaba sus palabras. “Disculpe, ¿qué?”

Se las arregló para poner en su rostro una sonrisa ensayada. “Todos los vuelos han sido cancelados debido a la huelga”  Eché un vistazo por encima de su hombro a la pantalla de las salidas y llegadas de Aerolíneas Provenza. 

Efectivamente, «CANCELADO» estaba estampado en cada línea. 
 
“¿Me estás diciendo que estoy atrapada aquí? ¿Por qué nadie me dijo esto en Chicago?”  
 
“Estaremos encantados de ayudarle a encontrar alojamiento para pasar la noche”  
 
“Ooohh, no, no, eso es imposible. Por favor, puedes volver a intentarlo”


“Señora,  como  ya  le  dije, no hay vuelos de Aerolíneas Provenza para despegar o aterrizar. Usted puede consultar con las otras aerolíneas para ver si pueden acomodarla. No hay nada más que pueda hacer”  
 

Gemí, dejando caer mi frente en el mostrador. Pedro estaba esperando por mí, probablemente sentado afuera en el sol en este mismo momento, con su ordenador portátil abierto y trabajando excesivamente como el perdedor que era. Dios, él me excita.

 
“Esto no puede estar pasando”. Le dije, enderezándome y dándole a la asistente la expresión más suplicante que pude reunir. “ El idiota más dulce del mundo está esperando por mí en Francia y no puedo echar a perder esto ”  
 

“Okaaaay”, ella dijo aclarándose la garganta y enderezando una pila de papeles.

 
Estaba condenada. “¿Cuánto tiempo?”, le pregunté.

"No hay forma de saberlo. Obviamente van a tratar de resolver el problema tan pronto como sea posible, pero podría ser un día, o podrían ser más”.
Bueno, eso era útil.

 
Con un suspiro dramático y unas susurradas malas palabras me arrastré desde el mostrador en busca de un rincón tranquilo para llamar a mi asistente. Ah, y textear a Pedro
.

Esto no iba a ir bien. 
 
Sonó el teléfono en cuestión de segundos.

 
Maniobré a través de la multitud de pasajeros varados que ocupaban casi en su totalidad cada superficie de la terminal de las Aerolíneas Provenza, y me detuve ante un pequeño asiento cerca de los baños.
“Hola”


“¿Qué coño quiere decir '¿atrapada en Nueva York'?”  Gritó.

 
Hice una mueca, alejando el teléfono de mi oreja antes de tomar una respiración de calma que tanto necesitaba.
“Significa exactamente lo que piensas que significa. Nos han puesto a tierra, no hay vuelos de entrada o salida. Tengo unas cuantas personas consultando con Delta y algunas otras aerolíneas, pero estoy segura que todo el mundo ya ha hecho lo mismo”  

 
“¡Esto es inaceptable!”  Rugió. “ Saben quién eres tú? Déjame hablar con alguien”  
 

Me eché a reír. “Aquí nadie sabe o le importa quién soy. O bien tú, para el caso”


Se quedó en silencio por un momento, el tiempo suficiente para realmente cuestionarme y ver si se había caído la llamada. No era necesario. El canto de los pájaros llenaba la línea, el silbido del viento en la distancia. Cuando finalmente habló, fue con esa voz baja y constante que me convertía en lo que estaba acostumbrada. La que sigue enviando escalofríos por mi piel. La que él utiliza cuando iba en serio.
 
“Diles que pongan tu culo en un avión”, dijo pronunciando cada palabra.

 
“Todo está sobrevendido en cada avión, Pedro . ¿Qué diablos es lo que quieres que haga? ¿Agarrar un aventón en barco? ¿Utilizar un trasportador? Esperemos a que se establezca, voy a llegar tan pronto como me sea posible”  

Él gimió, y ese fue el momento en el que se dio cuenta de que no podía discutir o utilizar sus maneras encantadoras para salir de esto. “Pero ¿cuándo?”

“No lo sé, bebé. Mañana, ¿tal vez? ¿Al día siguiente? Muy pronto, te lo prometo”  

 
Con un suspiro de resignación me preguntó  “ Y ahora qué?”  Escuché el sonido de una puerta abriéndose y cerrándose, el tintineo de música suave en el fondo.
“Esperaremos”  Suspiré. “Voy a buscar un cuarto, tal vez trabajar un poco. Tal vez pueda echar un vistazo a aquellos apartamentos mientras estoy aquí. Y luego te lo prometo. ¿El primer vuelo disponible de aquí? Estaré en él.Incluso si tengo que sacar a unos cuantos hombres de negocios con el tacón de mi zapato voy a llegar allí”  
 
“Puedes apostar tu culo que así será”, dijo.

 
Sacudí la cabeza para despejarme del sonido de su voz de mando. “Háblame de la casa. ¿Es tan hermosa como me imagino?” 

“Mejor. Quiero decir, su empresa, obviamente la mejoró, pero maldita sea.Maxi realmente se superó a sí mismo en este caso”  
 
“Bueno, trata de disfrutar de ella. Sentarte al sol, nadar, leer algo de mala calidad. Caminar descalzo”  
“¿Caminar descalzo? Esa es una petición inusual, incluso para ti”  
 
“Compláceme”  
 
“Sí, señora”  

 
Sonreí. “Maldita sea, creo que me gusta esa parte de ti. Estas muy sexy cuando tomas una orden, Alfonso”  
Él se rió en voz baja en el teléfono. “Ah, y Paula?” 

“¿Hhmmm?”.


“Espero que no empacaras nada de bragas. No vas a necesitarlas”.

miércoles, 2 de julio de 2014

CAPITULO 88



El camino que conduce a nuestra villa prestada estaba cubierto de piedras pequeñas y suaves. Eran de color marrón y de tamaño uniforme, y aunque estaban claramente seleccionadas por su apariencia y lo bien que encajan en el paisaje, era refrescantemente obvio que los terrenos estaban destinados a ser disfrutados, no lo trataban como una pieza de museo precioso. Lechos de flores y las urnas se alineaban a ambos lados del camino, cada uno con rebosantes flores brillantes y coloridas. Había árboles por todas partes, y en la distancia había una pequeña zona de asientos, proyectados hacia el resto del jardín por una pared de enredaderas en flor.

 
En verdad, nunca había visto una casa campestre más hermosa. La casa era de un rojo suave, el color de la arcilla se desvaneció,  degradando a un efecto absolutamente magnífico. Persianas blancas enmarcan las ventanas altas en la primera y segunda planta, y más flores vibrantes alineadas contra las puertas. El perfume en el aire era una mezcla de mar y peonías.


Bougainvillea se arrastraba hasta un enrejado y enmarcaba la doble puerta estrecha y provincial de estilo francés. El escalón más alto estaba roto, pero limpio, y una alfombra verde simple, suave yacía encima del hormigón blanqueado por el sol.


Me volví, mirando detrás de mí en el patio. En el rincón más a lejado y debajo de varias higueras, había una larga mesa que estaba cubierta de un mantel de color naranja brillante, y estaba decorada de forma sencilla con una línea estrecha de pequeñas botellas azules de diferentes formas y tamaños. Platos de un  blanco limpio estaban espaciados a intervalos regulares, a la espera de una cena al atardecer. 


Un césped verde se extendía hasta donde me encontraba en el límite del porche, sólo roto por la ocasional plantación de macetas con flores de color púrpura, amarillo y rosa.
Saqué la llave del bolsillo y entré en la casa. Desde el exterior, era claramente grande, pero casi parecía expandirse como una ilusión óptica en el interior.  
Cristo, Maxi, esto parece un poco excesivo. Sabía que su casa en la región de Provenza era grande, pero no me di cuenta que tenía tantas malditas habitaciones. Sólo a partir de la puerta principal, pude ver al menos una docena de puertas con conexión fuera de la sala principal, y sin duda habría un sinnúmero de otras habitaciones arriba y fuera de la vista.

Me detuve en la entrada, mirando a la enorme urna que parecía el primo más grande de un pequeño jarrón que mi madre tenía en el aparador de su comedor, el cerúleo del esmalte azul de la base era idéntico, y las mismas hermosas líneas amarillas viajando por sus lados curvos. 


Recordé el regalo que le llevó Maxi a mi madre la primera vez que llego a casa conmigo, durante las vacaciones de invierno. No me di cuenta en el momento de lo personal que había sido para él ese regalo destinado a la anfitriona, pero ahora, mirando alrededor de su casa de vacaciones, pude ver la obra del mismo artista en todas partes: en placas montadas encima de la repisa de la chimenea, en un vaso de agua a mano y un conjunto de tazas sencillas en una bandeja en el salón.


Sonreí, llegando a tocar la urna. Paula estaría completamente perdida cuando lo vea, era su cosa favorita de la casa de mi madre. Una sensación se apoderó de mí al pensar que estábamos casi predestinados a venir aquí.
Después de su cena de cumpleaños en enero, Paula titubeó en el comedor, mirando a la impresionante colección de arte de mamá en la estantería. Pero en lugar de ir por el brillo evidente de los jarrones de Tiffany o el detalle intrincado de los cuencos de madera tallada, se fue directo a un pequeño florero azul en la esquina.
“No creo que jamás haya visto este color antes”, dijo asombrada. “No pensé que este color existiera fuera de mi imaginación”  

 
Mamá se acercó, y lo sacó de la estantería. Bajo la suave luz de la lámpara, el color parecía casi destellar y cambiar incluso cuando Paula lo mantuvo todavía en la mano. Nunca me había dado cuenta antes de lo bonita que era la pieza.
 
“Es una de mis favoritas”  Mamá admitió, sonriendo. 


“Nunca he visto nada de este color en otro sitio tampoco”  
Pero eso no era del todo cierto, pensé, mientras me alejé de la urna y caminé hacia la repisa de la chimenea. El océano aquí era de ese color, cuando el sol estaba alto sobre el horizonte y el cielo estaba despejado. Sólo entonces tenía exactamente ese mismo azul, como el corazón del zafiro profundo. Un artista que vivía aquí lo sabría.

En el estante había tres figuritas hechas a mano, las pequeñas figuras de pesebre tradicionalmente realizadas por artistas de Provenza. Todos fueron obviamente hechas por el mismo artista que hizo el florero de mamá, la urna gigante, y el resto del arte de aquí. Él o ella debe haber sido local, puede seguir vivo o no, pero tal vez Paula tenga la oportunidad de ver algunas otras piezas durante su visita. La coincidencia, la perfección de la misma, se sentía casi surrealista.
Los azules y verdes del plato montado sobre la chimenea atrapaban el sol de la tarde y redirigían la luz, proyectándola sobre la pared detrás de él en un resplandor azul suave. 


Con el viento soplando a través de los árboles fuera de la luz solar y el destello que entra y sale de las sombras, el efecto fue un poco como ver la superficie del movimiento del océano en el viento. La combinación con los muebles blancos y otras formas sencillas de decoración en la sala de estar, de inmediato me hicieron sentir más tranquilo. El mundo de la AMG y Papadakis, del trabajo y el estrés y el zumbido constante de mi teléfono, se sintieron como un millón de millas de distancia.

 
Por desgracia, también lo hizo Paula
 
Como si pudiera oír mis pensamientos desde donde estaba sentada en un avión saliendo por encima del Atlántico mi teléfono sonó en el bolsillo y su único texto resonó en la sala en silencio.
Cogiendo el teléfono de mi bolsillo, miré hacia abajo y leí el mensaje:


«Huelga mecánica. Todos los vuelos cancelados. Estoy atrapada en Nueva York».