lunes, 23 de junio de 2014

CAPITULO 66




De vuelta en mi oficina, dejé caer los archivos en mi escritorio y miré en mi monitor de la computadora, la cual, para mi sorpresa, mostró un calendario prácticamente vacío. 


Saqué increíblemente largas jornadas de trabajo toda la
semana sólo para poder llegar a casa con Paula temprano, así que aparte de la nómina de la mañana, mi agenda se había quedado abierta. Paula, sin embargo, estaba claramente ocupada en su nueva posición.


Echaba de menos tenerla como mi interna. Echaba de menos dar órdenes a su alrededor. Realmente extrañaba las ocasiones en las que me daba órdenes a cambio.
Por primera vez en meses, tuve tiempo de sentarme en mi oficina y, literalmente, no hacer nada. Cerré los ojos y un centenar de pensamientos del pasado se filtraron en cuestión de segundos: la vista de las oficinas vacías de Nueva York justo antes de que fuera al aeropuerto. La perspectiva de empacar mi casa. La perspectiva mucho más preferible de desempacar en una nueva casa con Paula. 


Y entonces mi cerebro se fue por su camino favorito: Paula desnuda y en todas las posiciones imaginables.

 
Lo que me llevó de nuevo a uno de mis recuerdos favoritos de Paula y yo, por la mañana después de su presentación. 


Debido al calor y la tensión que viene con admitir que ya no estábamos solamente odiándonos y follando,


habíamos tenido una de nuestras mayores conversaciones. 


No la había visto en meses, por lo que me colé en su presentación para la junta de becas para verla triunfar. Y así lo hizo.

Sin embargo, más tarde, a pesar de todo lo que habíamos dicho arriba en la sala de juntas, aún había mucho más que decir. La realidad de nuestra situación se sentía tan nueva, que no estaba muy seguro de donde nos encontrábamos.
 
Una vez que estuvimos en la acera, la miré: sus ojos, sus labios y el cuello, estaban todavía un poco rojos de los besos ásperos que había colocado allí tan sólo unos minutos antes.

 
La forma en que se acercó y frotó su dedo sobre lo que parecía ser un pequeño chupetón envió un recordatorio eléctrico de mi cerebro a mi polla.


El reencuentro fue agradable, pero no veo la hora de llevarla a casa y follarla sobre el colchón.
Sin embargo, no estaba seguro de que estuviéramos pensando acerca de lo mismo.


Afuera, en la luz del día, ella parecía que estaba a punto  de caerse. Por supuesto que lo estaba. Sabiendo que Paula, probablemente había estado preparando y perfeccionando su presentación durante las últimas 72 horas seguidas sin dormir. Pero no la había visto en mucho tiempo ¿podría despejar mi cabeza lo suficiente como para dejar que se vaya a casa a descansar? Si tenía que dormir la siesta, yo podría simplemente pasar el rato y esperar a que se despierte, ¿verdad? Podía tumbarme a su lado, asegurarme de que ella estaba realmente aquí y estábamos realmente haciendo esto y luego ¿qué? ¿Le acariciaría el pelo?
 
Mierda. ¿Yo siempre había sido tan pervertido?  
Paula se puso el bolso sobre su hombro, y el movimiento me sacó de mis pensamientos. Pero cuando parpadeé de nuevo, vi que ella tenía la mirada perdida en la distancia.
 
“ Estás bien ”, le pregunté, agachándome para mirarla a los ojos.
 
Ella asintió con la cabeza, un poco sorprendida, como si la hubiera  capturado. “Estoy bien, simplemente abrumada”  
 
“¿Un poco en shock ”.


Su agotada sonrisa hizo que mi estómago se estremeciera, y la forma en que ella se lamió los labios antes de hablar hizo que me estremeciera un poco más abajo.
“Estaba tan triste pensando que no iba a verte hoy. Y esta mañana, me pasé todo el camino entre tu edificio y aquí pensando en lo extraño que era estar haciendo esto sin ti,u Horacio, o cualquier persona de Alfonso Media. y entonces has venido aquí, y por supuesto que me molestó, pero también me hizo reír ”.
Ella inclinó la cabeza, y estudió mi rostro. “La presentación fue exactamente lo que yo quería que fuera, y luego las ofertas de empleo... y tú. Me dijiste que me amas. Y estás aquí”  

 
Ella extendió su brazo para presionar mi pecho con la palma de su mano.


Sabía que ella podía sentir mi corazón golpear contra mi esternón. “Mi adrenalina está disminuyendo y ahora estoy solo.. ”  
 

Movió su mano lejos de mí y lo agitó delante de ella antes de que pareciera desinflarse a su lado. “No estoy segura de cómo esta noche va a funcionar”.
¿Cómo iba a funcionar esta noche? Yo podría decirle exactamente cómo funcionaría. Hablaríamos hasta que oscureciera, y luego follaríamos hasta que saliera el sol. 


Estiré una mano hacia ella, deslizando el brazo alrededor de su hombro. Cristo, esto se siente bien.  
“Deja que yo me ocupe de todo eso  Te llevaré a casa”  
 
Esta vez, ella negó con la cabeza  ”Está bien si tienes que volver al trabajo,podemos... ”. 
 
Con el ceño fruncido, gruñí. “No seas ridícula. Son casi las cuatro. No volveré al trabajo. Mi coche está aquí y tú vas a entrar”.

Su sonrisa se hizo más aguda en las esquinas. “Señor Pedro.Ahora esto, definitivamente, no va con usted”  
 
“Paula, no estoy bromeando. No te voy a dejar fuera de mi vista hasta la Navidad”  
Ella miró hacia el sol de la tarde de Junio. “ Navidad? Eso suena un poco a estar encerrada en el  sótano, para mi gusto”.
“Si no estás en él, esta relación no podría funcionar después de todo”, bromeé.

Ella se echó a reír, pero no respondió. En cambio, esos profundos ojos marrones me miraron fijamente, sin pestañear y difíciles de leer.
Me sentía tan fuera de práctica con esto, y luchaba por ocultar mi frustración.

 
Coloqué mis manos en sus caderas y me incliné para presionar un pequeño beso en el centro de la boca. Joder, necesitaba más. "Vamos al coche. Sin sótanos. Sólo nosotros”  
“Pedro ”  
 

La interrumpí con otro beso, paradójicamente relajado por este pequeño desacuerdo. “Mi coche. Ahora”  
“¿Estás seguro que no quieres escuchar lo que tengo que decir ”.
 
“Absolutamente sí. Podrás hablar todo lo que quieras una vez que tenga mi cara plantada entre tus piernas”  
 
Paula asintió y siguió cuando tomé su mano y suavemente la atraje hacia el aparcamiento. Estuvo sonriendo misteriosamente todo el camino.

CAPITULO 65




Mi madre siempre me dijo que buscara a una mujer que fuera mi igual en todos los sentidos.


«No te dejes engañar por alguien que pondrá tu mundo antes del suyo, enamórate de alguien fuerte, valiente como tú. Encuentra a la mujer que haga que quieras ser un mejor hombre».


Definitivamente encontré a mi igual, la mujer que hizo de mi vida un infierno y vive para rivalizar conmigo. Una mujer cuya boca quería mantener cerrada y a la vez quería besar cada parte de ésta.


Mi novia, mi ex-interna, la señorita Paula Chaves. La perra irresistible.
 

Al menos, así es como yo la veía cuando era un idiota y ciego incapaz de darme cuenta de lo locamente enamorado que estaba de ella. Desde luego encontré la mujer que me hizo querer ser un hombre mejor, y me enamoré de ella.


Dio la casualidad de que en la mayoría de los días he sido incapaz de conseguir más de dos minutos a solas con ella.
 
Mi vida: finalmente, conseguí a la chica, pero nunca llego a verla.

Estuve viajando la mayor parte de los últimos dos meses en busca de nuevas oficinas para las recientes sucursales de Alfonso Media Group (AMG), en la ciudad de New York.


Paula se quedó atrás, y nuestro reciente - y raro - fin de semana aquí en Chicago estuvo lleno de amigos, sol y ocio. 


El tiempo a solas con ella no fue suficiente.

 
Socializamos todo el fin de semana, desde la mañana hasta la medianoche, coincidiendo en mi casa todas las noches, apenas para quitarnos la ropa antes de tener sexo, tranquilo y soñoliento. 
 
La verdad era que hacíamos el amor cada noche - el cual se había vuelto más íntimo y más salvaje con el tiempo - y aunque nos permitió sólo un mínimo de sueño, seguía sin ser suficiente.

 
Me quedé esperando sentir que estábamos instalados, o que habíamos establecido alguna rutina sólida. Pero eso nunca sucedió. Yo estaba en un constante estado de añoranza. Y los lunes eran los peores. Lunes, tuvimos reuniones de pared a pared, y toda la semana de trabajo se extendía por delante de mí: sin vida y sin Paula.

Al escuchar el ritmo familiar de tacones en el azulejo, miré hacia arriba desde donde estaba en la impresora a la espera de que aparezcan algunos documentos. Como si hubiera oído mi súplica interna, Paula Chaves caminó hacia mí, vestida con una falda delgada de lana roja, un jersey azul marino, y zapatos de tacón. Cuando me había ido temprano esta mañana para prepararme para una reunión, lo único que ella llevaba puesto era un rayo pálido de la luz del sol que se colaba a través de la ventana del dormitorio.  
 
Contuve mi sonrisa, y traté de no mirarla demasiado desesperado, pero no sé por qué me molesté. Ella podía leer cada una de mis expresiones.
“Veo que has encontrado la máquina mágica que hace que lo que está en el ordenador aparezca en el papel”, dijo. “En tinta”  
Deslicé mi mano en el bolsillo del pantalón, y sentí un hilo de adrenalina recorrer mis venas por su enfoque y su tono burlón. “En realidad, descubrí este maravilloso artilugio mi primer día aquí. Me gustaban los momentos de tranquila felicidad cuando te levantabas y salías de la oficina externa para recuperar los documentos”  
 
Ella se dirigió hacia mí con su amplia sonrisa y sus ojos traviesos. “Gilipollas”. Joder, sí. Ven a mí, preciosa. ¿Diez minutos en la sala de la fotocopiadora? Yo podría hacer más fácil tu día con esos diez minutos.
“Prepárate para el calentamiento de esta noche”,susurró, sin ralentizar su ritmo dio unas palmaditas en mi hombro y continuó más allá de mí por el pasillo.  
Me quedé mirando su culo mientras ella le dio una pequeña sacudida, y esperé a que regresara y me tortura un poco más. No lo hizo. ¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que obtengo? ¿Una palmadita en el hombro, algunos juegos previos verbales, y un meneo de culo?
  
 
Aun así, esta noche era nuestra primera noche a solas en semanas. 
 
 
Hemos estado juntos  durante un año - y follando más que eso - y todavía no nos habíamos tomado más que un fin de semana solos desde San Diego.
Suspiré y saqué mis papeles de la bandeja de la impresora. Necesitábamos unas vacaciones.

domingo, 22 de junio de 2014

CAPITULO 64



Entré en la sala de reuniones con Pedro pisándome los talones. Los murmullos pararon cuando aparecí.


Le pasé al director Cheng los dossieres y ojeó las diapositivas de la cuenta Papadakis. Sonrió.


—¿Cómo ha conseguido acabar dos proyectos?


Yo balbucí unas cuantas sílabas; no esperaba la pregunta. 


—Es muy eficiente —dijo Pedro pasando a mi lado y tomando asiento—.Cuando terminó de preparar la cuenta Papadakis, sugirió hacer otro período corto de prácticas en otra empresa, solo hasta que finalizara el curso. Después de todo, esperamos que trabaje en Alfonso Media en un futuro próximo.


Me esforcé por ocultar mi impresión. «¿De qué demonios está hablando?»



—Fantástico —dijo un hombre mayor que había en el extremo de la mesa—. ¿Con la cuenta Papadakis?


Pedro asintió. 

—Trabajando para mi padre. Necesita a alguien que se ocupe de esta cuenta, pero nos hace falta alguien que trabaje con nosotros a tiempo completo. Paula es la elección obvia, si quiere aceptar, claro. 

Me tragué unas cinco mil reacciones diferentes. La principal era irritación porque hubiera sacado a relucir aquello delante de la junta. Pero también estaba mezclada con gratitud, emoción y orgullo. Pedro se iba a llevar una buena bronca cuando acabara allí.


—Bien, empecemos entonces —dijo Cheng acomodándose en la silla. 

Yo cogí mi puntero láser y caminé hasta el extremo de la sala, sintiéndome como si estuviera andando sobre gelatina. Dos asientos más allá de la cabecera de la mesa estaba Pedro, que carraspeó cuando su mirada se encontró con la mía. 

También tendría que preguntarle sobre eso, porque estaba bastante segura de que justo antes de que empezara a hablar, él pronunció silenciosamente las palabras: «te quiero» Cabrón sutil.




Me dijeron que iban a utilizar mi presentación en el folleto, la página web y el boletín de noticias de la empresa.
Me hicieron firmar unos cuantos papeles, posar para varias fotos y estrechar muchas manos. 

Incluso me ofrecieron un trabajo en JT Miller. 

—Ya está comprometida —dijo Pedro apartándome a un lado. Me miró sin palabras mientras todos los demás iban saliendo de la sala. 

—Ah, sí, en cuanto a eso —le dije intentando sonar enfadada. Todavía tenía la adrenalina por las nubes por la presentación, la discusión y todo aquel día. Y ahora tener a Pedro a una distancia a la que incluso podía besarlo era la guinda. 

—Por favor, no digas que no. Creo que le he pisado la sorpresa a mi padre. Te iba a llamar esta noche.


—¿De verdad me va a ofrecer un trabajo?

—¿Lo vas a aceptar? 

Me encogí de hombros y me sentí un poco mareada. 

—¿Quién sabe? Ahora mismo solo quiero celebrarlo. 

—Has estado increíble. —Se inclinó y me besó la mejilla. 

—Gracias. Ha sido lo más divertido que he hecho en varias semanas.



—Los dossieres estaban bien, ¿verdad?


Puse los ojos en blanco.


—Sí, pero has cometido un error garrafal. 

Se puso serio.


—¿Cuál?


—Has admitido que sabes utilizar PowerPoint. 

Con una risa me cogió el maletín del portátil y lo colocó en una silla, acercándose a mí con una sonrisa oscura.


—Solía hacer diapositivas para mi jefe. Yo también fui becario una vez, claro. 

Se me puso la piel de gallina. 

—¿Y tu jefe te gritaba?


—A veces. —Me subió el dedo índice por el brazo. 

—¿Y criticaba tu letra?

—Constantemente. —Se agachó y me besó la comisura de la boca.


—¿Y tu jefe te besaba?

—Mi padre siempre ha sido más de apretones de manos. 

Me reí y metí las manos bajo su chaqueta para poder rodearlo con mis brazos.


—Bueno, yo ya no soy tu asistente. 

—No, eres mi colega. 

Ronroneé porque me gustaba cómo sonaba eso. 

—¿Y mi amante?


—Sí. —Mi voz tembló al pronunciar esa única sílaba y comprendí perfectamente el significado de la expresión «morirse de gusto». Estaba segura de que Pedro podía sentir mi corazón que latía fuerte contra su cuerpo.


Me mordió el lóbulo de la oreja. 

—Tendré que encontrar nuevas excusas para llevarte a la sala de reuniones y follarte contra la ventana.


La sangre me hirvió en las venas, espesa y caliente.


—Pero no necesitas excusas para llevarme a tu casa. 

Pedro me besó la mejilla y después la boca con suavidad. 

—¿Paula? 

—¿Sí, Pedro?

—Todo esto del flirteo está muy bien, pero te lo digo en serio, no voy a permitir que me dejes otra vez. Ha estado a punto de destrozarme. 

Al pensarlo, sentí como si las costillas me presionaran los pulmones y los dejaran sin aire.


—No creo que pueda. No quiero volver a estar lejos de ti. 

—Pero tienes que darme la oportunidad de arreglar las cosas cuando las estropee.Sabes que a veces soy un gilipollas. 

—¿A veces? 

—Y rompo lencería —susurró casi en un gruñido. 

Le aparté un rizo de la frente. 

—Y la guardas en alguna parte. No te olvides de esa costumbre inquietante de atesorarla.


—Pero te quiero —dijo mirándome con los ojos como platos—. Y ahora ya conozco a la mayoría de las dependientas de La Perla. He pasado mucho tiempo en la tienda deprimido mientras has estado lejos. Y además sé de buena tinta que soy el mejor compañero sexual que has tenido. Así que, con suerte, esas cosas pesarán más que las malas.


—Vale, vendido. —Lo atraje hacia mí—. Ven aquí. —Puse mi boca sobre la suya y le mordí el labio inferior. Lo agarré de las solapas con las manos y me giré para apretarlo contra la ventana, poniéndome de puntillas para estar más cerca, todo lo cerca que pudiera. 

—Qué exigente te has vuelto ahora que todo es oficial.

—Cállate y bésame —dije riéndome contra su boca. 

—Sí, jefa.

CAPITULO 63



El director Cheng y los otros miembros de la junta de la beca entraron y me saludaron amigablemente antes de tomar asiento. Comprobé mis notas y la conexión entre el portátil y el sistema del proyector, y esperé que los últimos rezagados entraran en la sala. El hielo repiqueteó en los vasos cuando se sirvieron agua. Los colegas hablaron entre ellos en voz baja y alguna risa ocasional rompió el silencio. 


«Colegas.» 


Nunca me había sentido tan aislada. El señor Julian ni siquiera se había molestado en presentarse allí para apoyarme. Qué sorpresa. 


La sala era muy parecida a otra sala de reuniones que había a diecisiete manzanas de ahí. Había estado de pie delante del edificio Alfonso Media Tower un poco antes aquella misma mañana, dándoles las gracias en silencio a todos los que había dentro por convertirme en quién era. Y después había venido caminando, contando las manzanas e intentando ignorar el dolor de mi pecho, sabiendo que Pedro no iba a estar en la sala hoy conmigo, estoico, jugueteando con sus gemelos y con sus ojos atravesando mi calma exterior.


Echaba de menos mi proyecto. Echaba de menos a mis compañeros. Echaba de menos los estándares despiadados y exigentes de Pedro. Pero sobre todo echaba de menos al hombre en que se había convertido para mí. Odiaba haber sentido la necesidad de elegir un Pedro sobre el otro y no acabar con ninguno de los dos. 

Una asistente llamó y asomó la cabeza por la puerta para llamar mi atención. Le dijo al señor Cheng:
—Tengo unos formularios que Paula tiene que firmar antes de empezar. Volvemos enseguida.


Sin hacerle ninguna pregunta la seguí afuera, con las manos temblando junto a los costados y deseando poder deshacerme de mis nervios. «Puedes hacerlo, Paula.»


Veinte miserables diapositivas detallando una campaña de marketing mediocre de cinco cifras para una empresa local de comida para animales. Pan comido. Solo tenía que acabar con eso y después podría irme de Chicago y empezar de nuevo en algún lugar a cientos de kilómetros de allí. Por primera vez desde que me había mudado allí, Chicago me resultaba completamente ajeno.


Pero aun así, todavía estaba esperando que mi marcha empezara a parecerme la decisión correcta.


En vez de quedarnos en la mesa de la asistente, cruzamos un pasillo hasta otra sala de reuniones. Ella abrió la puerta y me hizo un gesto para que entrara antes que ella.


Pero cuando entré, en vez de seguirme, ella cerró la puerta dejándome allí a solas. O no tan a solas.


Me dejó con Pedro.


Sentí como si mi estómago se hubiera evaporado y mi pecho se hubiera hundido en el hueco que había dejado. Estaba de pie junto a la pared de cristal que había en el lado más alejado de la habitación, con un traje azul marino y una corbata morada que le regalé por Navidad y llevaba en la mano un grueso archivo. Tenía los ojos oscuros e inescrutables.


—Hola. —Le falló la voz en esas dos únicas sílabas.

Yo tragué saliva, mirando hacia la pared y luchando para contener mis emociones.


Estar lejos de Pedro había sido un infierno. Más veces al día de las que podía contar fantaseaba con volver a Alfonso Media, o con verlo entrar en el cubículo en el que trabajaba ahora en plan Oficial y caballero, o con que apareciera en mi puerta con una bolsa de La Perla colgando de uno de sus largos y provocativos dedos.


Pero no esperaba verlo allí, y después de tanto tiempo, incluso esa palabra vacilante casi pudo conmigo. Echaba de menos su voz, su sonrisa, sus labios, sus manos. Echaba de menos la forma en que me miraba, la forma en que esperó por mí, la forma en que yo podía decir que había empezado a quererme.


Pedro estaba allí. Y tenía un aspecto horrible.


Había perdido peso y aunque iba perfectamente vestido y bien afeitado, la ropa caía de una manera extraña de su alto cuerpo. Parecía que no había dormido en varias semanas. Conocía esa sensación. Tenía ojeras y no aparecía por ninguna parte su sonrisita burlona tan característica. En su lugar, su boca dibujaba una línea recta.


El fuego que yo siempre había asumido que era propio de su expresión estaba completamente extinguido.


—¿Qué haces aquí? —le pregunté.


Levantó una mano y se la pasó por el pelo, deshaciendo completamente el patético estilismo que había intentado hacerse. El corazón se me retorció ante ese desaliño tan familiar. 

—Estoy aquí para decirte que has sido una imbécil por dejar Alfonso Media.


Me quedé boquiabierta al oír su tono y una oleada familiar de adrenalina me recorrió las venas.


—He sido una imbécil por muchas cosas. Gracias por venir. Una reunión muy divertida. —Me volví para salir de ahí.


—Espera —dijo en voz baja y exigente.


Los viejos instintos se pusieron a trabajar, me detuve y me volví hacia él. Se había acercado varios pasos.


—Los dos hemos sido unos idiotas, Paula.

—En eso estamos de acuerdo. Tenías razón al decir que has trabajado mucho como mi mentor. He aprendido mi idiotez del mayor idiota que existe. Todo lo bueno lo he aprendido de tu padre.


Esa crítica pareció haber alcanzado su destino y él hizo una mueca de dolor y dio un paso atrás. Había sentido un millón de emociones en los últimos meses: mucha ira, algo de arrepentimiento, una culpa frecuente y un zumbido continuo de orgullo lleno de justa indignación, pero sabía que lo que acababa de decir no era justo, y de inmediato me arrepentí. 


Él me había empujado, no siempre de forma intencionada, pero aunque solo fuera por eso le debía algo. 

Pero mientras estaba allí de pie en aquella habitación cavernosa con él, con el silencio naciendo y creciendo como una plaga entre los dos, me di cuenta de que había estado totalmente equivocada todo ese tiempo: fue él quien me dio la oportunidad de trabajar en los proyectos más importantes. 


Él me llevo consigo a todas las reuniones. Él me hizo escribir los informes críticos, hacer las llamadas difíciles, gestionar la entrega de los documentos de las cuentas más sensibles. 

Él había sido mi mentor y eso le importaba mucho.


Tragué saliva.


—No quería decir eso.

—Lo sé. Lo veo en tu cara. —Se pasó la mano por la boca—. Pero es parcialmente cierto. No me merezco reconocimiento por lo buena que eres. Supongo que como soy un ególatra necesitaba una parte de él. Pero fue también porque me resultas realmente inspiradora.


El nudo que había empezado a formarse en mi garganta pareció extenderse hacia abajo y hacia fuera y no me dejaba respirar a la vez que me presionaba el estómago.


Estiré el brazo en busca de la silla más cercana.

—¿Por qué has venido, Pedro? —pregunté de nuevo.

—Porque si lo estropeas ahora, yo me voy a ocupar personalmente de que no vuelvas a trabajar para ninguno de los integrantes de la lista de los 500 de la revista Fortune nunca más. 

No me lo esperaba y mi enfado resurgió renovado y ardiente.


—No voy a estropear nada, gilipollas. Estoy preparada.


—No es eso lo que quería decir. Tengo las diapositivas de Papadakis aquí y también los dossieres. —Me enseñó un lápiz USB y una carpeta—. Y si no te luces con esta presentación ante la junta voy a acabar contigo.


No había sonrisa arrogante ni juego de palabras intencionado. Pero detrás de lo que decía, pareció resonar algo más. 

«Nosotros. Esto somos nosotros.» 

—Tengas lo que tengas ahí, no es mío —dije señalando el lápiz—. Yo no he preparado las diapositivas de Papadakis. Me fui antes de poder hacerlas. 

Él asintió como si estuviera siendo excepcionalmente lenta. 

—Ya estaban hechos los borradores de los contratos para mandar a firmar cuando tú dimitiste. Yo solo he hecho las diapositivas basándome en «tu» trabajo. Y esto es lo que vas a presentar hoy y no una campaña de marketing de una mierda de comida de perro.


Resultó humillante que él me tirara mi trabajo a la cara y yo di unos pasos hacia él.


—Maldita sea, Pedro. Me dejé los cuernos trabajando para ti y me los he dejado trabajando para Julian. Y me dejaré los cuernos sea donde sea donde acabe después, tanto si es vendiendo comida para animales como gestionando campañas de un millón de dólares, y ya te puedes ir a la mierda si crees que puedes entrar aquí con eso y decirme cómo tengo que llevar mi carrera. Tú no me controlas.


Él se acercó. 

—No quiero controlarte.


—Y una mierda. 

—Quiero ayudarte. 

—No necesito tu ayuda. 

—Sí,Paula, sí la necesitas. Aprovéchala. Este trabajo es tuyo. —Estaba lo bastante cerca para extender la mano y tocarme y aún dio un paso más. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, oler su jabón y su piel combinados para formar su olor familiar—. Por favor. Te lo has ganado. Esto impresionará más a la junta.


Un mes antes, había querido más que nada en el mundo presentar esa cuenta. 

Había sido mi vida durante meses. Era mía. Pude sentir que se me formaban lágrimas en los ojos y parpadeé para apartarlas. 

—No quiero estar en deuda contigo.


—Esto no es un favor. Yo te estoy pagando por tu trabajo. Estoy admitiendo que la he fastidiado. Te estoy diciendo que tienes una de las mejores mentes para los negocios que he conocido. —Su mirada se dulcificó y su mano se acercó para apartarme un mechón de pelo y ponérmelo tras el hombro—. No estarás en deuda conmigo. A menos que tú quieras... pero de una forma totalmente diferente.


—No creo que pudiera volver a trabajar para ti —dije haciendo que las palabras pasaran a la fuerza por el nudo de desesperación de mi garganta. Necesitaba todas mis fuerzas para no alargar la mano y tocarlo. 

—No quería decir eso. Te estoy diciendo que lo he hecho muy mal como jefe. — Tragó saliva nerviosamente e inspiró profundamente—. Y también como amante.Necesito que aceptes esta presentación —dijo tendiéndome el lápiz usb—. Y necesito que me aceptes otra vez a mí.


Me quedé mirándolo. 

—Tengo que volver a la sala de reuniones. 

—No, todavía no. Van retrasados. —Miró su reloj—. Hace un minuto más o menos Federico ha llamado a Cheng con una distracción estúpida para que yo pudiera hablar contigo a solas y pudiera decirte A, que eres imbécil y B, que quiero otra oportunidad contigo.


Una sonrisa asomó a las comisuras de su boca y yo me mordí el labio inferior para evitar sonreír también. Los ojos de Pedro ardieron victoriosos. 

—Te agradezco lo que estás haciendo aquí —dije escogiendo las palabras—. He trabajado mucho en esa cuenta y en cierto modo la siento mía. Si no te importa, me gustaría que la junta viera los detalles de la cuenta Papadakis en los dossieres que has traído. Pero voy a presentar la cuenta de Sanders. 

 
Consideró esa posibilidad examinándome. Un músculo en su mandíbula se tensó, un signo inequívoco de impaciencia. 

—Está bien. Hazme la presentación a mí aquí. Convénceme de que no vas a cometer un suicidio en esa sala.


Me erguí y dije:
—La campaña es un juego con los elementos del programa Top Chef. Pero en cada episodio, o anuncio en este caso, se hablará de un ingrediente diferente de la comida y el reto será crear una receta para mascotas propia del más alto gourmet.



Pedro tenía los ojos entornados, pero sonrió de forma sincera.


—Eso es muy inteligente, Paula. 

Sonreí ante su sinceridad, saboreando el momento.

—La verdad es que no, porque ahí está el chiste. Los ingredientes de Sanders son básicos: buena carne, cereales sencillos. A los perros no les importa lo sofisticada que sea su comida. Quieren carne. Con su hueso y todo. Eso es lo que sabe bien. Mi padre les da a sus perros pienso gourmet todos los días mezclado con arroz integral y un poco de hierba. No es broma. Y en su cumpleaños les da un hueso barato con mucha carne. Es el dueño el que se preocupa por la verdura y el arroz integral y toda esa mierda, no el perro. 

Su sonrisa se hizo más amplia. 

—Es una forma de reírnos de nosotros mismos por mimar a nuestras mascotas y por tratarlas como un miembro muy querido de la familia. Sanders es ese hueso lleno de carne con el que podemos malcriar a nuestras mascotas todos los días. Y los «jueces» animales siempre elegirán la receta de Sanders. 

—Lo has hecho bien. 

—¿La campaña? Esa era la intención. 

—Sí, pero yo ya sabía que podías hacerlo. Me refiero a la forma de presentarla. Me has picado, me has enganchado. 

Me reí al reconocer un cumplido de Pedro nada más verlo. 

—Gracias. 

—Acéptame otra vez, Paula. Dime ahora mismo que lo harás. 

Solté una carcajada más alta y me froté la cara. 

—Siempre un capullo exigente. 

—¿Vas a fingir que no me has echado de menos? Tú también estás terrible, ¿sabes? Julia me llamó anoche cuando estaba recopilando el material para las diapositivas...


Lo miré con la boca abierta.

—¿Julia te llamó? 

—Y me dijo que estabas hecha un desastre y tenía que ponerme en marcha y encontrarte. Le dije que ya estaba en ello. Iba a hacerlo de todas formas, pero su llamada me puso más fácil esto de venir aquí a suplicarte.


—Pero ¿sabes siquiera cómo se hace eso? —le pregunté ya sonriendo abiertamente.


Pedro se humedeció los labios y bajó la mirada a mi boca. 

—Probablemente no. ¿Quieres enseñarme? 

—Inténtalo. Hazme tu mejor súplica de rodillas. 

—Con el debido respeto, que le den, señorita Chaves.

—Solo si me lo suplicas… 

Él abrió mucho los ojos y antes de que pudiera decir nada más, le cogí el archivo de la cuenta Papadakis de las manos y me fui de allí.