martes, 17 de junio de 2014

CAPITULO 52




Rodé y abracé una almohada contra mi cuerpo, buscando algo de consuelo. Su olor no me dejaba dormir, pero las sábanas frías del otro lado de la cama me decían que estaba sola. Miré hacia la puerta del baño, intentando centrarme en cualquier ruido que se oyera desde el interior, pero no había ninguno.


Seguí tumbada allí, agarrando la almohada mientras se me iban cayendo los párpados. Quería esperarlo. Necesitaba el consuelo de su cuerpo caliente al lado del mío y el contacto de sus fuertes brazos rodeándome. Me lo imaginé abrazándome, susurrándome que esto era real y que nada iba a cambiar por la mañana. No pasó mucho tiempo antes de que los ojos se me cerraran y volviera a un sueño incómodo.


Algo más tarde volví a despertarme, sola de nuevo. Me moví para mirar la hora: eran las 5.14 de la madrugada.


«¿Qué?» En la oscuridad me puse lo primero que encontré y fui hasta el baño. 

—¿Pedro? —No hubo respuesta. Llamé suavemente—. ¿Pedro? —Un gruñido y el sonido de alguien revolviéndose me llegó desde el otro lado de la puerta.


—Vete. —Su voz era ronca y resonaba contra las paredes del baño.


—¿Pedro, estás bien? 

—No me encuentro bien. Pero me repondré, vuelve a la cama. 

—¿Necesitas algo?


—Estoy bien. Solo vuelve a la cama, por favor. 

—Pero...


Paula... —gruñó, evidentemente irritado. 

Me volví, sin saber muy bien qué hacer, mientras luchaba con una sensación extraña y desestabilizadora. ¿Se ponía enfermo alguna vez? En casi un año yo no le había visto con nada más grave que una congestión. Era obvio que no me quería esperándolo al otro lado de la puerta, pero tampoco podía volver a dormir.


Volví a la cama, estiré las mantas y me encaminé al saloncito de la suite. Cogí una botella de agua del minibar y me senté en el sofá. 

Si estaba enfermo, es decir enfermo de verdad, no podría ir a la reunión con Gugliotti que tenía dentro de un par de horas. 

Encendí la televisión y empecé a pasar canales. La teletienda. Una película mala, la comedia Nick at Nite. Aaah, El mundo de Wayne . Me acomodé en el sofá, metí las piernas debajo del cuerpo y me preparé para esperar. A media película, oí que corría agua en el baño. Me incorporé y escuché porque era el primer sonido que se oía en más de una hora. La puerta del baño se abrió y yo salté del sofá y cogí otra botella de agua antes de entrar en el dormitorio. 

—¿Te encuentras mejor? —le pregunté. 

—Sí. Creo que ahora solo necesito dormir. —Se tiró en la cama y enterró la cara en la almohada con un gemido.


—¿Qué?... ¿Qué te pasaba? —Coloqué la botella de agua en la mesita de noche y me senté en el borde de la cama a su lado.


—El estómago. Creo que ha sido el sushi de la cena. —Tenía los ojos cerrados e incluso en la escasa luz que llegaba desde la otra habitación, pude ver que tenía un aspecto horrible. Se apartó de mí un poco, pero yo lo ignoré, colocándole una mano en el pelo y la otra en la mejilla. 


Tenía el pelo húmedo y la cara pálida y pegajosa y, a pesar de su reacción inicial, se acercó al sentir mi contacto.


—¿Por qué no me has despertado? —le pregunté apartando unos cuantos mechones húmedos de su frente. 

—Porque lo último que necesitaba era que tú estuvieras ahí viéndome vomitar — respondió de mal humor y yo puse los ojos en blanco y le ofrecí la botella de agua.


—Podría haber hecho algo. No tienes que ser tan masculino con estas cosas. 

—Y tú no seas tan femenina. ¿Qué podrías haber hecho? La intoxicación alimentaria es un asunto bastante solitario.

—¿Qué quieres que le diga a Gugliotti? 

Gruñó y se pasó las manos por la cara.


—Mierda. ¿Qué hora es?


Miré el reloj. 

—Un poco más de las siete. 

—¿A qué hora es la reunión? 

—A las ocho.


Él empezó a levantarse, pero no me costó nada volver a tumbarlo sobre la cama.


—¡No te pienso dejar ir a esa reunión así! ¿Cuándo has vomitado por última vez? 

Gruñó de nuevo.


—Hace unos minutos. 

—Exacto. Asqueroso. Lo llamaré para que cambie la reunión.


Él me sujetó del brazo antes de que pudiera ir hasta la mesa para coger el teléfono.

Paula. Hazlo tú. 

Elevé las cejas casi hasta el nacimiento del pelo. 

—¿Que haga qué? 

Él esperó. 

—¿La reunión? 

Asintió.


—¿Sin ti? 

Asintió de nuevo.


—¿Me vas a enviar sola a una reunión? 

—Señorita Chaves, la veo muy aguda esta mañana.

—Que te den —dije riendo y dándole un leve empujón—. No voy a hacerlo sin ti.

—¿Por qué no? Estoy seguro de que conoces la cuenta que les estamos ofreciendo tan bien como yo. Además, si cambiamos la reunión, necesitarán una visita a Chicago y por supuesto nos enviarán por ella una generosa factura. Por favor, Paula.


Me quedé mirándolo, esperando que de repente apareciera en su cara una sonrisa burlona y retirara el ofrecimiento. Pero no lo hizo. Y la verdad era que conocía la cuenta y los términos. Podía hacerlo.


—Vale —dije sonriendo y sintiendo una oleada de esperanza de que nosotros (los dos) podíamos manejar aquella situación después de todo—. Me apunto. 

Su expresión se endureció y utilizó una voz que no le había oído en varios días, pero que envió oleadas de necesidad por todo mi cuerpo.


—Cuénteme su plan, señorita Chaves. 

Asentí y comencé:
—Tengo que asegurarme de que tienen claros los parámetros y los plazos del proyecto. Debo tener cuidado de que no se pasen con las promesas; sé que Gugliotti es famoso por eso. —Cuando Pedro asintió, sonriendo un poco, continué—. Y hay que confirmar las fechas de inicio del contrato y los puntos más importantes. 

Cuando le dije los cinco que había enumerándolos a la vez con los dedos, su sonrisa creció. 

—Lo vas a hacer bien. 

Me incliné y le besé la frente húmeda.

—Lo sé.

CAPITULO 51



Volvimos lentamente de la dimensión en la que estuviéramos, con las extremidades enredadas en las sábanas, y hablamos durante horas sobre nuestro día,sobre la reunión con Gugliotti, sobre la cena y la noche con mis amigas. Hablamos de la mesa que habíamos roto y de que solo llevaba ropa interior para una semana, así que no podía romperme más. 


Hablamos de todo excepto de la confusión que yo sentía en lo más profundo de mi corazón.


Le pasé un dedo por el pecho y él me detuvo con su mano y se lo llevó a los labios.


—Es agradable hablar contigo —dijo. 




Reí y le aparté el pelo de la frente. 


—Hablas conmigo todos los días. Y cuando digo hablar quiero decir gritar. Chillar. Dar portazos. Hacer muecas.


Me fue dibujando espirales sobre el estómago con los dedos para distraerme. 


—Ya sabes lo que quiero decir.


Lo sabía. Sabía exactamente lo que quería decir y quería encontrar una forma de alargar aquel momento, justo así cómo estábamos, hasta la eternidad.


—Cuéntame algo entonces.


Él me miró a la cara, sonriendo un poco nervioso. 

—¿Qué quieres saber? 

—¿La verdad? Creo que quiero saberlo todo. Pero empecemos por algo sencillo. Hazme el historial de las mujeres de Pedro.


Se pasó un largo dedo por la frente. 

—Algo sencillo —repitió con una risa—. Yaaaa. —Carraspeó y después me miró —. Unas cuantas en el instituto, unas cuantas en la universidad, unas cuantas en el máster. Unas cuantas después de eso. Y después una relación estable cuando viví en Francia.


—¿Detalles? —Enredé un mechón de pelo alrededor del dedo, esperando que eso no fuera presionarlo mucho.


Pero para mi sorpresa me respondió sin vacilar.


—Se llamaba Silvia. Era abogada en un pequeño bufete de París. Estuvimos juntos tres años y rompimos unos meses antes de que volviera a casa.


—¿Por eso decidiste volver?


Elevó la comisura de la boca en una sonrisa.

—No. 

—¿Te rompió el corazón? 

Su sonrisa se convirtió en una sonrisita burlona dirigida a mí. 

—No, Paula.


—¿Le rompiste tú el suyo? —¿Por qué le estaba preguntando aquello? ¿Es que quería que me dijera que sí? Sabía que era capaz de romperle el corazón a alguien. Y estaba bastante segura de que acabaría rompiéndome el mío.


Él se acercó para besarme, atrapándome el labio inferior antes de susurrarme. 

—No. Ambos pensamos que aquello ya no funcionaba. Mi vida sentimental ha estado totalmente exenta de dramas. Hasta que llegaste tú.


Reí.

—Me alegro de haber cambiado el patrón. 

Sentí su risa en las vibraciones que recorrieron mi piel y él me besó el cuello. 

—Vaya que si lo has hecho. —Sus largos dedos bajaron hasta mi estómago, mis caderas y finalmente entre mis piernas—. Tu turno.


—¿De tener un orgasmo? Sí, por favor.


Él rodeó perezosamente con un dedo mi clítoris antes de deslizarlo en mi interior. 

Conocía mi cuerpo mejor que yo. ¿Cuándo había ocurrido eso? 

—No —murmuró—. Tu turno de contar tu historial.


—No puedo pensar en nada cuando estás haciendo eso.
Con un beso en el hombro apartó la mano y la puso sobre mi estómago, volviendo a describir círculos.


Hice un mohín pero él lo ignoró y se puso a observar los dedos que tenía sobre mi cuerpo.


—Dios, ha habido tantos hombres... No sé por dónde empezar.


—Paula... —dijo en tono de advertencia.


—Un par en el instituto, uno en la universidad. 

—¿Solo has tenido relaciones sexuales con tres hombres? 

Me aparté para mirarlo.


—Einstein, he tenido relaciones con «cuatro» hombres.


Una sonrisa satisfecha apareció en su cara.


—Cierto. ¿Y soy el mejor por un margen vergonzosamente grande?


—¿Lo soy yo? 

Su sonrisa desapareció y parpadeó sorprendido. 

—Sí. 

Era sincero. Y eso hizo que algo dentro de mí se derritiera hasta producirme un breve ronroneo cálido. Extendí la mano para cogerle la barbilla intentando ocultar lo que esa información me estaba haciendo.


—Bien.


Le besé el hombro y gemí contenta. Me encantaba su sabor y oler ese aroma a salvia y a limpio. Metí los dedos entre su pelo y tiré hacia atrás para poder morderle la mandíbula, el cuello y los hombros. Él se quedó muy quieto, un poco incorporado por encima de mí y sin devolverme los besos. 

¿Qué demonios...?


Inhaló para hablar y después cerró la boca de nuevo. No sé cómo, pero logré apartar la boca de él lo justo para pronunciar:
—¿Qué? 

—Me acabo de dar cuenta de que crees que soy un mujeriego empedernido, pero me importa.


—¿Qué te importa?


—Quiero oírtelo decir.


Lo miré y él me devolvió la mirada y sus iris empezaron a tornarse de ese tono verde tirando a castaño que sabía que se le ponía cuando se enfadaba. Revisé mentalmente los últimos minutos intentando entender de qué estaba hablando.


Oh.


—Oh, sí.


Juntó las cejas. 

—¿Sí qué, señorita Chaves? 

El calor me llenó. Su voz sonó diferente al decir eso. Brusca. Exigente. Y tremendamente sexy.


—Sí, tú eres el mejor por un margen vergonzosamente grande.


—Eso está mejor. 

—Al menos hasta ahora. 

Él rodó para ponerse encima de mí, me agarró las muñecas y me las sujetó por encima de la cabeza.


—No me provoques.


—¿Que no te provoque? Por favor... —le dije casi sin aliento. Su miembro estaba apretado contra la parte interior de mi muslo. Lo quería más arriba, empujando hacia mi interior—. Provocarnos es prácticamente todo lo que hacemos.


Como si quisiera demostrar que estaba equivocada, bajó la mano para agarrársela y la guió hacia mi interior, tirando de mi pierna para que le rodeara la cadera con ella. Y se quedó muy quieto, mirándome. Su labio superior se elevó un poco. 

—Muévete por favor —le susurré.


—¿Eso te gustaría? 

—Sí. 

—¿Y si no lo hago?


Me mordí el labio e intenté mirarlo fijamente.


—Eso es una provocación —dijo en un gruñido, sonriendo. 

—¿Por favor? —Intenté mover las caderas, pero él siguió mis movimientos para que no pudiera conseguir ninguna fricción. 

—Paula, yo nunca te provoco. Yo te follo hasta que te dejo casi sin sentido. 

Reí y vi que se le cerraban los ojos porque mi cuerpo le apretaba aún más.


—Aunque no es que tuvieras mucho sentido en la cabeza ya de principio —dijo mordiéndome el cuello—. Ahora dime lo bien que te hago sentir. —Algo en su voz, cierta vulnerabilidad o una forma de bajar el tono al final de la frase, me dijo que no estaba solo jugueteando.


—Nunca nadie me había hecho correrme antes. Ni con las manos, ni con la boca,ni con ninguna otra cosa.


Había estado manteniendo la inmovilidad hasta entonces, aunque los signos de esfuerzo para lograrlo eran evidentes; le temblaban los hombros y respiraba entrecortadamente, como si todo su cuerpo quisiera explotar en una enorme maraña entre las sábanas. Pero cuando dije eso, se quedó completamente helado.


—¿Nadie? 

—Solo tú. —Me estiré para darle un mordisco en la mandíbula—. Yo diría que eso te da cierta ventaja.


Él dijo mi nombre en una exhalación cuando sus caderas empezaron a moverse adelante y atrás. Y otra vez. La conversación había terminado; su boca encontró la mía, y después mi barbilla, mi mandíbula y mis orejas. Su mano subió por mi costado, mi pecho y finalmente hasta mi cara. 

Creí que los dos estábamos perdidos en el ritmo; pude sentir el clímax más allá de mí pero muy cerca y le clavé ambos talones en el trasero porque necesitaba que se moviera más y más rápido, lo necesitaba todo de él. Pero entonces me susurró:
—Ojalá lo hubiera sabido.

—¿Por qué? —conseguí preguntar en una exhalación que apenas hizo llegar el sonido a mis labios. «Más rápido», le pedía a gritos mi cuerpo. «Más.»—. ¿Es que eso cambiaría de alguna forma lo capullo que eres? 

Él me apartó las piernas, me giró y me puso de rodillas.


—No lo sé. Solo me gustaría haberlo sabido —gruñó empezando a embestirme de nuevo—. Dios. Tan profundo.

Sus movimientos eran tan fluidos que era como el agua danzarina y ondeante, como un rayo de sol que se colara en la habitación. Los muelles del colchón se quejaron debajo de nosotros y la fuerza de sus embestidas me empujaba hacia el cabecero de la cama.


—Casi. —Me aferré a las sábanas mientras suplicaba en mi interior que siguiera —. Casi. Más fuerte. 

—Joder. Estoy tan cerca. Vamos. —Sincronizaba un movimiento con el anterior porque sabía que había llegado al punto en el que no podía cambiar nada—. ¡Vamos!


Su cara, su pelo, su voz, su olor... Cada parte de su cuerpo me llenó la mente cuando obedientemente llegué al clímax debajo de él.


Sus embestidas eran salvajes; entonces todos los músculos se le quedaron helados antes de fundirse contra mi cuerpo. «Joder, joder joder...» murmuró en mi pelo antes de quedarse en silencio y dejar todo su cuerpo aún encima de mí.


El aire acondicionado se encendió con un zumbido constante. Cuando consiguió recuperar el aliento, Pedro se apartó de mí y me pasó la mano por la espalda sudada. 

—¿Paula? 

—¿Hummm? 

—Quiero más que esto. —Su voz sonaba tan ronca y pastosa que ni siquiera estaba segura de que estuviera despierto del todo.


Me quedé helada y mis pensamientos explotaron formando un terrible caos. 

—¿Qué acabas de decir?


Abrió los ojos con un esfuerzo evidente y me miró.


—Quiero estar contigo.


Me incorporé sobre un codo y lo miré, totalmente incapaz de extraer una sola palabra de mi cerebro.


—Tengo mucho sueño. —Se le cerraron los ojos y me puso un brazo pesado alrededor para atraerme hacia él—. Ven aquí, cariño. —Metió la cara en mi cuello y murmuró—: No pasa nada si tú no quieres. Aceptaré cualquier cosa que me des. Solo déjame quedarme aquí hasta mañana, ¿vale?


De repente yo estaba totalmente despierta, mirando fijamente a la pared oscura y escuchando el zumbido del aire acondicionado. Me aterraba que eso lo cambiara todo y más aún que él no supiera lo que estaba diciendo y que eso no cambiara nada. 

—Vale —le susurré a la oscuridad al oír que su respiración se ralentizaba hasta adoptar el ritmo constante del sueño.

lunes, 16 de junio de 2014

CAPITULO 50



El breve viaje de vuelta desde el restaurante fue silencioso y solitario, con la única compañía de mis pensamientos confusos. Crucé el gran vestíbulo del hotel hasta el ascensor y fui como un robot hasta la habitación de Paula antes de recordar que no me iba a quedar con ella. No recordaba cuál era la mía e intenté tres habitaciones de la planta antes de rendirme y preguntar en recepción. Cuando volví me di cuenta de que mi habitación estaba justo al lado de la suya. 


Era una imagen gemela de su habitación, pero completamente diferente de formas que no eran evidentes. 


Esa ducha no había dejado correr nuestros fingimientos la noche anterior; no habíamos dormido juntos, acurrucados el uno contra el otro, en esta cama. Esas paredes no estaban llenas de los sonidos de los orgasmos que había tenido debajo de mi cuerpo. Esa mesa no se había roto por un polvo rápido a última hora de la mañana.


Miré el teléfono y vi que tenía dos llamadas perdidas de mi hermano. «Genial.»


Normalmente ya habría hablado con mi padre y mi hermano varias veces, para hablarles de las reuniones y los potenciales clientes que había conocido. Pero hasta ahora no había hablado con ninguno de los dos ni una vez. Tenía miedo de que pudieran ver a través de mí y saber que no tenía la cabeza puesta totalmente en esto esta semana.


Eran más de las once y me pregunté si estaría todavía con sus amigas o ya habría vuelto. Tal vez estaba tumbada en la cama, despierta, obsesionándose por las mismas cosas que yo. Sin pensar, cogí el teléfono y marqué el número de su habitación. Sonó cuatro veces antes de que un contestador automático respondiera. 

Colgué y la llamé al móvil.

Respondió al primer tono. 

—¿Señor Alfonso? 

Hice una mueca. Estaba con los otros alumnos; no me iba a llamar Pedro en esa situación.


—Hola. Yo... solo quería asegurarme de que tenías algún medio de transporte para volver a hotel.


Su risa me llegó a través de la línea, amortiguada por el sonido de las voces y el latido de la música muy alta a su alrededor. 

—Hay como unos setenta taxis esperando fuera. Cogeré uno cuando acabemos aquí.


—¿Y cuándo será eso?


—Cuando Melissa se acabe esta copa y probablemente nos tomemos otra más. Y cuando Kim decida que ya está harta de bailar con todos los tíos guarros y mujeriegos que hay aquí. Supongo que volveré en algún momento entre ahora y mañana por la mañana antes de las ocho.


—¿Pretendes ser graciosa? —le pregunté mientras sentía que una sonrisa aparecía en mi cara


—Sí.


—Bien —dije exhalando con fuerza—. Mándame un mensaje cuando llegues sana y salva.


Permaneció en silencio un momento y después dijo:


—Lo haré.


Colgué, dejé caer el teléfono a mi lado en la cama y me quedé mirando al suelo durante una hora probablemente. Ni siquiera sabía qué hacer conmigo mismo.


Finalmente me levanté y volví abajo.
 
 
Todavía estaba en el vestíbulo cuando ella volvió a las dos de la mañana, con las mejillas enrojecidas y la sonrisa en la cara mientras metía el teléfono en su bolso.


Mi móvil sonó y lo miré.
Ya he vuelto sana y salva. 
 
La vi pasar delante del mostrador de recepción y dirigirse directamente hacia donde yo estaba, sentado cerca de los ascensores. Se paró cuando me vio, con los ojos vidriosos y el traje arrugado. Estoy seguro de que mi pelo era un completo desastre porque había estado muy preocupado. 


De repente no tenía ni idea de qué hacía allí esperándola como un marido ansioso. Solo sabía que yo no podía ser el que decidiera que no funcionaría, porque, en el fondo, quería hacer que funcionara. 

—¿Pedro? —dijo mirando a su amiga, que se despidió con la mano y se dirigió al ascensor. No me importaba una mierda lo que estuviera pensando su amiga, pero pude sentir su mirada fija en nosotros hasta que llegó el ascensor.

Paula llevaba un diminuto vestido negro y tacones, y yo quise hacer una petición para que ese atuendo se convirtiera en su uniforme hasta que acabara su período de prácticas. Unas tiras muy finas se cruzaban desde sus dedos con las uñas pintadas de rosa hasta sus espinillas. Quería quitarle ese vestido de su cuerpo y follármela allí
mismo en el sofá, agarrándome a esos tacones para guardar el equilibrio. 

—Hola —murmuré hipnotizado por la gran cantidad de pierna desnuda que tenía delante de mí.


Ella se acercó y se paró solo a unos centímetros de mí.


—¿Qué haces aquí abajo?


—Esperar.


Me esforcé por ocultar cuánto me afectaba ella, cómo mis pensamientos actuales apenas podían separarse de la fantasía de tener mis manos entre su pelo, de la forma en que podía cubrirle los pequeños pezones rosas totalmente con mi pulgar o de cómo su clítoris era la parte más suave de cualquier cuerpo que hubiera tocado nunca. 


Quería saborearla de los dedos de los pies a los lóbulos de las orejas,contándole en el proceso todos los pensamientos que me surgieran. 

—¿Estás borracho?


Negué con la cabeza. «No de la forma que tú crees.»


—Alguien se fijó en que te miraba antes.


—Lo sé. —Ella acercó la mano y me pasó los dedos por el pelo—. Vi tu cara durante la charla.


—Me entró el pánico. 

Paula no respondió; solo se rió con un sonido suave y ronco. 

—No me preocupo por mí, sino por ti. 

La oí inhalar bruscamente y sentí que sus dedos me tiraban del pelo. Cuando la miré a la cara, parecía desconcertada. 


¿Cómo podía no saber lo encaprichado que estaba a esas alturas? Estaba seguro de que podía verlo cada vez que la miraba. Como siempre, quería agarrarle el trasero y darle un azote cada vez que hiciera cualquier ruido. Tirarle del pelo cuando me corriera. Darle otro mordisco en el pecho. Rozarle con los dientes toda la espalda.
Darle un pellizco en la parte de atrás del muslo y después calmarle el dolor con la más suave de las caricias.
Pero también quería verla dormir, y despertarse y mirarme y deducir sus sentimientos por sus reacciones espontáneas.

Estaba empezando a darme cuenta que no era solo sexo y que no estaba logrando sacarla de mi sistema. El sexo era la ruta más rápida para la clase de posesión que necesitaba. 


Pero me estaba enamorando de ella, demasiado rápida e intensamente como para encontrar algo a lo que agarrarme por si acaso. 

Y era aterrador. 

Decidí decirle la verdad. 

—Necesito otra noche. 

Ella inspiró hondo y me miró, y solo cuando lo hizo se me ocurrió que ella podía estar sintiendo algo muy diferente a lo que sentía yo.


—Dime que no si no quieres. Es que... —Me pasé una mano por el pelo y levanté la vista para mirarla—. Es que me gustaría mucho estar contigo otra vez esta noche.


—Ansioso, ¿eh? 

—No te haces una idea.


Arriba, en su habitación, entre las sábanas y enredado a su cuerpo tenso y dulce que me rodeaba y me apretaba, todo lo demás desapareció a mi alrededor. Su olor y sus sonidos me nublaban el cerebro y hacían que mis embestidas fueran fuertes y erráticas. Ella estaba empapada, toda ella: su piel por fuera y su carne por dentro, toda resbaladiza y atrayéndome más adentro. Tenía las piernas abrazadas a mi cadera y me obligó a ponerme boca arriba con una risa, montándome con la espalda arqueada y la cabeza caída hacia atrás, los dedos hundidos en mi abdomen para sujetarse a mí. Su piel brillaba y me senté debajo de ella porque necesitaba sentir cómo se deslizaba su pecho contra el mío cuando se movía y se restregaba contra mí.
Volví a ponerme encima, abalanzándome sobre ella una vez más, esta vez con sus piernas en mis hombros y la boca temblando mientras luchaba por encontrar algo que decir. 

Me clavó las uñas en la espalda y yo solté el aire entre los dientes apretados mientras le decía «sí» y «más» porque quería que me marcara que me dejara algo que siguiera estando allí al día siguiente. 

Ella se corrió una vez y luego otra y después otra más y yo la tiré del pelo, que tenía alborotado e indómito. Caí sobre ella, enganchando palabras de forma incoherente cuando me corrí, intentando decirle lo que los dos ya sabíamos: que todo lo que pasara fuera de esa habitación era irrelevante.