lunes, 9 de junio de 2014

CAPITULO 34



Mi cabeza no estaba funcionando en ese momento. Tenía que enseñarle unas cosas al señor Alfonso antes de que se fuera, tenía unos documentos que tenía que firmar, pero sentía como si estuviera caminando por arenas movedizas, la conversación con mi padre dándome vueltas sin parar en la cabeza. Cuando entré en el despacho del señor Alfonso me quedé mirando los papeles que llevaba en las manos, dándome cuenta de todas las cosas que tenía que organizar ese día: billetes de avión, alguien que se ocupara de mi correo, tal vez la contratación de un trabajador temporal para el tiempo que estuviera fuera. Pero ¿cuánto tiempo iba a estar fuera?


Me di cuenta de que el señor Alfonso estaba comentando algo (en voz alta) en mi dirección. Pero ¿qué estaba diciendo? Apareció en mi visión y oí el final de lo que decía:

—... apenas está prestando atención. Dios, señorita Chaves, ¿es que necesito escribírselo?


—¿Podemos dejar este jueguecito por hoy? —le pregunté cansada.


—El... ¿el qué? 


—Esta rutina de jefe gilipollas.


Él abrió mucho los ojos y frunció el ceño. 

—¿Perdón?

—Me he dado cuenta de que te encanta ser un cabrón de los que hacen historia conmigo, y reconozco que es algo sexy a veces, pero llevo un día terrible y de verdad te agradecería que simplemente te limitaras a no hablarme. A mí. —Estaba a punto de echarme a llorar y sentía una presión dolorosa en el pecho—. Por favor. 

Parecía que alguien le hubiera deslumbrado con unos faros, mirándome fijamente a la vez que parpadeaba. Por fin dijo:

—¿Qué ha pasado? 

Tragué saliva, arrepintiéndome de mi salida de tono. Las cosas siempre iban mejor con él cuando conseguía mantener la compostura.


—He reaccionado mal cuando me ha gritado. Discúlpeme.

Él se levantó y empezó a caminar hacia mí, pero en el último minuto se detuvo y se sentó en la esquina de su mesa, jugueteando incómodo con un pisapapeles de cristal.


—No, quiero decir que ¿por qué llevas un día tan horrible? ¿Qué está pasando? — Su voz era muy suave y nunca le había oído hablar así aparte de en los momentos de sexo. 


Esta vez hablaba en voz baja y no era para mantener en secreto la conversación, parecía realmente preocupado.


No quería hablar con él de aquello porque en parte esperaba que se burlara de mí.


Pero una parte mayor estaba empezando a sospechar que no lo haría. 

—Le han hecho unas pruebas a mi padre. Tenía problemas para comer. 

El señor Alfonso se puso serio. 

—¿Comer? ¿Es una úlcera?


Le expliqué lo que sabía, que era algo que había empezado de repente y que las primeras pruebas mostraban una pequeña masa en el esófago.


—¿Puedes ir a casa? 

Me lo quedé mirando.

—No lo sé. ¿Puedo? 

Él hizo una mueca de dolor y parpadeó. 

—¿Tan cabrón soy en realidad? 

—A veces. —Me arrepentí inmediatamente, porque no,nunca había hecho que me hiciera pensar que me impidiera acompañar a mi padre enfermo. 

Asintió y tragó con dificultad mientras miraba por la ventana. 

—Te puedes tomar todo el tiempo que necesites, por supuesto.


—Gracias. 

Me quedé mirando al suelo, esperando que continuara con la lista de tareas del día. Pero el silencio llenó el despacho. 


Podía ver por el rabillo del ojo que había vuelto a girarse y ahora me miraba.


—¿Estás bien? —dijo en voz tan baja que ni siquiera estaba segura de haberlo oído.


Pensé en mentirle para acabar con aquella conversación tan extraña. Pero en vez de eso le dije:
—La verdad es que no.


Estiró la mano y me la metió entre el pelo.


—Cierra la puerta del despacho —me pidió.


Asentí, un poco decepcionada por que me echara de esa forma.

—Le traeré los contratos del departamento legal...


—Quería decir que cierres la puerta pero que te quedes.Oh.

«Oh.»


Me volví y caminé por la gruesa alfombra en completo silencio. La puerta del despacho se cerró con un sonoro clic. 

—Pon el pestillo.

Giré el pestillo y sentí que se acercaba hasta que noté su respiración cálida en la nuca.


—Déjame tocarte. Déjame hacer algo. 

Él lo había entendido. Sabía lo que podía darme:distracción, alivio, placer ante esa oleada de dolor. Yo no respondí porque sabía que no necesitaba hacerlo. Había ido a cerrar la puerta después de todo.


Pero entonces sentí sus labios apretándose suavemente contra mi hombro y subiendo por mi cuello.


—Hueles... tan bien —me dijo soltándome el vestido donde lo llevaba atado detrás del cuello—. Siempre se me queda tu olor impregnado durante horas.


No dijo si eso era algo bueno o malo y yo me di cuenta de que no me importaba.


Me gustaba que oliera como yo cuando ya no estaba.


Cuando bajó las manos hasta las caderas, me volví para mirarlo y él se inclinó para besarme en un solo movimiento fluido. Esto era diferente. Su boca era suave,casi pidiéndome permiso. No había nada de indecisión en el beso (nunca había nada de indecisión en él), pero ese beso parecía más un gesto de cariño y menos la señal de una batalla perdida. 

Me bajó el vestido por los hombros y cayó al suelo. Él se aparto un poco, dándome solo el espacio para dejar que el aire fresco de la oficina me refrescara su calor de la piel.


—Eres preciosa. 

Antes de que pudiera procesar la forma tan suave en que había dicho esas nuevas palabras, él puso una sonrisita y se inclinó para besarme a la vez que me agarraba las bragas, las retorcía y las rompía. 

Eso ya era habitual.


Bajé las manos hasta sus pantalones, pero él se apartó negando con la cabeza.


Metió la mano entre mis piernas y encontró la piel suave y húmeda. Su respiración se aceleró contra mi mejilla. Sus dedos, no sabía cómo, eran fuertes y a la vez cuidadosos, y le salían palabras sucias con voz profunda: me decía que era preciosa y muy guarra. Me decía que era una tentación y cómo lo hacía sentir.


Me dijo cuántas ganas tenía de oír el sonido que hacía al correrme.


E incluso cuando lo hice, boqueando y agarrando las hombreras de su traje, lo único que podía pensar era en que yo también quería tocarlo. Que quería, igual que él, oírlo perderse en mí. Y eso me aterraba.


Él sacó los dedos, rozando con ellos mi sensible clítoris al hacerlo, y se estremeció involuntariamente.


—Lo siento, lo siento —me susurró en respuesta, besándome la mandíbula, la barbilla, el...


—No lo sientas —le dije apartando la boca de la suya. La repentina intimidad que me ofrecía, además de todo lo que había pasado ese día, era muy desconcertante,demasiado.


Apoyó su frente contra la mía durante unos segundos antes de asentir una sola vez.


Me sentí devastada de repente porque me di cuenta de que siempre había asumido que él tenía todo el poder y yo ninguno, pero en ese momento supe que podía tener tanto poder sobre él como quisiera. Solo tenía que ser lo bastante valiente para ejercerlo. 

—Me iré de la ciudad este fin de semana. Y no sé cuánto tiempo estaré fuera.


—Bueno, entonces vuelva al trabajo mientras aún está aquí, señorita Chaves.

CAPITULO 33



La noche fue un infierno. Apenas dormí ni comí y sufría una erección prácticamente constante desde que salí del restaurante el día anterior. Cuando me dirigí al trabajo,sabía que lo tenía muy crudo. Ella iba a hacer todo lo que pudiera para torturarme y castigarme por haberla mentido; lo enfermizo era que... yo lo estaba deseando. 


Me sorprendió encontrar su mesa vacía cuando llegué. 


«Qué raro», pensé, ella casi nunca llegaba tarde. Entré en mi despacho y empecé a poner las cosas en orden para empezar el día. Quince minutos después estaba hablando por teléfono cuando oí que la puerta exterior se cerraba de un portazo. Bueno, sin duda ella no me iba a decepcionar; oí que se cerraban de golpe cajones y archivadores y supe que iba a ser un día interesante. 

A las diez y cuarto me interrumpió mi intercomunicador. 

—Señor Alfonso —su voz tranquila llenó la habitación y a pesar de su obvia irritación, me vi sonriendo mientras pulsaba el botón para responder. 

—¿Sí, señorita Chaves? —le contesté y oí que la sonrisa se reflejaba en mi tono. 

—Tenemos que estar en la sala de reuniones dentro de quince minutos. Y usted tiene que salir a mediodía para comer con el presidente de Kelly Industries a las doce y media. Leandro lo esperará en el aparcamiento.

—¿Usted no me acompaña? —Parte de mí se preguntó si estaba evitando quedarse a solas conmigo. No sabía muy bien cómo sentirme por eso.


—No, señor. Solo la dirección. —Oí el ruido de papeles mientras ella seguía hablando—. Además, hoy tengo que hacer algunos preparativos para el viaje a San Diego.


—Saldré dentro de un momento —solté el botón y me puse de pie para ajustarme la corbata y la chaqueta.

Cuando salí de mi despacho, mis ojos se posaron en ella inmediatamente. Si tenía alguna duda sobre si me iba a hacer sufrir, se disipó justo en ese momento. Ella estaba inclinada sobre su mesa con un vestido de seda azul que mostraba sus largas piernas delgadas de una forma perfecta. Tenía el pelo recogido sobre la cabeza y cuando se giró hacia mí, vi que llevaba las gafas puestas. ¿Cómo iba a ser capaz de hablar de forma coherente con ella sentada a mi lado?


—¿Listo, señor Alfonso? —Sin esperar respuesta, cogió sus cosas y empezó a caminar por el pasillo. De repente,parecía que sus caderas se movían más. La muy descarada me estaba provocando.


De pie en el ascensor lleno de gente, nuestros cuerpos se vieron apretados el uno contra el otro involuntariamente y yo tuve que reprimir un gemido. Pudo ser mi imaginación, pero me pareció ver el principio de una sonrisa cuando ella rozó «accidentalmente» mi miembro semierecto. Dos veces.


Durante las dos horas siguientes pasé mi propio infierno personal. Cada vez que la miraba, estaba haciendo algo para volverme loco: lanzaba miradas traviesas, se lamía el labio inferior, cruzaba y descruzaba las piernas o se retorcía con aire ausente un mechón con el dedo. Incluso se le cayó un boli y puso la mano despreocupadamente en mi muslo cuando se agachó para recogerlo.


En la comida que tenía después, me sentí a la vez agradecido por librarme del tormento que estaba suponiendo, y desesperado por volver a sufrirlo. Asentí y hablé en los momentos apropiados, pero no estaba realmente allí. Y por supuesto que mi padre fue consciente de que estaba de un humor especialmente silencioso y hosco.


Cuando íbamos de vuelta a la oficina, empezó a sermonearme.


—Durante tres días tú y Paula vais a estar juntos en San Diego sin la pantalla que supone el trabajo de oficina, y no va a haber nadie para meterse entre ambos. Espero que la trates con el máximo respeto. Y antes de que te pongas a la defensiva — añadió levantando ambas manos en cuanto notó que iba a rebatirle—, también he hablado de esto con Paula.

Abrí mucho los ojos y lo miré. ¿Había hablado con la señorita Chaves sobre «mi» conducta profesional?


—Sí, soy consciente de que no eres solo tú —dijo mientras entrábamos en un ascensor vacío—. Ella me ha asegurado que hace todo lo que puede. ¿Por qué crees que, desde el principio, te propuse como su tutor para las prácticas? No tenía ni la más mínima duda de que estaría a la altura de tus expectativas. 

Federico estaba en silencio a su lado, con una sonrisa de suficiencia en la cara.


«Gilipollas.»


Fruncí un poco el ceño al darme cuenta de lo que pasaba: ella había hablando en mi defensa. Podía haberme hecho parecer un déspota sin problema, pero en vez de eso ella había aceptado parte de la culpa.


—Papá, admito que mi relación con ella es poco convencional —empecé, rezando para que no supiera lo cierta que era en realidad esa frase—. Pero te aseguro que eso no interfiere de ninguna forma en mi capacidad para llevar el negocio. No tienes nada de qué preocuparte.


—Bien —dijo mi padre cuando llegamos a mi despacho.


Entré y me encontré a la señorita Chaves al teléfono, de espaldas a la puerta,hablando en un tono casi inaudible.

—Bueno, tengo que dejarte, papá. Tengo que ocuparme de unas cosas y te cuento en cuanto pueda. Duerme un poco, ¿vale? —dijo en voz baja. Tras una breve pausa rió, pero no dijo nada más durante en momento. Ni yo ni los dos hombres que estaban a mi lado nos atrevimos a decir nada—. Yo también te quiero, papá.


Mi estómago se tensó al oír aquellas palabras y la forma en que tembló su voz al decirlas. Cuando se volvió en su silla, se sobresaltó al encontrarnos ahí a los tres.


Empezó a recoger unos papeles que había sobre su mesa rápidamente.


—¿Qué tal ha ido la reunión?


—Perfectamente, como siempre —dijo mi padre—. Tú y Sara habéis hecho un gran trabajo ocupándoos de todo. No sé que harían mis hijos sin vosotras dos.


Ella levantó un poco una ceja y vi que se esforzaba por no mirarme y regodearse. 

Pero entonces su cara mostró una expresión de desconcierto y me di cuenta de que yo estaba sonriéndole de oreja a oreja, esperando ver un poco de su típico descaro. 

De repente puse la mejor cara que pude y me dirigí a mi despacho. Solo entonces me percaté de que no la había visto sonreír ni una sola vez desde que habíamos vuelto y la encontramos hablando por teléfono.

domingo, 8 de junio de 2014

CAPITULO 32




La observé mientras varias expresiones cruzaban su cara: vergüenza, irritación y después... ¿curiosidad? Conseguí distinguir vagamente la voz de un hombre al otro lado y sentí que el troglodita de mi interior se despertaba de nuevo. 

¿Quién demonios la estaba llamando?


De repente ella entornó los ojos y algo en mi interior me dijo que debería ponerme nervioso.


—Bueno, muchas gracias por decírmelo. Sí. Sí, lo haré. 
Vale. Sí, te llamaré cuando me decida. Gracias por llamar, Javier. 


¿Javier? «El cabrón de Cignoli.» 


Ella colgó y volvió a meter el teléfono en el bolso lentamente. Mirando al suelo negó con la cabeza y se le escapó una breve carcajada antes de que una sonrisa
malévola apareciera en sus labios.


—¿Hay algo que quiera decirme, señor Alfonso? —me preguntó dulcemente y no sé por qué eso me puso aún más nervioso.


Rebusqué en mi cerebro, pero no se me ocurría nada. «¿De qué estará hablando?»


—He tenido una conversación de lo más extraña —me dijo—. Parece que Javier ha comprobado su correo esta mañana y tenía una confirmación de entrega de sus flores. ¿Y a que no sabes lo que decía en ella? 

Ella se acercó un paso hacia mí e instintivamente yo di un paso atrás. No me gustaba la dirección que estaba tomando aquello. 

—Parece que alguien firmó la entrega. 

«Oh, mierda.»


—El nombre que había en la confirmación era Pedro Alfonso. 

«Jo-der.» ¿Por qué demonios firmé con mi nombre? Intenté pensar una respuesta,pero de repente tenía la mente en blanco. Obviamente mi silencio le dijo a ella todo lo que necesitaba saber.

—¡Hijo de puta! Firmaste la entrega y después me mentiste. —Me dio un empujón en el pecho y sentí el instinto repentino de protegerme los huevos—. ¿Por qué has hecho eso?

Tenía la espalda contra la pared y buscaba frenéticamente una salida alternativa. 

—Yo... ¿qué? —balbuceé. Parecía que el corazón se me iba a salir del pecho. 

—En serio. ¿Por qué demonios lo has hecho?


Necesitaba una respuesta y la necesitaba rápido. Me pasé las manos por el pelo por enésima vez en los últimos cinco minutos y decidí que probablemente lo mejor era confesar. 

—No lo sé, ¿vale? —le grité—. Solo es que... ¡joder! 

Ella sacó su teléfono y pareció mandar un mensaje a alguien.


—¿Qué haces? —pregunté. 

—No es que sea asunto tuyo, pero le estoy diciendo a Julia que siga sin mí. No pienso salir de aquí hasta que me digas la verdad. —Me miró fijamente y sentí la furia que la estaba consumiendo. Pensé durante un segundo en decirle a Emilia lo que estaba pasando, pero ella me había visto salir detrás de Paula; seguro que se lo había imaginado para entonces. 

—¿Y bien?

La miré a los ojos y dejé escapar un profundo suspiro. No había forma de que yo pudiera explicarlo sin que pareciera que había perdido la cabeza. 

—Vale, sí, yo las recogí.


Se me quedó mirando con la respiración acelerada y los puños cerrados con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.


—¿Y? 

—Y... las tiré. —Mientras estaba allí de pie delante de ella me di cuenta de que me merecía toda su furia. Había estado siendo injusto. No le estaba ofreciendo nada pero seguía poniéndome en el camino de alguien que podría hacerla feliz. 

—Joder, eres increíble —dijo entre dientes. 

Supe que estaba haciendo todo lo que podía para no lanzarse hacia mí y darme una paliza.

—Explícame por qué hiciste eso —añadió. 

Y ahí llegaba la parte que no sabía explicar. 

—Porque... —Me rasqué la parte de atrás de la cabeza. Odiaba haberme metido en aquella situación—. Porque no quiero que salgas con Javier.


—De todos los imbéciles, machistas... Pero ¿quién demonios te crees que eres? Que nos enrollemos no significa que puedas tomar decisiones sobre mi vida. No somos pareja, no estamos saliendo. Dios, ¡si ni siquiera nos caemos bien! —gritó. 

—¿Y crees que eso yo no lo sé? No tiene sentido, lo sé, ¿vale? Pero es que cuando vi las flores... Vamos, ¡pero si eran putas rosas! 

Puso una expresión como si estuviera a punto de hacer que me mandaran a prisión inmediatamente.


—Pero ¿es que te estás metiendo algo? ¿Y qué tiene que ver el hecho de que fueran rosas con nada de esto?


—¡Tú odias las rosas! —Cuando dije eso, su cara se quedó seria y su mirada se volvió suave y oscura. Yo seguí divagando—. Las vi y reaccioné, sin más. No me paré a pensarlo. Solo imaginar que él pudiera tocarte... —Cerré los puños junto a los costados y dejé la frase sin terminar mientras intentaba recuperar la compostura. Me estaba enfadando más y más por segundos: conmigo por ser débil y dejar que las emociones se me fueran de las manos, otra vez, y con ella por tenerme así de esa forma inexplicable.


—Vale, mira —dijo inspirando hondo para calmarse—. No voy a decir que estoy de acuerdo con lo que has hecho,pero lo entiendo... hasta cierto punto. 

La miré asombrado.


—Mentiría si dijera que yo no me he sentido igualmente posesiva contigo —dijo reticente. 

No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Acababa de admitir que se sentía igual que yo?


—Pero eso no cambia el hecho de que me mentiste. Y en mi propia cara. Puede que seas un gilipollas arrogante la mayor parte del tiempo, pero hasta ahora siempre has sido alguien que confiaba en que iba a ser sincero conmigo.


Hice una mueca de dolor. Tenía razón.


—Lo siento. —Mi disculpa se quedó en el aire y no sé cuál de los dos se mostró más sorprendido por ella.


—Demuéstralo


Me miró totalmente serena, ni una pizca de emoción se veía en sus facciones. 

¿Qué quería decir? Entonces lo entendí. «Demuéstralo.» No podíamos hablar porque las palabras solo nos llevaban a tener más problemas. Pero ¿esto? Esto era lo que éramos y si ella iba a darme esa oportunidad de compensarla por lo que había hecho,yo iba a aprovecharla. 

La odiaba tanto en aquel momento... Odiaba que tuviera razón y yo no, y odiaba que me estuviera obligando a elegir. 


Y odiaba cuánto la deseaba, eso era lo que más odiaba de todo. 

Crucé la distancia que había entre los dos y le coloqué la mano en la nuca. La atraje hacia mí, mirándola a los ojos mientras acercaba su boca a la mía. Había un desafío no expresado allí. Ninguno de los dos se iba a echar atrás ni a admitir que esto (fuera lo que fuera) estaba más allá de nuestro control. 

O tal vez ya lo habíamos admitido los dos.

En cuanto nuestros labios se tocaron, me llenó ese rumor familiar que me recorría todo el cuerpo.


Metí las manos profundamente entre su pelo, obligándola a echar la cabeza hacia atrás y a aceptar todo lo que le estaba dando. Puede que todo aquello fuera por ella,pero sin duda yo iba a ser quien lo controlara. Apreté mi cuerpo contra el suyo y gemí al notar como cada una de sus curvas encajaban contra las mías. Quería que esa necesidad desapareciera, quedarme satisfecho y seguir adelante; pero cada vez que la tocaba era mejor de lo que recordaba.


Me puse de rodillas, le agarré las caderas y la acerqué más a mí mientras mis labios seguían la línea de la cintura de sus pantalones. Le subí la camiseta y le besé cada centímetro de piel visible, disfrutando de cómo se le tensaban los músculos mientras yo exploraba. Levanté la vista para mirarla, metiendo los dedos por dentro de la cintura del pantalón. Sus ojos estaban cerca y se estaba mordiendo el labio inferior. Sentí como se me endurecía por la anticipación de lo que estaba a punto de hacer.


Le bajé los pantalones y vi cómo se le ponía la piel de gallina al hacer descender los dedos por sus piernas. Metió los dedos entre mi pelo y tiró con fuerza y yo gemí y volví a mirarla. Seguí el borde de la delicada ropa interior de seda y me detuve en las finas cintas de sus caderas.


—Son casi demasiado bonitas para estropearlas —dije enredándome una cinta en cada mano—. Casi. —Con un breve tirón se rompieron con facilidad, lo que me permitió tirar de la tela rosa para quitársela y poder metérmela en el bolsillo.


Una sensación de urgencia me embargó entonces y liberé rápidamente una de sus piernas para colocarla sobre mi hombro y besarle la suave piel del interior del muslo.


—Oh, mierda —dijo exhalando y pasándome las manos por el pelo—. Oh, mierda,por favor.


Cuando por primera vez le acaricié y después le lamí lentamente el clítoris, ella me agarró el pelo con fuerza y movió las caderas contra mi boca. Unas palabras ininteligibles salieron de sus labios en un susurro ronco, y ver cómo se deshacía del todo delante de mis ojos hizo que me diera cuenta de que ella estaba tan indefensa ante todo aquello como yo. Estaba enfadada conmigo, tan enfadada que probablemente parte de ella quería enrollarme la pierna alrededor del cuello y estrangularme, pero al menos me estaba dejando hacerlo algo que era, de muchas formas, mucho más íntimo que solamente follar. Yo estaba de rodillas, pero ella estaba desnuda y vulnerable.


Estaba caliente y húmeda y sabía tan dulce como parecía. 

—Podría devorarte entera —le susurré apartándome lo justo para poder ver su expresión. Le di un beso en la cadera y murmuré—: Esto sería mucho mejor si pudiera tumbarte en alguna parte. En la mesa de la sala de reuniones, tal vez. 

Ella me tiró del pelo para acercarme otra vez a ella.


—Por ahora esto está bien así para mí. No te atrevas a parar. 

Estuve a punto de admitir en voz alta que no podía y que estaba empezando a detestar la idea de siquiera intentarlo, pero pronto me vi perdido en su piel otra vez.


Quería memorizar todas las súplicas y las maldiciones que salían de su boca sabiendo que yo era la razón de las mismas. Gemí contra ella, lo que la hizo soltar una exclamación y retorcer el cuerpo para acercarlo. Deslicé dos dedos en su interior y le tiré de la cadera con la otra mano para animarla a que encontrara su ritmo junto conmigo. Ella empezó a mover las caderas, lentamente al principio, apretándose contra mí, y después más rápido. Pude sentir cómo se tensaba: las piernas, el abdomen y las manos en mi pelo.

—Estoy muy cerca —jadeó y sus movimientos se volvieron titubeantes,irregulares y un poco salvajes y, joder, yo no me sentía nada salvaje en ese momento.


Quería morderla y chuparla, enterrar mis dedos en su interior y volverla loca. Me preocupé por si me estaba volviendo demasiado brusco, pero su respiración pasó a unos leves jadeos y después a unas súplicas tensas. 


Entonces giré la muñeca y empujé más adentro y ella gritó, sus piernas temblaron y el clímax la embargó.


Frotándole la cadera le bajé lentamente la pierna y me quedé observando sus pies por si acaso intentaba darme una patada de todas formas. Me pasé un dedo por el labio y contemplé cómo ella volvía a la realidad.


Me apartó y se colocó la ropa rápidamente, mirándome arrodillado delante de ella. 

La realidad volvió cuando los diferentes sonidos de gente comiendo al otro lado de la puerta se mezclaron con el sonido de nuestra respiración trabajosa. 

—No te he perdonado —me dijo, se agachó para coger su bolso, quitó el pestillo de la puerta y salió del baño.


Yo me levanté despacio y vi cómo la puerta se cerraba tras ella mientras intentaba entender lo que acababa de pasar. 


Debería estar furioso. Pero sentí que la comisura de la boca se me elevaba para formar una sonrisa y estuve a punto de echarme a reír por lo absurdo de todo aquello. 

Maldita sea, lo había vuelto a hacer. Me estaba ganando y eso que estábamos jugando a mi propio juego.