domingo, 8 de junio de 2014

CAPITULO 32




La observé mientras varias expresiones cruzaban su cara: vergüenza, irritación y después... ¿curiosidad? Conseguí distinguir vagamente la voz de un hombre al otro lado y sentí que el troglodita de mi interior se despertaba de nuevo. 

¿Quién demonios la estaba llamando?


De repente ella entornó los ojos y algo en mi interior me dijo que debería ponerme nervioso.


—Bueno, muchas gracias por decírmelo. Sí. Sí, lo haré. 
Vale. Sí, te llamaré cuando me decida. Gracias por llamar, Javier. 


¿Javier? «El cabrón de Cignoli.» 


Ella colgó y volvió a meter el teléfono en el bolso lentamente. Mirando al suelo negó con la cabeza y se le escapó una breve carcajada antes de que una sonrisa
malévola apareciera en sus labios.


—¿Hay algo que quiera decirme, señor Alfonso? —me preguntó dulcemente y no sé por qué eso me puso aún más nervioso.


Rebusqué en mi cerebro, pero no se me ocurría nada. «¿De qué estará hablando?»


—He tenido una conversación de lo más extraña —me dijo—. Parece que Javier ha comprobado su correo esta mañana y tenía una confirmación de entrega de sus flores. ¿Y a que no sabes lo que decía en ella? 

Ella se acercó un paso hacia mí e instintivamente yo di un paso atrás. No me gustaba la dirección que estaba tomando aquello. 

—Parece que alguien firmó la entrega. 

«Oh, mierda.»


—El nombre que había en la confirmación era Pedro Alfonso. 

«Jo-der.» ¿Por qué demonios firmé con mi nombre? Intenté pensar una respuesta,pero de repente tenía la mente en blanco. Obviamente mi silencio le dijo a ella todo lo que necesitaba saber.

—¡Hijo de puta! Firmaste la entrega y después me mentiste. —Me dio un empujón en el pecho y sentí el instinto repentino de protegerme los huevos—. ¿Por qué has hecho eso?

Tenía la espalda contra la pared y buscaba frenéticamente una salida alternativa. 

—Yo... ¿qué? —balbuceé. Parecía que el corazón se me iba a salir del pecho. 

—En serio. ¿Por qué demonios lo has hecho?


Necesitaba una respuesta y la necesitaba rápido. Me pasé las manos por el pelo por enésima vez en los últimos cinco minutos y decidí que probablemente lo mejor era confesar. 

—No lo sé, ¿vale? —le grité—. Solo es que... ¡joder! 

Ella sacó su teléfono y pareció mandar un mensaje a alguien.


—¿Qué haces? —pregunté. 

—No es que sea asunto tuyo, pero le estoy diciendo a Julia que siga sin mí. No pienso salir de aquí hasta que me digas la verdad. —Me miró fijamente y sentí la furia que la estaba consumiendo. Pensé durante un segundo en decirle a Emilia lo que estaba pasando, pero ella me había visto salir detrás de Paula; seguro que se lo había imaginado para entonces. 

—¿Y bien?

La miré a los ojos y dejé escapar un profundo suspiro. No había forma de que yo pudiera explicarlo sin que pareciera que había perdido la cabeza. 

—Vale, sí, yo las recogí.


Se me quedó mirando con la respiración acelerada y los puños cerrados con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.


—¿Y? 

—Y... las tiré. —Mientras estaba allí de pie delante de ella me di cuenta de que me merecía toda su furia. Había estado siendo injusto. No le estaba ofreciendo nada pero seguía poniéndome en el camino de alguien que podría hacerla feliz. 

—Joder, eres increíble —dijo entre dientes. 

Supe que estaba haciendo todo lo que podía para no lanzarse hacia mí y darme una paliza.

—Explícame por qué hiciste eso —añadió. 

Y ahí llegaba la parte que no sabía explicar. 

—Porque... —Me rasqué la parte de atrás de la cabeza. Odiaba haberme metido en aquella situación—. Porque no quiero que salgas con Javier.


—De todos los imbéciles, machistas... Pero ¿quién demonios te crees que eres? Que nos enrollemos no significa que puedas tomar decisiones sobre mi vida. No somos pareja, no estamos saliendo. Dios, ¡si ni siquiera nos caemos bien! —gritó. 

—¿Y crees que eso yo no lo sé? No tiene sentido, lo sé, ¿vale? Pero es que cuando vi las flores... Vamos, ¡pero si eran putas rosas! 

Puso una expresión como si estuviera a punto de hacer que me mandaran a prisión inmediatamente.


—Pero ¿es que te estás metiendo algo? ¿Y qué tiene que ver el hecho de que fueran rosas con nada de esto?


—¡Tú odias las rosas! —Cuando dije eso, su cara se quedó seria y su mirada se volvió suave y oscura. Yo seguí divagando—. Las vi y reaccioné, sin más. No me paré a pensarlo. Solo imaginar que él pudiera tocarte... —Cerré los puños junto a los costados y dejé la frase sin terminar mientras intentaba recuperar la compostura. Me estaba enfadando más y más por segundos: conmigo por ser débil y dejar que las emociones se me fueran de las manos, otra vez, y con ella por tenerme así de esa forma inexplicable.


—Vale, mira —dijo inspirando hondo para calmarse—. No voy a decir que estoy de acuerdo con lo que has hecho,pero lo entiendo... hasta cierto punto. 

La miré asombrado.


—Mentiría si dijera que yo no me he sentido igualmente posesiva contigo —dijo reticente. 

No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Acababa de admitir que se sentía igual que yo?


—Pero eso no cambia el hecho de que me mentiste. Y en mi propia cara. Puede que seas un gilipollas arrogante la mayor parte del tiempo, pero hasta ahora siempre has sido alguien que confiaba en que iba a ser sincero conmigo.


Hice una mueca de dolor. Tenía razón.


—Lo siento. —Mi disculpa se quedó en el aire y no sé cuál de los dos se mostró más sorprendido por ella.


—Demuéstralo


Me miró totalmente serena, ni una pizca de emoción se veía en sus facciones. 

¿Qué quería decir? Entonces lo entendí. «Demuéstralo.» No podíamos hablar porque las palabras solo nos llevaban a tener más problemas. Pero ¿esto? Esto era lo que éramos y si ella iba a darme esa oportunidad de compensarla por lo que había hecho,yo iba a aprovecharla. 

La odiaba tanto en aquel momento... Odiaba que tuviera razón y yo no, y odiaba que me estuviera obligando a elegir. 


Y odiaba cuánto la deseaba, eso era lo que más odiaba de todo. 

Crucé la distancia que había entre los dos y le coloqué la mano en la nuca. La atraje hacia mí, mirándola a los ojos mientras acercaba su boca a la mía. Había un desafío no expresado allí. Ninguno de los dos se iba a echar atrás ni a admitir que esto (fuera lo que fuera) estaba más allá de nuestro control. 

O tal vez ya lo habíamos admitido los dos.

En cuanto nuestros labios se tocaron, me llenó ese rumor familiar que me recorría todo el cuerpo.


Metí las manos profundamente entre su pelo, obligándola a echar la cabeza hacia atrás y a aceptar todo lo que le estaba dando. Puede que todo aquello fuera por ella,pero sin duda yo iba a ser quien lo controlara. Apreté mi cuerpo contra el suyo y gemí al notar como cada una de sus curvas encajaban contra las mías. Quería que esa necesidad desapareciera, quedarme satisfecho y seguir adelante; pero cada vez que la tocaba era mejor de lo que recordaba.


Me puse de rodillas, le agarré las caderas y la acerqué más a mí mientras mis labios seguían la línea de la cintura de sus pantalones. Le subí la camiseta y le besé cada centímetro de piel visible, disfrutando de cómo se le tensaban los músculos mientras yo exploraba. Levanté la vista para mirarla, metiendo los dedos por dentro de la cintura del pantalón. Sus ojos estaban cerca y se estaba mordiendo el labio inferior. Sentí como se me endurecía por la anticipación de lo que estaba a punto de hacer.


Le bajé los pantalones y vi cómo se le ponía la piel de gallina al hacer descender los dedos por sus piernas. Metió los dedos entre mi pelo y tiró con fuerza y yo gemí y volví a mirarla. Seguí el borde de la delicada ropa interior de seda y me detuve en las finas cintas de sus caderas.


—Son casi demasiado bonitas para estropearlas —dije enredándome una cinta en cada mano—. Casi. —Con un breve tirón se rompieron con facilidad, lo que me permitió tirar de la tela rosa para quitársela y poder metérmela en el bolsillo.


Una sensación de urgencia me embargó entonces y liberé rápidamente una de sus piernas para colocarla sobre mi hombro y besarle la suave piel del interior del muslo.


—Oh, mierda —dijo exhalando y pasándome las manos por el pelo—. Oh, mierda,por favor.


Cuando por primera vez le acaricié y después le lamí lentamente el clítoris, ella me agarró el pelo con fuerza y movió las caderas contra mi boca. Unas palabras ininteligibles salieron de sus labios en un susurro ronco, y ver cómo se deshacía del todo delante de mis ojos hizo que me diera cuenta de que ella estaba tan indefensa ante todo aquello como yo. Estaba enfadada conmigo, tan enfadada que probablemente parte de ella quería enrollarme la pierna alrededor del cuello y estrangularme, pero al menos me estaba dejando hacerlo algo que era, de muchas formas, mucho más íntimo que solamente follar. Yo estaba de rodillas, pero ella estaba desnuda y vulnerable.


Estaba caliente y húmeda y sabía tan dulce como parecía. 

—Podría devorarte entera —le susurré apartándome lo justo para poder ver su expresión. Le di un beso en la cadera y murmuré—: Esto sería mucho mejor si pudiera tumbarte en alguna parte. En la mesa de la sala de reuniones, tal vez. 

Ella me tiró del pelo para acercarme otra vez a ella.


—Por ahora esto está bien así para mí. No te atrevas a parar. 

Estuve a punto de admitir en voz alta que no podía y que estaba empezando a detestar la idea de siquiera intentarlo, pero pronto me vi perdido en su piel otra vez.


Quería memorizar todas las súplicas y las maldiciones que salían de su boca sabiendo que yo era la razón de las mismas. Gemí contra ella, lo que la hizo soltar una exclamación y retorcer el cuerpo para acercarlo. Deslicé dos dedos en su interior y le tiré de la cadera con la otra mano para animarla a que encontrara su ritmo junto conmigo. Ella empezó a mover las caderas, lentamente al principio, apretándose contra mí, y después más rápido. Pude sentir cómo se tensaba: las piernas, el abdomen y las manos en mi pelo.

—Estoy muy cerca —jadeó y sus movimientos se volvieron titubeantes,irregulares y un poco salvajes y, joder, yo no me sentía nada salvaje en ese momento.


Quería morderla y chuparla, enterrar mis dedos en su interior y volverla loca. Me preocupé por si me estaba volviendo demasiado brusco, pero su respiración pasó a unos leves jadeos y después a unas súplicas tensas. 


Entonces giré la muñeca y empujé más adentro y ella gritó, sus piernas temblaron y el clímax la embargó.


Frotándole la cadera le bajé lentamente la pierna y me quedé observando sus pies por si acaso intentaba darme una patada de todas formas. Me pasé un dedo por el labio y contemplé cómo ella volvía a la realidad.


Me apartó y se colocó la ropa rápidamente, mirándome arrodillado delante de ella. 

La realidad volvió cuando los diferentes sonidos de gente comiendo al otro lado de la puerta se mezclaron con el sonido de nuestra respiración trabajosa. 

—No te he perdonado —me dijo, se agachó para coger su bolso, quitó el pestillo de la puerta y salió del baño.


Yo me levanté despacio y vi cómo la puerta se cerraba tras ella mientras intentaba entender lo que acababa de pasar. 


Debería estar furioso. Pero sentí que la comisura de la boca se me elevaba para formar una sonrisa y estuve a punto de echarme a reír por lo absurdo de todo aquello. 

Maldita sea, lo había vuelto a hacer. Me estaba ganando y eso que estábamos jugando a mi propio juego.

CAPITULO 31




—De eso es de lo que quería hablarte. —Se acercó y su olor (a miel y a salvia) me envolvió. De repente me sentí atrapada, como si no hubiera suficiente oxígeno en aquella diminuta habitación. Necesitaba salir de allí inmediatamente. 

¿Qué me había dicho Julia hacía menos de cinco minutos? 


Que no me quedara a solas con él. Buen consejo. Me gustaban mucho estas bragas en concreto y no quería verlas hechas jirones y en su bolsillo.


«Vale, eso no es más que una mentira.» 


—¿Vas a volver a ver a Javier? —me preguntó desde detrás de mí. Tenía la mano en el picaporte. Todo lo que tenía que hacer era girarlo y estaría a salvo. Pero me quedé helada, mirando aquella maldita puerta durante lo que me parecieron varios minutos.


—¿Y eso importa?


—Creía que ya habíamos hablado de eso anoche —dijo y noté su aliento cálido en mi pelo.


—Sí, dijimos muchas cosas anoche. —Sus dedos subieron por mi brazo y deslizaron el fino tirante de la camiseta por mi hombro.


—No quería decir que fue un error —susurró contra mi piel—. Me entró el pánico. 

—Eso no significa que no sea verdad. —Mi cuerpo se apoyó instintivamente contra él y ladeé un poco la cabeza para permitirle un mejor acceso—. Y ambos lo sabemos. 

—De todas formas no debería haberlo dicho. —Me colocó la coleta por encima del hombro y sus suaves labios bajaron por mi espalda—. Vuélvete. 

Una palabra. ¿Cómo era posible que esa simple palabra me hiciera cuestionármelo todo? Una cosa era que me apretara contra una pared o me agarrara por la fuerza, pero ahora lo estaba dejando todo a mi elección. Me mordí el labio con fuerza e intenté obligarme a girar el picaporte. De hecho la mano me tembló antes de caer derrotada contra mi costado.

Me volví y levanté la vista para mirarlo a los ojos. 

Él apoyó la mano en mi mejilla, rozándome el labio inferior con el pulgar.


Nuestras miradas se unieron y justo cuando pensaba que no podría esperar un segundo más, él me acercó a su cuerpo y apretó su boca contra la mía.


En cuanto nos besamos, mi cuerpo dejó de resistirse y de repente parecía que no podía estar lo bastante cerca. El bolso cayó sobre el suelo de baldosas a mis pies y enterré las manos en su pelo, tirando de él hacia mí. Él me apoyó contra la pared y me pasó las manos por el cuerpo, levantándome un poco. Me las metió dentro de los pantalones de yoga y las dejó sobre mi trasero.


—Joder, pero ¿qué llevas? —Se quejó contra mi cuello, con las palmas pasando una y otra vez sobre el satén rosa. Me levantó del todo, yo le rodeé la cintura con las piernas y él me apretó más contra la pared. Gimió y me cogió el lóbulo de la oreja entre los dientes. 

Me bajó un lado de la camiseta y se metió uno de mis pezones en la boca. Yo dejé caer la cabeza, que golpeó contra la pared, cuando sentí el roce de su cara sin afeitar contra mi pecho. Un sonido estridente se oyó, sacándome de mi ensimismamiento. 

Oí que él soltaba un juramento. Era mi teléfono. Me bajó y se apartó. En su cara ya había aparecido su habitual ceño fruncido.


Me arreglé la ropa rápidamente, cogí mi bolso e hice una mueca cuando vi la foto que aparecía en la pantalla.


—Julia —respondí sin aliento.


—Paula, ¿estás en el baño follándote a ese hombre macizo? 

—Ahora mismo vuelvo, ¿vale? —colgué y metí el teléfono en el bolso. Lo miré y sentí que mi lado racional volvía tras la breve interrupción—. Tengo que irme. 

—Mira, yo... —Le cortó mi teléfono que volvió a sonar.


Contesté sin molestarme en mirar la pantalla.


—¡Dios, Julia! ¡No estoy aquí follándome a ningún macizo!


—¿Paula? —la voz confundida de Javier fue la que me llegó a través del teléfono. 

—Oh... hola. —«Mierda.» No podía estar pasándome esto a mí.


—Me alegro de oír que no te... estás follando... a ¿un macizo? —dijo Javier riéndose tenso. 

—¿Quién es? —preguntó Pedro con un gruñido. 

Le puse la mano sobre los labios y le dediqué la mirada más sucia que pude. 

—Oye, no puedo hablar ahora mismo.

—Sí, siento molestarte un domingo, pero es que no podía dejar de pensar en ti. No quiero crearte ningún problema ni nada, pero justo después de que te fueras comprobé mi correo y tenía una confirmación de que habían entregado tus flores.

—¿Ah, sí? —pregunté con fingido interés. Tenía los ojos fijos en los de Pedro. 

—Sí, y parece que quien firmó la entrega fue Pedro Alfonso.

sábado, 7 de junio de 2014

CAPITULO 30




Me volví para ver cómo un camarero llevaba hasta su mesa al señor Alfonso con una rubia alta con las piernas muy largas. La mano de él estaba apoyada en la parte baja de la espalda de la chica. Sentí en el pecho una terrible punzada de celos.


—Pero qué cabrón —exclamé entre dientes—. Después de lo que hizo anoche...
Tiene que estar de broma. 


Justo cuando estaba a punto de responderme, el teléfono de Julia sonó y ella lo buscó en su bolso. El saludo de «¡Hola, cariño!» me comunicó que era su prometido y que esa llamada le iba a llevar un rato.


Volví a mirar al señor Alfonso, hablando y riéndose con la rubia. No podía apartar los ojos de ellos. Él estaba todavía más atractivo en ese ambiente relajado: sonreía y le bailaban los ojos cuando se reía. «¡Gilipollas!» Como si hubiera podido oír mis pensamientos, él levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Apreté la mandíbula y aparté la vista, tirando la servilleta sobre la mesa. Tenía que salir de allí.


—Ahora vuelvo, Julia.


Ella asintió y me despidió con la mano distraídamente, sin dejar su conversación.


Me levanté y pasé junto a su mesa asegurándome de evitar su mirada. Acababa de doblar la esquina y ya veía la seguridad del baño de señoras cuando sentí una mano fuerte en mi antebrazo. 

—Espera. 

Esa voz provocó un relámpago en mi interior.


«Muy bien, Paula, puedes hacerlo. Simplemente vuélvete, míralo y dile que se vaya a la mierda. Es un cabrón que dijo anoche que tú eras un error y hoy aparece con una rubia delante de tus narices.» 

Cuadré los hombros y me giré para mirarlo. «Mierda.» De cerca estaba aún más guapo. Nunca le había visto de otra forma que no fuera perfectamente arreglado, pero obviamente no se había afeitado aquella mañana y yo sentí la necesidad desesperada de notar cómo su barba me raspaba las mejillas. 

O los muslos. 

—¿Qué coño quieres? —le escupí, arrancando el brazo de su mano. Sin la ventaja que me daban los tacones, él era mucho más alto que yo. Tenía que levantar la vista para mirarlo a la cara, pero pude ver unas leves ojeras bajo sus ojos. Parecía cansado. Bueno, le estaba bien empleado. Si pasaba las noches tan mal como yo, eso me alegraba.


Se pasó las manos por el pelo y miró a nuestro alrededor incómodo. 

—Quería hablar contigo. Para explicarte lo de anoche. 

—¿Y qué hay que explicar? —pregunté señalando con la cabeza hacia el comedor y la rubia que todavía estaba sentada en su mesa. Sentí una presión aguda en el pecho—. «Un cambio de ambiente.» Ya veo. Me alegro de haberte encontrado aquí así... Me recuerda por qué esto que hay entre nosotros es una mala idea. No quiero estar follándome indirectamente a todas las demás mujeres.


—Pero ¿de qué demonios estás hablando? —me preguntó mirándome—. ¿Hablas de Emilia?


—¿Así se llama? Bueno, pues que usted y Emilia tengan una comida muy agradable, señor Alfonso—Me di la vuelta para irme pero me detuvo de nuevo agarrándome el brazo—. Suéltame. 

—¿Y por qué te importa?


Nuestra discusión había empezado a atraer la atención del personal que pasaba de camino a la cocina. Después de echar un vistazo alrededor, él me metió en el baño de señoras y cerró la puerta con el pestillo. 

«Fantástico, otro baño.» 

Le aparté de un empujón cuando se acercó. 

—Pero ¿qué crees que estás haciendo? ¿Y qué quieres decir con que por qué me importa? «Follaste» conmigo anoche, diciéndome que no podía querer salir con Javier  y ahora estás aquí con otra. No sé por qué he permitido que se me olvidara que eres un mujeriego. Tu comportamiento es justo el que cabía esperar... Con quien estoy enfadada es conmigo. —Estaba tan furiosa que prácticamente me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos.


—¿Es que crees que estoy aquí con una «cita»? —Soltó el aire lentamente y negó con la cabeza—. Esto es increíble, joder. Emilia es una amiga. Dirige una organización sin ánimo de lucro que Alfonso Media apoya. Eso es todo. Tenía que haber quedado con ella el lunes para firmar unos papeles pero ha tenido un cambio de última hora en un vuelo y se va del país esta tarde. No he estado con nadie desde el... —Hizo una pausa para pensar mejor sus palabras—. Desde que nosotros... ya sabes... —Terminó haciendo un movimiento impreciso señalándonos a ambos. 

«¿Qué?»


Nos quedamos allí de pie, mirándonos el uno al otro mientras intentaba dejar que me calaran aquellas palabras. No se había acostado con nadie más. Pero ¿eso era posible? Sabía con seguridad que era un donjuán. Yo personalmente había visto la colección siempre creciente de mujeres florero que llevaba a los eventos corporativos, eso sin mencionar las historias sobre él que iban de boca en boca por todo el edificio. E incluso si lo que estaba diciendo era cierto, eso no cambiaba el hecho de que seguía siendo mi jefe y que todo aquello estaba muy mal.


—¿Todas esas mujeres que se lanzan a tus brazos y no te has tirado a ninguna? Oh, estoy conmovida. —Me volví hacia la puerta. 

—No es tan difícil de creer —gruñó y pude sentir su mirada atravesándome la espalda.


—¿Sabes qué? No importa. Todo ha sido un error, ¿no?

CAPITULO 29




A la mañana siguiente, en yoga, consideré la posibilidad de abrirle mi corazón a Julia. Antes estaba bastante segura de que podía manejar las cosas yo sola, pero después de pasar una noche entera mirando al techo y volviéndome loca, me di cuenta de que necesitaba desfogarme con alguien.


Estaba Sara, y ella mejor que nadie podría entender lo desquiciante que podía ser mi jefe macizo. Pero también trabajaba para Federico y no quería ponerla en una posición incómoda, pidiéndole que guardara un secreto tan grande como aquel. Sabía que Nina no tendría ningún problema en hablar conmigo si se lo pedía, pero había algo en el hecho de que ella fuera parte de la familia, y además sabiendo lo que podía haber oído, que me hacía sentir bastante incómoda. 


Había veces que realmente deseaba que mi madre siguiera viva. Solo pensar en ella me produjo un profundo dolor en el pecho y se me llenaron los ojos de lágrimas.


Mudarme allí para pasar los últimos años de su vida con ella había sido la mejor decisión que había tomado en mi vida. Y aunque vivir tan lejos de mi padre y mis amigos había sido duro a veces, sabía que todo ocurre por una razón. Solo deseaba que esa razón se diera prisa y se manifestara de una vez.


¿Podría decírselo a Julia? Tenía que admitir que estaba aterrada por lo que podía pensar de mí. Pero más que eso, estaba aterrada por decírselo en voz alta a alguien.


—Vale, no dejas de mirarme —me dijo—. O tienes algo en mente o te estoy avergonzando porque estoy sudada y horrible. 

Intenté no decirle nada, intenté no darle importancia y dejar que pensara que estaba diciendo tonterías. Pero no pude. 


El peso y la presión de las últimas semanas me estaban aplastando y antes de que pudiera controlarlo, mi barbilla empezó a temblar y empecé a berrear como un bebé.


—Eso era lo que me parecía. Vamos, Paula—Me ofreció la mano, me ayudó a levantarme y, recogiendo todas nuestras cosas, me llevó hacia la puerta. 

Veinte minutos, dos mimosas y una crisis nerviosa después, estaba mirando la expresión de espanto de Julia en nuestro restaurante favorito. Se lo conté todo: lo de romperme las bragas, que me gustaba que me rompiera las bragas, los diferentes sitios, los «te odio» de la mitad de las sesiones, que Nina nos había pillado, mi culpa por sentir que estaba traicionando a Horacio y a Ana, lo de Javier, las declaraciones trogloditas del señor Alfonso y, por fin, mi miedo a estar en la relación más insana de la historia del mundo y, sin ningún poder en absoluto.


Cuando levanté la vista para mirarla, hice una mueca de dolor; ella tenía una cara como si acabara de ver un accidente de coche.


—Vale, vamos a ver si lo he entendido bien.


Asentí mientras esperaba que continuara.


—Te estás acostando con tu jefe.


Me encogí un poco.


—Bueno, técnicamente no...


Ella levantó la mano para que no terminara la frase.


—Sí, sí. Eso lo he entendido. ¿Y ese es el mismo jefe al que te refieres cariñosamente como «el atractivo cabrón»?


Suspiré profundamente y asentí de nuevo.


—Pero lo odias.


—Correcto —murmuré apartando la mirada—. Odio. Eso es lo que siento: mucho odio.


—No quieres estar con él, pero no puedes mantenerte alejada.


—Dios, suena mucho peor oírselo decir a otra persona —gruñí y escondí la cara entre las manos—. Suena ridículo.

—Pero los momentos sexis... Son buenos —dijo con un toque de humor en la voz.


«Buenos» no es suficiente para describirlos, Julia. Ni fenomenales, intensos, alucinantes y asombrosos como de multiorgasmo es suficiente para describirlos.


—¿«Asombrosos como de multiorgasmo» existe?


Me froté la cara con las manos y volví a suspirar.


—Cállate.


—Bueno —respondió pensativa y carraspeó—. Supongo que lo de la polla pequeña no era un problema después de todo... 

Dejé que mi cabeza cayera sobre mis brazos que estaban encima de la mesa.


—No. No, sin duda eso no es un problema. —Levanté la vista un poco al oír el sonido de risas ahogadas—. ¡Julia! ¡Esto no tiene ninguna gracia!


—Perdona que discrepe. Hasta tú tienes que ver la gran locura que es esto. De todas las personas que he conocido, eres la última que yo habría imaginado que podía acabar en esta situación. Siempre has sido tan seria, con todos y cada uno de los pasos de tu vida planificados. Vamos, has tenido muy pocos novios de verdad y has estado con ellos lo que todo el mundo consideraba una cantidad absurda de tiempo antes de acostaros. Este hombre tiene que ser algo de otro mundo. 

—Sé que no hay nada malo en tener una relación puramente sexual con alguien...
puedo con eso. Sé que a veces puedo ser demasiado controladora, pero lo peor es el hecho que siento que no tengo control sobre mí misma cuando estoy con él. Es que ni siquiera me gusta y aun así... sigo cayendo.


Julia le dio un sorbo a su mimosa y prácticamente pude ver los engranajes de su  cerebro trabajando mientras reflexionaba sobre lo que le acababa de decir.


—¿Qué es lo que te importa?


Levanté la vista para mirar a Julia, comprendiendo por dónde iba. 

—Mi trabajo. Mi vida después de esto. Mi valor como empleada. Saber que mi contribución marca la diferencia.

—¿Puedes sentirte bien en todos esos aspectos y follártelo a la vez?


Me encogí de hombros, incapaz de desenmarañar mis pensamientos sobre ese tema.


—No lo sé. Si yo sintiera que son cosas independientes, tal vez. Pero nuestras únicas interacciones se producen en el trabajo. No hay ningún momento en que esto no vaya tanto de trabajo como de sexo.


—Entonces tienes que encontrar una forma de dejar de hacerlo. Necesitas mantener la distancia.


—No es tan fácil —respondí, negando con la cabeza y empecé a divagar—Trabajo para él. No puedo evitar fácilmente todos los momentos a solas con él. He jurado varias veces que no volveríamos a tener sexo y he vuelto a tenerlo a las pocas horas; es ridículo. Y además, tenemos que ir a un congreso dentro de dos semanas. El mismo hotel, muy cerca todo el tiempo. ¡Y con camas!


—Paula, pero ¿qué te ocurre? —me preguntó Julia con un tono asombrado—. ¿Es que quieres que esto continúe?


—¡No! ¡Claro que no!


Ella me miró escéptica.


—Lo que pasa... es que soy diferente con él. Es como si quisiera cosas que nunca había querido antes y tal vez debería permitirme querer esas cosas. Solo desearía que fuera otra persona la que me hiciera desearlas, alguien agradable, como Javier por ejemplo. Mi jefe no tiene nada de agradable.


—¿Tu jefe te hace querer qué? ¿Qué te den azotes y esas cosas? —inquirió Julia con una risita, pero cuando yo aparté la vista oí que soltaba una exclamación ahogada—. Oh, Dios mío, ¿te ha dado azotes?


La miré con los ojos como platos. 

—Julia, ¿no puedes decirlo más alto? Creo que el tío del fondo no te ha oído. — En cuanto me aseguré de que nadie nos estaba mirando, me aparté unos mechones sueltos de la frente y respondí—. Mira, ya sé que tengo que parar esto, pero yo...


Me detuve porque sentí que se me ponía toda la piel de gallina. Se me quedó el aliento atravesado en la garganta y me volví lentamente para mirar hacia la puerta.


Era él, desaliñado y vestido con una camiseta negra y vaqueros, zapatillas de deporte y el pelo más despeinado que de costumbre. Me di la vuelta para mirar a Julia mientras sentía que toda la sangre había abandonado mi cara.


—Paula, ¿qué ocurre? Parece que hubieras visto un fantasma —dijo Julia extendiendo la mano por encima de la mesa para tocarme el brazo.


Tragué con dificultad en un intento por recuperar mi voz, y después la miré. 

—¿Ves a ese hombre que hay junto a la puerta? ¿El alto y guapo? —Ella levantó un poco la cabeza para mirar y yo le di una patada por debajo de la mesa—. ¡No seas tan descarada! Es mi jefe.


Julia abrió mucho los ojos y se quedó con la boca abierta.

—¡Madre mía! —exclamó y negó con la cabeza mientras le miraba de arriba abajo—. No lo decías en broma, Paula. Es un cabrón realmente atractivo. No sería yo la que lo echara de mi cama. O mi coche. O el probador. O el ascensor o...

—¡Julia! ¡No me estás ayudando!


—¿Quién es la rubia? —preguntó señalándola.