miércoles, 4 de junio de 2014

CAPITULO 24



Todavía recuerdo el momento en que la vi por primera vez. 

Mis padres vinieron a visitarme por Navidad cuando todavía vivía en el extranjero y uno de mis regalos fue un marco de fotos digital. Mientras miraba las fotos con mi madre, paré la presentación en una de mis padres de pie junto a una chica muy guapa de pelo castaño.


—¿Quién es la que está contigo y con papá? —le pregunté.

Mamá me dijo que se llamaba Paula Chaves y que trabajaba de asistente para mi padre y empezó a contarme todo tipo de maravillas. No tendría más de veinte años en la foto, pero su belleza natural era deslumbrante. 


A lo largo de los años su cara aparecía de vez en cuando en las fotos que me enviaba mi madre: recepciones de la empresa, fiestas de Navidad e incluso fiestas en la casa. Su nombre también salía ocasionalmente cuando me contaba historias de los contratiempos habituales del trabajo y la familia.


Así que cuando se tomó la decisión de que volvería a casa y me ocuparía de la dirección de operaciones, mi padre me explicó que Paula acababa de terminar su licenciatura en empresariales en la Universidad Northwestern, que había obtenido una beca para un máster que requería experiencia en el mundo real y que mi trabajo era la posición perfecta para ser su tutor durante un año. Mi familia la quería y confiaba en ella, y el hecho de que ni mi padre ni mi hermano tuvieran ninguna reserva sobre su capacidad para desempeñar el puesto a mí me lo decía todo. Accedí inmediatamente. Estaba un poco preocupado porque mi opinión sobre su apariencia interfiriera con mi capacidad para ser su jefe, pero me tranquilicé rápidamente diciéndome que el mundo estaba lleno de mujeres preciosas y que me resultaría fácil separar ambos aspectos.


Oh, qué estúpido fui. 

Y ahora podía ver perfectamente todos los errores que había cometido durante los últimos meses, cómo, incluso desde aquel primer día, todo me había llevado al punto en el que me encontraba entonces. 

Para complicar aún más las cosas, últimamente parecía que no podía llegar a nada con nadie sin pensar en ella. Solo pensar lo que había pasado la última vez me provocaba una mueca de dolor. 

Había sido unos días antes del «incidente de la ventana», como yo lo llamaba. Yo tenía que asistir a una gala de una organización benéfica. Al entrar en el despacho me quedé impresionado al ver a la señorita Chaves con un vestido azul increíblemente sexy que no le había visto nunca antes. En cuanto la vi, quise tirarla sobre la mesa y follármela sin parar. 

Toda esa noche, con mi bellísima acompañante rubia a mi lado, estuve distraído. 

Sabía que estaba llegando al final de mi resistencia y que en algún momento todo iba a volar por los aires. No tenía ni idea de lo pronto que iba a ser eso.


Traté de probarme a mí mismo que la señorita Chaves no se me estaba metiendo así en la cabeza, yéndome a casa con la rubia. Entramos a trompicones en su apartamento y nos besamos y nos desnudamos muy rápido, pero todo se enfrió. No es que ella no fuera lo bastante sexy e interesante, pero cuando la tumbé en la cama era castaño el pelo que yo veía esparcido sobre la almohada. Al besarle los pechos lo que quería sentir era unos pechos suaves y abundantes, no aquellos de silicona. 

Incluso mientras me estaba poniendo el condón y acercándome a ella, sabía que era un cuerpo sin cara que estaba utilizando para satisfacer mis propias necesidades egoístas.

Intenté mantener a Paula lejos de mis pensamientos pero fui incapaz de detener esas imágenes prohibidas de cómo sería tenerla debajo de mí. Solo entonces conseguí empalmarme del todo y me puse rápidamente encima de aquella chica,odiándome al instante por ello. Ahora me sentaba peor ese recuerdo que cuando pasó, porque ahora la había dejado meterse en mi cabeza y quedarse allí.


Si podía soportar aquella noche, las cosas iban a ser más fáciles. Aparqué el coche y empecé a repetirme mentalmente: «Puedes hacerlo. Puedes hacerlo». 

—¿Mamá? —llamé mientras miraba en todas las habitaciones. 

—Aquí fuera, Pedro. 

Oí que la respuesta llegaba desde el patio trasero.


Abrí las puertas y me saludó la sonrisa de mi madre que estaba dándole los últimos toques a la mesa que había puesto fuera. 

Me incliné para que pudiera darme un beso.

—¿Por qué vamos a cenar aquí esta noche? 

—Hace una noche preciosa y he pensado que estaríamos todos más cómodos aquí que sentados en un comedor atestado. No creo que le moleste a nadie, ¿tú qué crees?

—No, claro que no —respondí—. Se está muy bien aquí. No te preocupes.


Y realmente se estaba muy bien. El patio estaba cubierto por una enorme pérgola blanca con las vigas envueltas por enredaderas trepadoras muy tupidas. En el medio había una gran mesa rectangular en la que cabían ocho personas, cubierta con un suave mantel color marfil y la porcelana favorita de mi madre. Había velas y flores azules sobresaliendo de pequeños recipientes plateados por toda la mesa y un candelabro de hierro forjado emitía una luz vacilante por encima de nuestras cabezas.


—Sabes que ni yo voy a ser capaz de evitar que Sofia acabe tirando todo esto de la mesa, ¿verdad? —dije metiéndome una uva en la boca.


—Oh, se va a quedar con los padres de Nina esta noche. Y menos mal —continuó—, porque si estuviera aquí acapararía toda la atención. 

«Mierda.» Si estuviera Sofia poniéndome caritas desde el otro lado de la mesa al menos tendría algo con lo que distraerme de la presencia de Javier. 

—Esta noche es para Paula. Me encantaría que ella y Javier conectaran. —Ella siguió yendo de acá para allá por el patio, encendiendo velas y haciendo ajustes de última hora, completamente ajena a mi angustia. 

Estaba jodido. Contemplé un segundo la idea de huir de todo aquello cuando oí a Federico... Puntual por una vez.

—¿Dónde está todo el mundo? —gritó y su voz profunda resonó en la casa vacía.


Le abrí la puerta a mi madre y al entrar encontramos a mi hermano en la cocina. 

—¿Y qué, Pepe? —dijo mientras apoyaba su cuerpo larguirucho contra la encimera —. ¿Ansioso por lo de esta noche?


Esperé hasta que mi madre volvió a salir de la habitación para mirarlo con escepticismo.


—Supongo que sí —respondí intentando parecer muy informal—. Creo que mamá ha hecho barritas de limón. Mis favoritas.


—Pero qué mentiroso eres. Yo estoy deseando ver a Cignoli intentando ligar con Paula delante de todo el mundo. Va a ser una noche entretenida, ¿no crees? 

Justo cuando Federico estaba arrancando un trozo de pan, entró Nina y le apartó las manos.


—¿Es que quieres que tu madre se enfade porque le estropeas la cena que ha planeado? Haz el favor de ser agradable esta noche,Federico. Nada de provocar a Paula ni de bromear con ella. Seguro que está muy nerviosa por todo esto. Dios sabe que ya tiene bastante con soportar a este —dijo señalándome. 

—Pero ¿qué dices? —Ya me estaba cansando de aquel club de fans enfervorecidos de Paula Chaves—. Yo no le hago nunca nada. 

—Pedro—Mi padre estaba de pie en el umbral haciéndome un gesto para que me acercara a él. Salí de la cocina y lo seguí a su estudio—. Por favor compórtate lo mejor que puedas esta noche. Sé que tú y Paula no os lleváis bien, pero está en nuestra casa, no en tu oficina, y espero que aquí la trates con respeto.


Apreté la mandíbula con fuerza y asentí mientras pensaba en todas las formas en que la había faltado al respeto durante las últimas semanas. 

CAPITULO 23



Me pasé la mayor parte del sábado corriendo en el lago, tratando de airearme un poco, de tomar distancia y aclarar mis pensamientos. Pero aun así el viaje de una hora en coche hasta la casa de mis padres me dio mucho tiempo para que volviera la maraña de frustraciones a mi cabeza: la señorita Chaves, cómo la odiaba, cuánto la deseaba, las flores que le había enviado Javier. Me arrellané un poco más en el asiento e intenté que el ruido sordo del motor del coche me serenara. Sin embargo, no funcionó.


Los hechos eran los siguientes: me sentía posesivo con ella. 

No de una forma romántica, sino más bien del tipo: «Darle un golpe en la cabeza, arrastrarla del pelo y follármela», por así decirlo. Como si ella fuera mi juguete y yo no quisiera que ninguno de los demás niños del parque jugaran con él. ¿No era eso muy enfermizo?


Si ella me oyera alguna vez admitir tal cosa, me cortaría los huevos y me los haría comer.


Ahora la cuestión era saber cómo proceder. Obviamente Javier estaba interesado.


¿Cómo no iba a estarlo? Todo lo que le había llegado era información de segunda mano de mi familia, que obviamente la adoraba, y estaba seguro de que le habían enseñado por lo menos una fotografía. Si yo solo supiera eso de ella, también estaría interesado. Pero no había forma de que él llegara a tener una conversación con ella y la encontrara igual de atractiva.


«A menos que solo quiera follársela...» 

El sonido del cuero del volante chirriando bajo mis manos me dejó claro que era mejor que no pensara en eso. 

Él no habría accedido a conocerla en la casa de mis padres si no quisiera de ella más que sexo, ¿verdad? Sopesé esa idea. Tal vez sí que quería conocerla mejor. 

Mierda, incluso yo tenía que admitir que estuve un poco intrigado antes de que llegáramos a hablar. Por supuesto eso no me duró mucho y después ella ha demostrado ser una de las personas más exasperantes que he conocido en la vida. 

Desgraciadamente para mí, el sexo con ella es el mejor que he tenido. 

Joder, mejor que él no llegara tan lejos con ella. No estaba seguro de tener un buen sitio para esconder un cuerpo por allí.

CAPITULO 22





El domingo por la noche, tumbado en la cama, repetí el plan en mi cabeza. Estaba pensando en ella demasiado y de forma diferente. Tenía que ser fuerte y pasar una semana sin tocarla. Era una especie de desintoxicación. Siete días. 


Podría hacerlo. 


Siete días sin tocarla y todo eso se habría acabado. Podría seguir con mi vida. Solo tenía que tomar un par de precauciones.


Primero, no podía permitir verme empujado a discutir con ella. Por alguna razón, para nosotros dos discutir era como una especie de juego preliminar. Segundo: nada de volver a fantasear con ella, nunca. Eso significaba nada de volver a revivir encuentros sexuales, nada de imaginar otros nuevos y nada de visualizarla desnuda o con cualquiera de las partes de mi cuerpo en contacto con las suyas.


Y durante la mayor parte del tiempo las cosas parecieron ir conforme al plan. 


Estaba en un estado constante de quietud y la semana me pareció que duraba una eternidad, pero aparte de un montón de fantasías obscenas, pude mantener el control.

Hice todo lo que pude para ocupar mi tiempo fuera de la oficina, pero durante los ratos que estábamos obligados a estar juntos, yo mantenía una distancia constante y la mayor parte del tiempo nos tratamos el uno al otro con la misma aversión educada que habíamos practicado antes.


Pero juro que ella no dejaba de intentar romper mi determinación. Cada día parecía que la señorita Chaves estaba más atractiva que el anterior. Todos los días había algo de su ropa o de lo que hacía que llevaba mi mente a terreno prohibido.


Hice el trato conmigo mismo de que no habría más «sesiones» a la hora de comer. 

Tenía que parar aquello e imaginármela mientras me masturbaba (mierda,imaginármela masturbándose) no me iba a ayudar. 

El lunes se dejó el pelo suelto. Y todo en lo que podía pensar mientras estaba sentada al otro lado de la mesa durante una reunión era en enredar mis manos en su pelo mientras ella me la chupaba. 

El martes llevaba una falda hasta la rodilla que le marcaba las curvas y esas medias con la costura detrás. Parecía una pin up caracterizada de secretaria sexy. 

El miércoles se puso un traje. Eso resultó inesperadamente peor, porque no pude apartar mi mente de cómo sería bajarle esos pantalones por sus largas piernas. 

El jueves llevaba una blusa sencilla con el cuello de pico pero las dos veces que se agachó para recogerme el boli le eché un buen vistazo a lo que tenía debajo. Y solo una de las veces fue a propósito. 

Para cuando llegó el viernes creí que iba a explotar. No me había masturbado ni una vez en toda la semana e iba por ahí con el peor caso de dolor de huevos conocido por el hombre. 

Cuando entré en la oficina el viernes por la mañana recé para que hubiera llamado para decir que estaba enferma.


Pero de alguna forma sabía que no iba a tener esa suerte. 


Estaba cachondo y de un humor especialmente malo y cuando abrí la puerta del despacho estuve a punto de tener un ataque al corazón. Estaba agachada regando una planta, con un vestido de punto color carbón y botas hasta la rodilla. Todas las curvas de su cuerpo estaban allí delante de mí. Alguien ahí arriba tenía que odiarme mucho.


—Buenos días, señor Alfonso —me dijo dulcemente cuando pasé a su lado, lo que hizo que me detuviera. Algo estaba ocurriendo. Nunca me decía nada con dulzura. 

La miré suspicaz.


—Buenos días, señorita Chaves. Parece estar de un humor excelente esta mañana. ¿Es que ha muerto alguien?


La comisura de su boca se elevó con una sonrisa diabólica.

—Oh, no. Solo estoy contenta por la cena de mañana y por conocer a su amigo Javier. Federico me lo ha contado todo de él. Creo que tenemos mucho en común. 

«Hijo de puta.» 

—Oh, claro. La cena. Se me había olvidado por completo. Sí, usted y Javier...
Bueno, como es un niño de mamá y un cabrón autoritario, los dos seguramente encontrarán una conexión amorosa muy sólida. Me vendría bien una taza de café si va a ir a por una para usted. —Me giré y me encaminé a mi despacho. 

Se me ocurrió que tal vez no sería bueno para mí permitir que me hiciera café. 

Cualquier día me iba a echar algo en él. Arsénico o algo así. 
Antes de que me diera tiempo a sentarme, ella llamó a mi puerta. 

—Adelante.

Puso el café frente a mí con la fuerza suficiente para que se saliera un poco y cayera sobre lo que ella sabía perfectamente que era una mesa hecha a medida de quince mil dólares, y se volvió para mirarme. 

—¿Vamos a hacer la reunión habitual sobre su agenda esta mañana? —Estaba de pie cerca de mi mesa en un lugar bañado por la luz del sol. Unas sombras se proyectaban sobre su vestido, acentuando la curva de sus pechos. Joder, quería meterme uno de sus pezones tensos en la boca. ¿Hacía frío en mi oficina? ¿Cómo podía tener frío ella si yo estaba sudando a mares? 

Tenía que salir de allí. 

—No. Se me había olvidado que tengo una reunión en el centro esta tarde. Así que me voy dentro de diez minutos y estaré todo el día fuera. Mándeme un email con todos los detalles —le respondí apresuradamente encaminándome a la seguridad y la cobertura de mi mesa.


—No sabía que tenía ninguna reunión fuera de la oficina hoy —dijo escéptica. 

—No, no tiene por qué saberlo —le dije—. Es personal.

Cuando no respondió me atreví a mirarla y vi una expresión extraña en su cara.


¿Qué significaba esa cara? Obviamente se la veía enfadada, pero había algo más. 

Estaba... ¿estaba celosa? 

—Oh —respondió mordiéndose el labio inferior—. ¿Es con alguien que yo conozca? —Ella nunca hacía preguntas sobre adónde iba—. Es por si su padre o su hermano le necesitan para algo. 

—Bueno... —Hice una pausa para torturarla un poco más—. En estos tiempos, si alguien necesita localizarme para algo puede llamarme al móvil. ¿Algo más,señorita Chaves? 

Ella dudó un momento antes de levantar la barbilla y cuadrar los hombros. 

—Como no va a estar aquí, estaba pensando que me gustaría empezar mi fin de semana un poco más pronto. Quiero hacer unas compras para mañana por la noche. 

—No hay problema. La veré mañana. 

Nuestras miradas se encontraron por encima de la mesa y la electricidad que había en el aire se hizo tan palpable que pude sentir que se me aceleraba el corazón.


—Espero que su «reunión» sea de lo más agradable —me dijo con los dientes apretados mientras salía y cerraba la puerta tras ella. 

Sentí alivio cuando la oí marcharse quince minutos después. 


Decidí que ya estaba seguro y podía irme, recogí mis cosas y me encaminé hacia la puerta. Me detuvo un hombre que llevaba un enorme ramo de flores. 

—¿Puedo ayudarlo en algo? —le pregunté. 

Él levantó la vista de su portapapeles y miró a su alrededor antes de responder.


—Tengo una entrega para la señorita Paula Chaves.

«Pero ¿qué...? ¿Quién demonios le mandaba flores? ¿Es que estaba saliendo con alguien mientras nosotros...?» Ni siquiera pude terminar ese pensamiento.


—La señorita Chaves ha salido a comer. Volverá dentro de una hora —mentí. Tenía que echarle un vistazo a la tarjeta—. Yo se lo firmaré y me aseguraré de que las reciba. —Él puso las flores sobre la mesa.


Firmé rápidamente, le di una propina y me despedí cuando se fue. Durante tres largos minutos me quedé allí de pie, mirando las flores, deseando poder dejar de ser tan idiota y no mirar la tarjeta.

Rosas. Ella odiaba las rosas. Solté una risita porque quien quiera que le hubiera mandado eso no la conocía en absoluto. Hasta yo sabía que no le gustaban las rosas. 

La había oído decírselo a Sara un día, cuando hablaba de que una de sus citas le había mandado un ramo. Se las había regalado a alguien porque no le gustaba su olor tan fuerte. Finalmente mi curiosidad pudo conmigo y arranqué la tarjeta del ramo.

 
Estoy deseando que llegue la cena.
JAVIER CIGNOLI


Esa extraña sensación empezó a expandirse lentamente por mi pecho de nuevo mientras arrugaba la tarjeta en mi puño cerrado.


Recogí las flores de la mesa, salí por la puerta, cerré con llave y caminé por el pasillo hasta el ascensor.

Justo cuando se abrieron las puertas, pasé junto a una papelera y, sin pensármelo dos veces, tiré el jarrón con todo su contenido dentro. 

No sabía qué demonios me estaba pasando. Pero sí sabía que de ninguna de las manera ella acabaría saliendo con Javier Cignoli.

CAPITULO 21



El ardor de mi pecho era casi suficiente para distraerme del lío que tenía en la cabeza. Pero solo «casi»


Aumenté la inclinación de la cinta de correr y me obligué a exigirme más. Los pies golpeando, los músculos ardiendo... eso siempre funcionaba. Así es como yo vivía mi vida. No había nada que no pudiera lograr si me exigía lo suficiente: los estudios, la carrera, la familia, las mujeres. 


Mierda: mujeres. 


Agobiado sacudí la cabeza y subí el volumen de mi iPod, esperando que eso pudiera distraerme lo suficiente para conseguir un poco de paz.


Debería haber sabido que no iba a funcionar. No importaba cuánto lo intentara, ella siempre estaba allí. Cerraba los ojos y todo volvía: tumbado sobre ella, sintiéndola envolviéndome, sudoroso, excitado, queriendo parar pero incapaz de hacerlo. Estar dentro de ella era la tortura más perfecta. Saciaba el hambre que sentía en ese momento, pero como un yonqui, me encontraba consumido por la necesidad de más droga en cuanto dejaba de tenerla. Era aterrador, pero cuando estaba con ella era capaz de hacer cualquier cosa que me pidiera. Y esa sensación estaba empezando a penetrar en momentos como ese también, en los que ni siquiera estaba a su lado pero seguía queriendo ser lo que ella necesitaba. Ridículo.


Alguien me quitó uno de los auriculares de un tirón y yo me volví hacia la fuente de la distracción.

—¿Qué? —pregunté mirando a mi hermano. 

—Si sigues subiendo eso, vamos a tener que despegarte del suelo en cualquier momento, Pepe —me respondió—. ¿Qué ha hecho ella estaba vez para fastidiarte tanto?


—¿Quién?


Él puso los ojos en blanco.


—Paula. 

Sentí que se me tensaba el estómago al oír su nombre y volví a centrar mi atención en la cinta de correr. 

—¿Y qué te hace pensar que esto tiene algo que ver con ella? 

Él rió sacudiendo la cabeza. 

—No conozco a ninguna otra persona que produzca esta reacción en ti. Y sabes por qué es, ¿verdad? 

Él había apagado su máquina y ahora tenía toda su atención centrada en mí.


Mentiría si dijera que no me estaba poniendo un poco nervioso. Mi hermano era perceptivo, demasiado, a veces. Y si había algo que yo quería ocultarle era precisamente eso.

Mantuve la mirada fija adelante mientras seguía corriendo, intentando no cruzar la mirada con él.


—Ilumíname.


—Porque vosotros dos os parecéis bastante —dijo con aire de suficiencia.


—¿Qué? —Varias personas se volvieron para ver por qué estaba gritando en medio de un gimnasio lleno de gente. 


Dejé caer la mano sobre el botón de parada y lo miré—. Pero ¿cómo se te ha podido ocurrir eso? No nos parecemos en nada. —Estaba sudado, sin aliento y acelerado después de haber corrido más de quince kilómetros. Aunque justo en ese momento la subida de mi presión arterial no tenía nada que ver el ejercicio físico.


Le di un largo trago a la botella de agua mientras Federico no dejaba de sonreír burlón.


—¿Con quién crees que estás hablando? No he conocido a dos personas más parecidas en mi vida. Primero... —Hizo una pausa, carraspeó y levantó la mano para ir enumerando las cosas con los dedos—. Ambos sois inteligentes, determinados, trabajáis mucho y sois leales. Y... —continuó señalándome— ella es una bomba. De hecho es la primera mujer en toda tu vida que puede plantarte cara y que no te sigue a todas partes como un perrito perdido. Y odias profundamente cuánto necesitas eso. 

¿Es que todo el mundo había perdido la cabeza? Claro que ella era alguna de esas cosas; ni siquiera yo podía negar que era increíblemente inteligente. Y trabajaba mucho y muy duro; a veces me sorprendía lo bien que se mantenía al día con todo. Y sin duda tenía determinación, aunque yo describiría esa cualidad algo más próxima a los adjetivos de cabezota y terca. Y no se podía poner en tela de juicio su lealtad. 

Podría haberme traicionado cien veces desde que empezamos con aquel juego enfermizo.


Me quedé de pie mirándolo mientras intentaba formular una respuesta. 

—Bueno, sí, y también es una bruja de tomo y lomo. 

«Muy bien, Pedro. Muy elaborada esa respuesta.» 

Bajé de la máquina, la limpié y crucé el gimnasio intentando escapar.


Él se echó a reír encantado, detrás de mí.

—¿Ves? Sabía que te estaba afectando. 

—Que te den, Federico.


Me dispuse a hacer unos abdominales pero él apareció por encima de mí,sonriendo como el gato que se comió al canario. 

—Bueno, yo ya he acabado aquí —dijo frotándose las manos. Parecía cada vez más satisfecho consigo mismo—. Supongo que me voy a casa.


—Bien. Vete. 

Riéndose se dio la vuelta.


—Oh, pero antes de que se me olvide, Nina me ha pedido que me entere de si has conseguido convencer a Paula para que venga a cenar.


Asentí, incorporándome para atarme mejor los cordones.
—Dijo que iría.


—¿Soy yo el único que cree que es gracioso que mamá esté intentando emparejarla con Javier Cignoli?

Ahí estaba esa sensación en el pecho otra vez. Federico y yo habíamos crecido con Javier y era un tío bastante decente, pero algo en la idea de ellos dos juntos me hacía sentir ganas de darle un puñetazo a algo. 

—Bueno, Javier es genial —continuó—. Aunque Paula es un poco demasiado para él, ¿no crees? —Noté que se quedaba mirándome más de la cuenta—. Pero, oye, que lo intente si cree que tiene alguna oportunidad.


Me tumbé y empecé a hacer abdominales un poco más rápido de lo necesario. 

—Hasta luego, Pepe. 

—Sí, hasta luego —murmuré.

martes, 3 de junio de 2014

CAPITULO 20



La decisión estaba tomada y una vez más enrollé su corbata alrededor de mi mano y le empujé hacia el asiento de atrás.


Cuando la puerta se cerró tras él, no perdió el tiempo; se lanzó hacia el cierre de la parte delantera de mi vestido. 


Gemí al sentir que separaba la tela y me pasaba las manos por la piel desnuda. Me empujó hacia atrás para que me tumbara sobre la fresca piel y, poniéndose de rodillas entre mis piernas, me colocó la palma entre los pechos y la fue bajando lentamente por mi abdomen hasta el liguero de encaje. Sus dedos siguieron las delicadas cintas hasta el borde de mis medias y volvieron a subir para entretenerse en seguir todo el contorno de mis bragas. Los músculos de mi abdomen se tensaban con cada uno de sus movimientos y yo intentaba desesperadamente controlar mi respiración.


Rozando con la punta de los dedos los lacitos blancos, levantó la vista y me dijo:
—La suerte no tiene nada que ver con esto.


Tiré de él, agarrándole por la camisa, y le metí la lengua en la boca, gimiendo cuando su palma se apretó contra mí. 


Nuestros labios se pusieron a buscar; nuestros besos se hicieron más largos y más profundos, ganando en urgencia con cada centímetro de piel que se iba descubriendo. Le saqué la camisa de los pantalones y exploré la piel lisa de sus costillas, la clara definición de los músculos de su cadera y la suave línea de vello que salía de su ombligo y me animaba a ir más abajo. 

Como quería provocarlo de la forma que me estaba provocando él a mí, seguí su cinturón con mis dedos hasta la silueta dura que tenía debajo de los pantalones. 

Él gimió dentro de mi boca. 

—No sabes lo que me estás haciendo. 

—Dímelo —le susurré. Estaba utilizando sus mismas palabras contra él y saber  que se acababan de cambiar las tornas por el momento me excitaba—. Dímelo y te daré lo que quieres.


Él gimió y se mordió el labio, con la frente apoyada contra la mía, para después estremecerse.


—Quiero que me folles tú a mí.


Le temblaban las manos mientras me cogía las bragas nuevas y cerraba el puño y,aunque fuera una locura, estaba deseando que me las rompiera. La pura pasión entre nosotros era diferente a cualquier cosa que hubiera experimentado; no quería que se reprimiera. Sin una palabra me las arrancó y el dolor de la tela al dejar mi piel se sumó al placer. 

Empujé hacia delante con la pierna para echarlo hacia atrás y apartarlo de mí. Me senté, lo tiré sobre el asiento trasero y me puse a horcajadas en su regazo. Le abrí la camisa de un tirón, lo que envió botones despedidos por todo el asiento.

Yo ya estaba perdida para todo el mundo excepto para él y para aquello: la sensación del aire contra mi piel, los sonidos irregulares de nuestras respiraciones, el calor de su beso y la idea de lo que estaba por venir. Frenéticamente le solté el cinturón y los pantalones y con su ayuda conseguí bajárselo por las piernas. La punta de su miembro me rozó y yo cerré los ojos y bajé lentamente sobre él, deslizándolo poco a poco en mi interior.

—Oh, Dios —gemí, la sensación de él dentro de mí solo hizo que el efecto agridulce se intensificara.

Levanté las caderas y empecé a cabalgar sobre él, sintiendo cada movimiento más intenso que el anterior. El dolor que me estaban produciendo sus dedos ásperos en las caderas avivaba mi lujuria. Tenía los ojos cerrados y amortiguaba sus gemidos enterrando la cabeza en mi pecho. Movió los labios por encima de mi sujetador de encaje y me bajó una de las copas para cogerme el pezón endurecido entre los dientes. 


Le agarré el pelo con fuerza, lo que le provocó un gemido y su boca se abrió alrededor de mi piel.


—Muérdeme —le susurré. 

Y él lo hizo, con fuerza, lo que me hizo gritar y tirarle más fuerte del pelo.


Mi cuerpo estaba en armonía con el suyo, reaccionaba a todas sus miradas, sus sonidos y sus contactos. Y ambos odiábamos y a la vez adorábamos cómo me hacía sentir. Yo nunca había sido una de esas mujeres que pierden fácilmente el control, pero cuando me tocaba así, yo estaba encantada de dejarme llevar.


—¿Te gusta sentir mis dientes? —me preguntó con la respiración entrecortada e irregular—. ¿Fantaseas con otros sitios en los que te puedo morder?


Me apoyé en su pecho para incorporarme y lo miré. 

—No sabes cuándo debes cerrar la boca, ¿verdad? 

Él me levantó y me tiró bruscamente sobre el asiento. 


Separándome las piernas,volvió a entrar en mi interior. Mi coche era demasiado pequeño para eso, pero no había nada que pudiera detenernos. Incluso con las piernas dobladas de una forma extraña debajo de él y con los brazos por encima de la cabeza para evitar que chocara con la puerta, aquello era demasiado. 

Él se puso de rodillas y adoptó una posición más cómoda, me cogió una pierna y se la colocó sobre un hombro, lo que hizo que entrara más profundamente en mí. 

—Oh, Dios, sí.


—¿Sí? —Me levantó la otra pierna para apoyarla sobre el otro hombro. Extendió el brazo y agarró el marco de la puerta para guardar el equilibrio y hacer las embestidas más profundas—. ¿Así es como te gusta?

El cambio de ángulo me hizo dar un respingo cuando las sensaciones más deliciosas se extendieron por todo mi cuerpo.


—No. —Apoyé las manos contra la puerta y levanté las caderas del asiento para ir al encuentro de cada movimiento de la suya—. Me gusta más fuerte.


—Joder —murmuró y volvió la cabeza un poco para que su boca abierta me fuera dejando besos húmedos por toda la pierna.



Nuestros cuerpos ya brillaban por el sudor, las ventanas estaban empañadas y nuestro gemidos llenaban el espacio en silencio del coche. La penumbra que producían las luces del aparcamiento resaltaba todas las hendiduras, que parecían esculpidas, y todos los músculos del hermoso cuerpo que tenía encima de mí. Lo miré embelesada, tenso por el esfuerzo y el pelo alborotado y pegado a su frente
húmeda, los tendones de su cuello estirados como cuerdas.
Dejó caer la cabeza entre sus brazos estirados, cerró los ojos con fuerza y negó.

—Oh, Dios —jadeó—. Es que... no puedo parar. 

Yo me arqueé para estar más cerca, con la necesidad de encontrar una forma de sentirlo más profunda, más completamente en mi interior. Nunca había tenido unas ganas tan intensas de consumir otro cuerpo como las que tenía cuando él estaba dentro de mí, pero incluso entonces, parecía que nunca podía estar lo bastante cerca de las partes de él que quería sentir. Y justo con ese pensamiento en mi mente, la deliciosa tensión en espiral que sentía en mi piel y en el vientre cristalizó para convertirse en una dolor tan profundo que bajé las piernas de sus hombros a la vez que tiraba de él para colocar todo su peso sobre mí mientras suplicaba: «Por favor, por favor, por favor», una y otra vez. 

Estaba cerca, tan cerca.

Mis caderas empezaron a dibujar círculos y las suyas respondieron con fuerza y constancia, desatados tanto él, que estaba encima, como yo, que estaba debajo. 

—Estoy tan cerca, joder, por favor. 


—Lo que quieras —gimió él en respuesta, antes de inclinarse para morderme el labio y proseguir—. Quédate con lo que quieras.


Yo chillé al correrme, con las uñas hundidas en su espalda y el sabor de su sudor en mis labios.


Él soltó un juramento con la voz profunda y ronca y con una última embestida muy potente se tensó sobre mí.


Exhausto y temblando, se dejó caer con la cara contra mi cuello. No pude resistir la necesidad de pasarle las manos temblorosas por el pelo húmedo mientras estaba ahí tumbado, jadeando, con el corazón acelerado contra mi pecho. Tenía un millón de pensamientos cruzando por mi mente mientras pasaban los minutos.


Lentamente nuestras respiraciones se fueron calmando y estuve a punto de creer que se había dormido cuando apartó la cabeza. 

Mi cuerpo cubierto de sudor sintió inmediatamente el frío cuando él empezó a vestirse. Lo observé durante un momento antes de incorporarme y ponerme el vestido, luchando con fuertes sentimientos encontrados. Además de algo que me satisfacía físicamente, el sexo con él era lo más divertido que había hecho en mucho tiempo.


Pero es que era tan estúpido...


—Asumo por lo que ha pasado que vas a ignorar la cuenta que te he abierto. Y me doy cuenta de que esto no puede volver a pasar —dijo, apartándome de mis propios pensamientos. Me volví para mirarlo. Se estaba poniendo la camisa rota con la mirada fija en algún punto delante de él. 

Pasaron unos segundos antes de que se volviera a mirarme. 

—Di algo para que sepa que me has oído. 

—Dígale a Ana que iré a cenar, señor Alfonso. Y sal inmediatamente de mi puto coche.