lunes, 2 de junio de 2014

CAPITULO 18




 
 
Para cuando volví de refrescarme un poco en el baño, tenía un mensaje de texto del señor Alfonso en el que me informaba de que debíamos encontrarnos en el aparcamiento para ir al centro. Menos mal que los otros ejecutivos y sus ayudantes también iban a la reunión con Red Hawk. Sabía por nuestros antecedentes que si tenía que sentarme en una limusina a solas con ese hombre durante veinte minutos (sobre todo después de lo que acababa de hacer) solo había dos posibles resultados.


Y solo uno de ellos haría que él acabara como había llegado. 

La limusina estaba esperando justo a la salida y mientras me acercaba a nuestro conductor, él me sonrió ampliamente y me abrió la puerta. 

—Hola, Paula, ¿qué tal el trabajo? 

—Movido, divertido e interminable. ¿Qué tal los estudios? —


Le devolví la sonrisa. Leandro era mi conductor favorito, y aunque tenía tendencia a flirtear un poco,siempre me hacía sonreír.


—Si pudiera dejar la física, todavía podría graduarme en biología, seguro. Qué pena que no seas científica; podrías darme clases particulares —me dijo subiendo y bajando las cejas.

—Si ustedes dos han terminado, tenemos un lugar importante al que ir. Debería dedicarse a flirtear con la señorita Chaves en su tiempo libre. —Aparentemente el señor Alfonso ya estaba dentro del coche esperándome y nos miró reprobatoriamente a ambos antes de retirarse de nuevo a la parte de atrás. Sonreí y puse los ojos en blanco en dirección a Leandro antes de entrar.


El coche estaba vacío a excepción del señor Alfonso. 

—¿Dónde están los demás? —pregunté confundida mientras iniciábamos la marcha.


—Tienen una cena más tarde así que han decidido ir en otro coche. —Estaba enfrascado en sus papeles. No pude evitar notar la forma en que daba golpecitos en el suelo con sus zapatos Oxford italianos a la última moda. 

Lo miré suspicaz. No se le veía diferente. De hecho estaba súper sexy. Llevaba el pelo en su desastre calculado habitual. Cuando se llevó la pluma de oro a los labios distraídamente, justo como lo había hecho antes en el despacho, tuve que revolverme en el asiento para aliviar la repentina incomodidad. 

Cuando levantó la vista y me miró, la media sonrisita de su cara me hizo saber que me había pillado comiéndomelo con los ojos.

—¿Has visto algo que te gusta? —preguntó. 

—No, aquí no —respondí con una sonrisita yo también. Y como sabía que le iba a afectar, volví a cruzar las piernas a propósito, asegurándome de que se me subiera la falda un poco más de lo apropiado. Tal vez le hacía falta recordar quién tenía más posibilidades de ganar ese juego. Su ceño fruncido volvió un segundo después. Misión cumplida.


Los dieciocho minutos y medio que quedaban de nuestro viaje de veinte minutos los pasamos lanzándonos miradas lascivas en el coche mientras yo intentaba fingir que no estaba fantaseando con tener su atractiva cabeza entre las piernas. 

Creo que no hace falta decir que, para cuando llegamos, ya estaba de mal humor. 

Las tres horas siguientes se me hicieron eternas. Los otros ejecutivos llegaron y se hicieron las presentaciones. Una mujer particularmente llamativa pareció interesarse inmediatamente por mi jefe. Tendría treinta y pocos, con un grueso pelo pelirrojo, ojos oscuros muy brillantes y un cuerpo para morirse. Y, claro, esa sonrisa que era capaz de hacer que se le cayeran las bragas a cualquiera se puso en funcionamiento y estuvo a punto de dejarla inconsciente toda la tarde.


Gilipollas.

Cuando entramos en el despacho al final del día, después de un viaje de vuelta aún más tenso que el de ida, pareció que el señor Alfonso todavía tenía algo que decir. Y si no lo soltaba pronto, iba a explotar. Cuando quería que se estuviera calladito, no podía mantener la boca cerrada. Pero cuando necesitaba que dijera algo, se quedaba mudo.


Una sensación de déjà vu y de terror me embargó al cruzar el edificio semidesierto en dirección al ascensor. En cuanto las puertas doradas se cerraron deseé estar en cualquier parte menos de pie a su lado. «¿Es que de repente hay menos oxígeno aquí?» Mientras miraba su reflejo en las puertas brillantes, me di cuenta de que era difícil adivinar cómo se sentía. Se había aflojado la corbata y tenía la chaqueta del traje colgada de un brazo. Durante la reunión se había subido las mangas de la camisa parcialmente sobre los antebrazos y yo intenté no quedarme mirando las líneas que formaban sus músculos por debajo de la piel. 


Aparte de la constante forma de apretar la mandíbula y la mirada baja, parecía totalmente relajado.


Cuando llegamos al piso dieciocho dejé escapar un enorme suspiro. Esos habían sido los cuarenta y dos segundos más largos de mi vida. Le seguí a través de la puerta intentando mantener la mirada lejos de él mientras entraba rápidamente en su despacho. Pero para mi sorpresa no cerró la puerta detrás de él. Y él siempre cerraba la puerta.

Comprobé rápidamente los mensajes y me ocupé de unos cuantos detalles de última hora antes de irme de fin de semana. Creo que nunca antes había tenido tanta prisa por salir de allí. Bueno, eso no era realmente cierto. La última vez que estuvimos solos en aquella planta también salí huyendo bastante rápido. Mierda, si había un momento para no pensar en eso era precisamente aquel, en la oficina vacía. 

Solos él y yo.


Él salió de su despacho justo cuando yo estaba recogiendo mis cosas. Colocó un sobre color marfil sobre mi mesa y se encaminó hacia la puerta sin detenerse. «¿Qué demonios era aquello?» Abrí deprisa el sobre y vi mi nombre en varias hojas de un elegante papel color marfil. Eran los formularios para abrir una cuenta de crédito privada en La Perla, con el nombre del señor Pedro Alfonso como titular.


«¿Ha abierto una cuenta para mí?»


—¿Qué demonios es esto? —pregunté furiosa. Salté de la silla y continué—. ¿Me has abierto una línea de crédito?


Él se detuvo y, tras dudar un momento, se volvió para mirarme.


—Tras el espectáculo que has protagonizado hoy, hice una llamada y las gestiones necesarias para que puedas comprarte todo lo que... necesites. Por supuesto hay un límite en la cuenta —dijo con pragmatismo tras haber eliminado cualquier rastro de incomodidad de su cara. Por eso era tan bueno en lo que hacía. Tenía una capacidad asombrosa para recuperar el control en cualquier situación. 


Pero ¿creía realmente que podía controlarme? 

—Vamos a ver, solo para que me quede claro —le dije sacudiendo la cabeza e intentando mantener cierta apariencia de calma—, ¿has hecho gestiones para comprarme lencería? 

—Bueno, es para reemplazar las cosas que yo... —se detuvo, posiblemente para reconsiderar su respuesta—. Para reemplazar las cosas que han resultado estropeadas. Si no la quieres, no la uses, joder —bufó entre dientes antes de girarse para irse de nuevo.


—Eres un hijo de puta. —Me acerqué para quedarme de pie delante de él con el elegante papel ahora hecho una bola arrugada en mi puño—. ¿Te parece gracioso? ¿Es que crees que yo soy una muñeca que puedas vestir a tu conveniencia para divertirte? —No sabía con quién estaba más enfadada: con él por pensar eso de mí o conmigo por permitir que todo aquello hubiera tenido lugar.


—Oh, sí —se mofó—. Me parece algo para partirse.


—Toma esto y métetelo por donde te quepa. —Le tiré la bola de papel color marfil contra el pecho, cogí el bolso, giré sobre mis talones y literalmente salí corriendo hacia el ascensor.


«Cabrón ególatra y mujeriego.» 

Lógicamente yo sabía que su intención no era insultarme, al menos eso esperaba. 

Pero ¿aquello? Aquello era exactamente por lo que no había que tirarse al jefe y por lo que definitivamente no había que exhibirse y hacerle un numerito en su despacho. 

Aparentemente yo me había perdido esa parte de los consejos de orientación.

CAPITULO 17



Cuando llegué al trabajo, me encontré con Sara de camino al ascensor. Hicimos planes para comer un día de la semana siguiente y me despedí de ella al llegar a su planta. 


Ya en la planta dieciocho me fijé en que la puerta del despacho del señor Alfonso estaba cerrada como era habitual, así que no podía saber si ya había llegado o no. 


Encendí el ordenador e intenté prepararme mentalmente para el día.


Últimamente la ansiedad se apoderaba de mí cada vez que me sentaba en esa silla.


Sabía que le iba a ver esa mañana; repasábamos la agenda de la semana siguiente todos los viernes. Pero no podía saber de qué humor iba a estar. 



Aunque últimamente su humor había estado todavía peor de lo habitual, las últimas palabras que me había dicho el día anterior fueron: «Compra el liguero también». Y yo lo había hecho. Y lo llevaba puesto en ese mismo momento. 


¿Por qué? No tenía ni idea. ¿Qué demonios había querido decir con eso? ¿Es que creía que me lo iba a ver? Ni de coña. Entonces ¿por qué me lo había puesto? «Juro por Dios que si me lo rompe...» Y frené antes de que pudiera acabar la frase. 


Claro que no me lo iba a romper. No le iba a dar la oportunidad de hacerlo.

«No dejes de decirte eso, Chaves» 

Responder unos cuantos emails, corregir el contrato sobre temas de propiedad intelectual del informe Papadakis y pedir presupuesto a varios hoteles apartó mi mente de la situación durante un rato, pero más o menos una hora después la puerta se abrió. Levanté la vista y me encontré con un señor Alfonso muy profesional. Su traje oscuro de dos botones estaba impecable, complementado perfectamente por el toque de color que le daba la corbata de seda roja. Parecía tranquilo y completamente relajado. 

No quedaba ninguna señal de aquel salvaje que me había follado en el probador de La Perla unas dieciocho horas y treinta y seis minutos atrás. Y no es que estuviera contando el tiempo ni nada... 

—¿Lista para empezar?


—Sí, señor. 

Él asintió una vez y volvió a su despacho. 

Vale, así que ahora iba a ser así. Por mí, bien. No estaba segura de lo que había estado esperando, pero en cierto modo estaba aliviada de que nada hubiera cambiado. Las cosas entre nosotros se estaban volviendo cada vez más intensas y sería un golpe mayor si todo acabara y yo tuviera que recoger además los trocitos de mi carrera. Esperaba poder pasar por todo eso sin mayores desastres al menos hasta que acabara el máster. 

Le seguí a su despacho y tomé asiento. Empecé repasando la lista de tareas y citas que necesitaban de su atención. Él escuchó sin hacer ningún comentario, anotando cosas o introduciéndolas en su ordenador cuando era necesario. 

—Hay una reunión con Red Hawk Publishing programada para las tres de esta tarde. Su padre y su hermano también van a asistir. Probablemente le llevará el resto de la tarde, así que he vaciado su agenda... —Y así seguimos hasta que finalmente llegamos a la parte que estaba temiendo—. Y por último, el congreso JT Miller Marketing Insight Conference es en San Diego el mes que viene —dije y de repente fijé la vista en los garabatos que estaba dibujando en mi agenda. 

La pausa que siguió pareció durar siglos y por fin levanté la vista para ver qué le estaba llevando tanto tiempo. Me estaba mirando fijamente, dando golpecitos con su pluma de oro sobre la mesa, sin ni la más mínima expresión en la cara. 

—¿Me va a acompañar? —preguntó. 

—Sí. —Mi única palabra creó un silencio sofocante en el despacho. No tenía ni idea de lo que estaba pensando mientras seguíamos mirándonos—. Está estipulado en las condiciones de mi beca que tengo que asistir. Y... eh... también creo que le vendrá bien tenerme allí... hum... para ayudarlo a llevar sus asuntos.


—Haga todos los preparativos necesarios —dijo con un aire tajante mientras acaba de escribir en su ordenador. 


Asumiendo que eso significaba que ya me podía ir, me puse de pie y empecé a caminar hacia la puerta.


—Señorita Chaves. 

Me volví para mirarlo y aunque nuestras miradas no se encontraron, me di cuenta de que él casi parecía nervioso. Bueno, eso sí era un cambio.


—Mi madre me ha pedido que la invite de su parte a cenar la semana que viene.


—Oh. —Sentí que el calor me subía a las mejillas—. Bueno, dígale por favor que tengo que consultar mi agenda. —Me di la vuelta para marcharme otra vez.


—Me ha dicho que tengo que... pedirle encarecidamente que vaya.


Me volví lentamente y vi que ahora sí que me estaba mirando fijamente y sin duda parecía incómodo.


—¿Y por qué exactamente tendría que hacerlo?


—Bueno —dijo y carraspeó—, aparentemente hay alguien que quiere que conozca.


Eso era algo nuevo. Conocía a los Alfonso desde hacía años y, aunque Ana había mencionado de pasada algún nombre de vez en cuando, nunca había intentado activamente emparejarme con nadie.


—¿Tu madre está intentando encontrarme novio? —le pregunté volviendo hacia la mesa y cruzando los brazos sobre el pecho. 

—Eso parece. —Algo en su cara no casaba con su respuesta desenfadada.


—¿Y por qué? —le pregunté con una ceja enarcada. 

Él frunció la frente con una irritación evidente.


—¿Y cómo demonios quieres que lo sepa? No es que nos sentemos a la mesa a hablar de ti —refunfuñó—. Tal vez está preocupada porque, con esa personalidad tan brillante que tienes, acabes siendo una vieja solterona que lleve un vestido de flores y que viva en una casa llena de gatos.


Me incliné hacia delante con las palmas en su mesa y lo miré fijamente.


—Bueno, tal vez debería preocuparse de que su hijo se convierta en un viejo verde que se pasa el tiempo atesorando bragas y persiguiendo a chicas en tiendas de lencería. 

Él saltó de la silla y se inclinó hacia mí con una expresión furiosa en la cara.


—¿Sabes? Eres la mujer más... —Tuvo que interrumpirse cuando sonó el teléfono.


Nos miramos duramente, ambos con la respiración acelerada. Por un instante creí que se iba a lanzar sobre mí por encima de la mesa. Y durante otro instante quise encarecidamente que lo hiciera. Sin dejar de mirarme a los ojos extendió la mano para coger el teléfono.


—¿Sí? —preguntó bruscamente por el auricular sin apartar la mirada—. ¡Jorge! Sí, claro que tengo un momento.

Volvió a sentarse en su silla y yo me quedé allí por si necesitaba algo de mí mientras hablaba con el señor Papadakis. Levantó el dedo índice en mi dirección para que esperara antes de empezar a deslizarlo sobre su pluma, que hacía rodar por la mesa mientras escuchaba lo que le decían por el auricular. 

—¿Necesitas que me quede? —le pregunté.


Él asintió una vez antes de hablar por el teléfono.

—No creo que haga falta ser tan específico en esta fase, Jorge —El tono profundo de su voz reverberó por toda mi columna—. Con solo un perfil general bastará. Necesitamos saber el alcance de esta propuesta antes de poder pasar a hacer borradores. 

Me revolví un poco en el lugar donde estaba. Él era un ególatra por hacer que me quedara allí de pie como si estuviera sujetando un plato de uvas y abanicándolo mientras hablaba con un colega. 

Levantó la vista para mirarme y le vi bajar los ojos hasta mi falda, donde algo le llamó la atención. Al volver a levantar la vista sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, como si quisiera preguntarme algo. Y entonces extendió la mano, sujetando el boli entre el índice y el pulgar, y utilizó la punta para levantarme el dobladillo de la falda a la altura del muslo. 

Abrió los ojos de par en par cuando vio el liguero.


—Lo entiendo —murmuró por el teléfono mientras dejaba caer la falda—. Creo que estamos de acuerdo en que eso es un desarrollo positivo.


Sus ojos subieron por mi cuerpo y su mirada se fue oscureciendo poco a poco. El corazón empezó a latirme con fuerza. Cuando me miraba así yo solo quería subirme a su regazo y atarlo a la silla con su corbata.


—No, no. Nada tan amplio en este punto. Como le he dicho, solo estamos hablando de un perfil preliminar.


Di la vuelta a la mesa y me senté en una silla frente a él, que arqueó una ceja, interesado, y después se metió la punta del boli entre los dientes y la mordió.


El calor crecía entre mis piernas así que me cogí el borde de la falda y me la subí por los muslos, exponiendo la piel al aire fresco de la oficina y a los ojos deseosos que no se apartaban de mí desde el otro lado de la mesa.


—Sí, ya veo —dijo al teléfono, pero su voz era más profunda, casi ronca ahora,aunque seguía sonando tranquilo.


Seguí con los dedos los contornos de las tiras del liguero, pasando por mi piel y por la seda de la ropa interior. Nada (ni nadie) me habían hecho nunca sentir tan sexy como él. 


Era como si él cogiera todos mis pensamientos sobre el trabajo, mi vida y mis objetivos y me dijera: «Todo esto está muy bien, pero mira esto otro que yo te ofrezco. Puede que sea retorcido y muy peligroso pero lo estás deseando.Me estás deseando a mí».

Y si lo hubiera dicho en voz alta, habría tenido razón. 

—Sí —repitió—. Creo que ese es el camino ideal.


«Eso crees, ¿eh?» Le sonreí, me mordí el labio y él me dedicó una media sonrisa diabólica en respuesta. Los dedos de una mano siguieron subiendo, me cubrí con ellos un pecho y apreté. Con la otra mano aparté la parte central de mis bragas y pasé dos dedos por la piel húmeda. 

El señor Alfonso tosió y se apresuró a coger su vaso de agua.

—Está bien, Jorge. Le echaremos un vistazo cuando lo recibamos. Podemos hacerlo en ese plazo.


Empecé a mover la mano mientras pensaba en sus dedos largos haciendo rodar el bolígrafo y en esas mismas manos agarrándome las caderas y la cintura y los muslos mientras me empujaba en el probador de la tienda de lencería.


El movimiento se hizo más rápido, se me cerraron los ojos y deje caer la cabeza contra el respaldo de la silla. Intenté no hacer ruido mordiéndome el labio con fuerza pero se me escapó un leve gemido. Me estaba imaginando sus manos y sus antebrazos fibrosos, con los músculos tensándose bajo la piel, mientras sus dedos se movían dentro de mí. Sus piernas delante de mi cara la noche en la sala de reuniones, tensas y esculpidas, esforzándose para no embestirme.


Y esos ojos, fijos en mí, oscuros y suplicantes. 

Levanté la cabeza y los vi justo como me los imaginaba, no mirando mi mano,sino con la expresión ávida centrada en mi cara mientras yo seguía con el movimiento y la sensación. 


Mi clímax fue a la vez abrumador e insatisfactorio:
quería que fuera su contacto el que me hiciera todo aquello y no el mío.

En algún momento había colgado el teléfono y me di cuenta de que mi respiración sonaba demasiado fuerte en la habitación en silencio. Él seguía sentado frente a mí,se le veían gotas de sudor en la frente y sus manos agarraban los brazos de la silla como si se estuviera resistiendo ante un fuerte vendaval. 

—Pero ¿qué me estás haciendo? —preguntó en voz baja. 

Le sonreí y me aparté el flequillo de los ojos de un soplido. 

—Estoy bastante segura de que lo que acabo de hacer me lo he hecho a mí.

Él levantó ambas cejas. 

—No, eso sin duda.


Me levanté colocándome la falda sobre los muslos.


—Si eso es todo, señor Alfonso, vuelvo al trabajo.

domingo, 1 de junio de 2014

CAPITULO 16




Había ochenta y tres agujeros, veintinueve tornillos, cinco aspas y cuatro bombillas en el ventilador de techo, que además era lámpara, que tenía en mi dormitorio encima de la cama. Me giré hacia un lado y ciertos músculos se burlaron de mí y me proporcionaron una prueba definitiva de por qué no podía dormir.


«Quiero que lo veas. Y mañana, cuando te encuentres dolorida, quiero que te acuerdes de quién te lo hizo.»

Y no estaba de broma.


Sin darme cuenta mi mano había bajado hasta mi pecho, haciendo rodar distraídamente un pezón entre los dedos por debajo de la camiseta. Al cerrar los ojos, el contacto de mis manos se convirtió en el suyo en mi memoria. Sus dedos largos y hábiles rozándome la parte baja de los pechos, sus pulgares acariciándome los pezones, cogiéndome los pechos con sus grandes manos... «Mierda.» Dejé escapar un profundo suspiro y le di una patada a una almohada de mi cama. Sabía exactamente adónde me llevaba esa línea de pensamiento. Había hecho exactamente lo mismo tres noches seguidas y tenía que parar enseguida. Con un resoplido me puse boca abajo y cerré los ojos con fuerza, deseando poder quedarme dormida. 



Como si eso me hubiera funcionado alguna vez.


Todavía recordaba, con total claridad, el día, casi un año y medio atrás, en que Horacio me había pedido que fuera a su despacho para hablar. Había empezado en Alfonso Media Group trabajando como asistente junior de Horacio mientras estaba en la universidad. Cuando mi madre murió, Horacio me tomó bajo su protección, no tanto como una figura paterna, sino más bien como un mentor cariñoso y amable que me llevaba a su casa a cenar para comprobar mi estado emocional. Él insistió en que su puerta siempre estaría abierta para mí. Pero esa mañana en concreto, cuando llamó a mi despacho, sonaba extrañamente formal y francamente, eso me dio un miedo de muerte.


En su despacho él me explicó que su hijo menor había vivido en París durante los últimos seis años, trabajando como ejecutivo de marketing para L’Oréal. Este hijo del que hablaba, Pedro, iba a volver a casa por fin y dentro de seis meses iba a asumir el puesto de director de operaciones de Alfonso Media. Horacio sabía que me quedaba un año de mi licenciatura en empresariales y que estaba buscando opciones para prácticas que me dieran la experiencia directa e importantísima que necesitaba.


Insistió en que hiciera mis prácticas de máster en Alfonso Media Group y que el más joven de los Alfonso estaría más que encantado de tenerme en su equipo. 

Horacio me pasó el memorándum para toda la empresa que iba a hacer circular la semana siguiente para anunciar la llegada de Pedro Alfonso. 

«Madre mía.» Eso fue lo único que pude pensar cuando volví a mí despacho y le eché un vistazo a aquel documento. 


Vicepresidente ejecutivo de marketing de productos en L’Oréal París. El nominado más joven que había aparecido nunca en la lista de «Los 40 de menos de 40» de Crain’s, que se había publicado varias veces en e l Wall Street Journal . Doble máster por la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York y la HEC de París, donde se especializó en finanzas corporativas y negocios globales, y en el que se graduó summa cum laude. Todo eso solo con treinta años. Dios mío. 

¿Qué era lo que Horacio había dicho? «Extremadamente dedicado.» Eso era subestimarlo y mucho.

Federico había dejado caer que su hermano no tenía su personalidad relajada, pero cuando parecí algo preocupada, él me tranquilizó rápidamente.


—Tiene tendencia a ser un poco estirado y demasiado perfeccionista a veces, pero no te preocupes por eso,Paula. Sabrás lidiar con sus arrebatos. Seguro que hacéis muy buen equipo. Vamos, mujer —me dijo rodeándome con su largo brazo—,¿cómo no te va a adorar?


Odiaba admitirlo ahora, pero para cuando él llegó, incluso estaba un poco enamorada de Pedro Alfonso. Estaba muy nerviosa por tener la oportunidad de trabajar con él, pero también estaba impresionada con todo lo que había conseguido y además tan rápido y tan pronto en su carrera. 


Y mirar su foto en internet tampoco es que me complicara las cosas: el tío era una maravilla. Nos comunicamos por correo electrónico para concertar asuntos sobre su llegada y aunque parecía bastante amable: nunca era demasiado amistoso.


El gran día, no se esperaba a Pedro hasta después de la reunión de la junta de la tarde, en la que se le iba a presentar oficialmente. Yo tuve todo el día para irme poniendo cada vez más nerviosa. Como Sara era tan buena amiga, subió para distraerme. Se sentó en mi silla y nos pasamos más de una hora hablando de los méritos de las películas de la saga Clerks. 


Solo un rato después me estaba riendo tanto que las lágrimas me corrían por la cara. No me di cuenta de que Sara se ponía tensa cuando se abrió la puerta exterior del despacho, ni me fijé en que había alguien de pie detrás de mí. Y aunque Sara intentó avisarme con un breve gesto de la mano pasando de un lado a otro de la garganta (el gesto universal para: «Corta y cierra la boca»), la ignoré.Porque, aparentemente, soy una idiota. 

—Y entonces —seguí diciendo mientras me reía y me abrazaba los costados— ella va y dice: «Anoté el pedido a uno al que hice una mamada después del baile de fin de curso» y él responde: «Sí, yo también he servido a tu hermano».


Otra oleada de carcajadas me embargó y me agaché dando un pequeño paso hacia atrás hasta que choqué con algo duro y cálido. 

Me volví y me dio muchísima vergüenza darme cuenta de que acababa de restregar el trasero contra el muslo de mi nuevo jefe.

—¡Señor Alfonso! —dije al reconocerlo de las fotos—. Lo siento mucho. 

Él no parecía estar divirtiéndose.


En un intento de relajar la tensión, Sara se puso de pie y extendió la mano. 

—Es un placer conocerlo por fin. Soy Sara Dillon, la asistente de Federico. 

Mi nuevo jefe simplemente miró su mano sin devolverle el gesto y levantó una de sus cejas perfectas. 

—¿No querrá decir del «señor Alfonso»

Sara dejó caer la mano mientras lo miraba, obviamente confusa. Había algo en su presencia tan intimidante que la había dejado sin palabras. Cuando se recuperó,balbució:

—Bueno... aquí somos algo informales. Nos tuteamos y nos llamamos por el nombre de pila. Esta es tu asistente, Paula.

Él asintió.


—Señorita Chaves, usted se dirigirá a mí como «señor Alfonso». Y la espero en mi despacho dentro de cinco minutos para hablar del decoro adecuado en el lugar de trabajo. —Su voz sonaba seria cuando habló y asintió brevemente en dirección a Sara—. Señorita Dillon.


Después me miró a mí durante otro momento y se volvió hacia su nuevo despacho. Yo observé horrorizada cómo se cerraba la puerta del primer infausto portazo de nuestra historia. 

—¡Qué cabrón! —murmuró Sara con los labios apretados.

—Un cabrón muy atractivo —respondí.


Esperando poder mejorar un poco las cosas, bajé a la cafetería a por una taza de café. Incluso le había preguntado a Federico cómo le gustaba el café a Pedro: solo. 

Cuando volví hecha un manojo de nervios al despacho, al llamar a la puerta me respondió con un brusco «adelante» y yo deseé que dejaran de temblarme las manos. 

Puse una sonrisa amistosa, intentando causarle una mejor impresión esta vez, y al abrir la puerta me lo encontré hablando por teléfono y escribiendo furiosamente en un cuaderno que tenía delante. Me quedé sin aliento cuando le oí hablar con una voz pausada y profunda en un perfecto francés. 

—Ce sera parfait. Non. Non, ce n’est pas nécessaire. Seulement quatre. Oui. Quatre. Merci, Ivan

Colgó pero no levantó la mirada del papel para mirarme. Cuando estuve de pie justo delante de su mesa, se dirigió a mí con el mismo tono duro de antes. 

—En el futuro, señorita Chaves, tendrá las conversaciones ajenas al trabajo fuera de la oficina. Le pagamos por trabajar, no por cotillear. ¿He sido lo bastante claro?


Me quedé de pie en silencio durante un momento hasta que me miró a los ojos y enarcó una ceja. Sacudí la cabeza para salir del trance, dándome cuenta justo en ese momento de la verdad sobre Pedro Alfonso: aunque era mucho más guapo en persona que en las fotos, hasta incluso dejarte sin aliento, él no tenía nada que ver con lo que había imaginado. Y tampoco tenía nada que ver con su padre ni su hermano. 

—Muy claro, señor —dije mientras daba la vuelta a la mesa para ponerle el café delante. 

Pero justo cuando estaba a punto de llegar a su mesa, uno de mis tacones se quedó trabado en la alfombra y me caí hacia delante. Oí que un fuerte «¡Mierda!» salía de mis labios y el café se convertía en una mancha ardiente sobre su traje caro. 

—Oh, dios mío, señor Alfonso. ¡Lo siento muchísimo! 

Corrí hacia el lavabo de su baño para coger una toalla, volví corriendo y me puse de rodillas delante de él para intentar quitarle la mancha. En mi precipitación y en medio de aquella humillación que yo creía que no podía ser peor, de repente me di cuenta de que le estaba frotando furiosamente la toalla contra la bragueta. Aparté los ojos y la mano, a la vez que sentía el rubor ardiente que me cubría la cara hasta el cuello, al darme cuenta del evidente bulto de la parte delantera de sus pantalones. 

—Puede irse ahora, señorita Chaves. 

Asentí y salí corriendo de la oficina, avergonzada porque acababa de causar una primera impresión horrible.


Gracias a Dios después de eso había demostrado mi eficacia con bastante rapidez.


Había veces en que él incluso parecía impresionado conmigo, aunque siempre era cortante y borde. Lo achaqué a que él era el mayor imbécil del mundo, pero siempre me pregunté si había algo específico en mí que nunca le había gustado. 

Aparte de lo de la toalla, claro.