jueves, 19 de junio de 2014

CAPITULO 58




Pedro fue al coche mientras yo me quedaba en la recepción dejando las llaves de las habitaciones. Con una última mirada al vestíbulo, intenté recordar todo lo que había pasado en aquel viaje. Cuando salí y vi a Pedro al lado del botones, mi corazón empezó a latir como un loco bajo mis costillas. Todo me daba vueltas todavía. Me di cuenta de que me había dado muchas oportunidades de decirle lo que quería y yo había estado demasiado insegura de si podíamos hacer que funcionara. 


Aparentemente él era más fuerte que yo. 


«Me estoy enamorando de ti.»


Se me retorció el estómago deliciosamente. 


El señor Gugliotti vio a Pedro desde la acera y se acercó. Se estrecharon las manos y parecieron intercambiar comentarios corteses. Quería acercarme y unirme a la conversación como una más, pero me preocupaba no poder contener lo que estaba ocurriendo en ese momento en mi corazón y que mis sentimientos por Pedro se vieran en mi cara.


El señor Gugliotti me miró, pero no pareció reconocerme fuera de contexto. 

Volvió a mirar a Pedro y asintió ante algo que había dicho. 


Esa falta de reconocimiento me hizo dudar aún más. 


Todavía no era alguien en quien se fijara la gente. Tenía en las manos los papeles del hotel, la lista de cosas por hacer de Pedro y su maletín. Me quedé algo alejada: solo una becaria. 

Haciendo tiempo, intenté disfrutar de los últimos momentos de brisa del mar. La voz profunda de Pedro me llegaba desde la distancia que nos separaba.


—Parece que entre todos sacaron unas cuantas buenas ideas. Me alegro de que Paula tuviera la oportunidad de participar en el ejercicio. 

El señor Gugliotti asintió y dijo:
—Paula es inteligente. Todo fue bien. 

—Estoy seguro de que podemos ponernos en contacto a través de videoconferencia pronto para empezar el proceso de traspaso de la cuenta.


«¿Ejercicio? ¿Empezar?» Pero ¿no es eso lo que he hecho ya? Le di a Gugliotti unos documentos legales para que los firmara y los enviara de vuelta por mensajería... 

—Suena bien. Le pediré a Annie que te llame para arreglarlo. Me gustaría repasar los términos contigo. No estoy cómodo teniendo que firmarlos ahora. 

—Claro, es normal.


El corazón se me aceleró cuando una espiral de pánico y humillación recorrió mis venas. Era como si la reunión que habíamos tenido no hubiera sido más que una mera representación para mí y que el trabajo de verdad se llevaría a cabo entre esos dos hombres cuando volvieran al mundo real.

«¿Es que todo el congreso ha sido una enorme fantasía?» 


Me sentí ridícula al recordar los detalles que había compartido con Pedro. Qué orgullosa había estado de hacer eso por él y ocuparme de ello mientras él estaba enfermo... 


—Federico me dijo que Paula tiene una beca Miller. Es fantástico. ¿Se va a quedar en Alfonso Media cuando la termine? —preguntó Gugliotti.


—No lo sé con seguridad todavía. Es una niña increíble. Pero todavía le falta un poco de rodaje.


Me quedé sin aliento de repente, como si me hubieran encerrado en un vacío.


Pedro  tenía que estar de broma. Yo sabía sin necesidad de que Horacio me lo dijera (y me lo había dicho infinidad de veces) que tendría trabajos para elegir cuando terminara. 


Llevaba años trabajando en Alfonso Media, dejándome los cuernos para sacar adelante mi trabajo y mi licenciatura. 


Conocía algunas cuentas mejor que la gente que las llevaba. Y Pedro lo sabía.


Gugliotti rió.


—Le falte rodaje o no, yo la contrataría sin pensarlo. Mantuvo muy bien el tipo en la reunión, Pedro. 

—Claro que sí —dijo Pedro —. ¿Quién te crees que la ha formado? La reunión contigo fue una buena forma de que entrara un poco en materia, por eso te lo agradezco. No dudo de que le irá estupendamente acabe donde acabe. Eso sí, cuando esté lista. 

No parecía otra cosa que el Pedro Alfonso que conocía. No era el amante que había dejado unos minutos atrás, agradecido y orgulloso de mí por haber sido capaz de dar la cara por él de forma tan competente. Este ni siquiera era el tipo odioso que solo hacía alabanzas a regañadientes. Este era otra persona. Alguien que me llamaba «niña» y que actuaba como si «él» me hubiera hecho un favor a «mí». 
¿Rodaje? ¿Acaso lo había hecho solo «bien»? ¿Él había sido mi «mentor»? ¿En qué universo? 

Me quedé mirando los zapatos de la gente que pasaba delante de mí mientras entraban y salían por las puertas giratorias. ¿Por qué me parecía que se me había caído el alma a los pies dejando nada más que un agujero lleno de ácido? 

Llevaba en el mundo de los negocios el tiempo suficiente para saber cómo funcionaba. La gente que estaba arriba no había llegado allí compartiendo sus logros. Habían llegado gracias a hacer grandes promesas, reclamar para sí grandes cosas y alimentar unos egos todavía más grandes. 

«En mis primeros seis meses en Alfonso Media conseguí una cuenta de marketing de sesenta millones de dólares.»


«He gestionado la cartera de cien millones de dólares de L’Oréal.»


«He diseñado la última campaña de Nike. »


«Y convertí un ratón de campo en un tiburón de los negocios.»


Siempre había sentido que me alababa contra su voluntad, y había algo satisfactorio en demostrar que no tenía razón, en superar sus expectativas aunque solo fuera para fastidiarlo. Pero ahora que habíamos admitido que nuestros sentimientos se habían convertido en algo más, él quería reescribir la historia. Él no había sido un mentor para mí; yo no había necesitado que lo fuera. Él no me había empujado hacia el éxito; si algo había hecho antes de este viaje era ponerse en mi camino. Había intentado que dimitiera siendo todo el tiempo un cabrón. 

Y lo había dado todo por él a pesar de ello. Y ahora estaba arrastrando mis logros por el fango solo para salvar la cara por no haber asistido a una reunión. 

Mi corazón se rompió en mil pedazos. 

—¿Paula? 

Levanté la vista y me encontré con su expresión confundida.

—El coche está listo. Creía que habíamos quedado en encontrarnos fuera.


Parpadeé y me limpié los ojos como si tuviera algo dentro y no como si estuviera a punto de caerme redonda allí mismo, en el vestíbulo del hotel Wynn.


—Es verdad. —Cogí las cosas y lo miré—. Se me había olvidado.


De todas las mentiras que le había dicho, esa era la peor porque él la notó inmediatamente. Y por la forma en que unió las cejas y se acercó, con la mirada ansiosa e inquisitiva, no tenía ni idea de por qué yo sentía que tenía que mentirle sobre algo como eso.


—¿Estás bien, cariño?


Parpadeé de nuevo. Me había encantado cuando me había llamado eso mismo veinte minutos antes, pero ahora no parecía estar bien.


—Solo cansada.


También supo que estaba mintiendo, pero esta vez no me preguntó nada. Me puso la mano en la parte baja de la espalda y me llevó hasta el coche.

CAPITULO 57




La habitación de al lado se veía extrañamente inmaculada, incluso para una cadena de hoteles de categoría. No necesité mucho tiempo para hacer la maleta y menos para ducharme y vestirme. Pero algo evitó que volviera a la habitación de Paula tan pronto. Era como si ella necesitara un poco de tiempo allí a solas para librar la batalla silenciosa que se estuviera produciendo en su interior. 


Para mí era obvio que ella estaba atravesando un conflicto, pero ¿hacia dónde se decantaría al final? ¿Decidiría que quería intentarlo? ¿O decidiría que no era posible encontrar un equilibrio entre el trabajo y nosotros?


Cuando mi impaciencia superó a mi caballerosidad, saqué mi maleta al pasillo y llamé a su puerta.


Ella la abrió vestida como una pin up caracterizada de mujer de negocios traviesa y me llevó un siglo subir desde sus piernas hasta sus pechos y por fin a su cara.


—Hola, preciosa.


Ella me dedicó una sonrisa tímida.


—Hola.


—¿Lista? —pregunté pasando a su lado para coger su maleta. La manga de mi chaqueta le rozó el brazo desnudo y antes de que pudiera entender del todo lo que estaba pasando, ella me había agarrado la corbata y se la había enredado en el puño. 

Un segundo después tenía la espalda contra la pared y su boca sobre la mía. 

Me quedé helado por la sorpresa.


—Vaya, menudo saludo —murmuré contra sus labios.

Con una mano sobre mi pecho, empezó a soltarme la corbata y gimió dentro de mi boca cuando sintió que mi miembro empezaba a crecer contra su cuerpo. Sus hábiles dedos me sacaron la corbata del cuello de la camisa y después la tiraron al suelo antes de que pudiera siquiera recordar que teníamos que coger un vuelo.


—Paula —dije esforzándome por apartarme de ella y de sus besos—. Cielo, no tenemos tiempo para esto.


—No me importa. —Ella no era más que dientes y labios, lametones por todo mi cuello, manos ávidas soltándome el cinturón y cogiendo mi sexo. 

Solté una maldición entre dientes, completamente incapaz de resistirme a la forma en que me agarraba a través de los pantalones ni a su forma exigente de apartarme y quitarme la ropa. 

—Joder, Paula, has perdido la cabeza, estás salvaje.


La giré y ahora fue su espalda la que estaba contra la pared. Le metí la mano debajo de la blusa y le aparté a un lado sin miramientos una copa del sujetador. Su necesidad era contagiosa y mis dedos recibieron encantados el endurecimiento de sus pezones y la curva firme de su pecho que ella apretaba contra mi palma. Bajé la mano y le subí la falda hasta la cadera, le bajé la ropa interior que ella apartó a un lado con el pie y la levanté del suelo.


Necesitaba estar dentro de ella en ese preciso instante.


—Dime que me deseas —me dijo. Las palabras salían a la vez que sus exhalaciones y eran prácticamente solo aire. Estaba temblando y tenía los ojos fuertemente cerrados.


—No tienes ni idea. Quiero todo lo que me quieras dar.


—Dime que podemos hacer esto. —Me bajó los pantalones y los calzoncillos por debajo de las rodillas y me rodeó la cintura con las piernas a la vez que me clavaba el tacón del zapato en el trasero. Cuando mi miembro se deslizó contra ella, entrando solo un poco, le cubrí la boca porque dejó escapar una especie de lamento, casi un gemido.


O un sollozo. 

Me aparté para mirarle la cara. Tenía lágrimas cayéndole por las mejillas.


—¿Paula? 

—No pares —me dijo con un hipo, inclinándose para besarme el cuello. 

Escondiéndose. Intentó meter una mano entre los dos para cogerme. Era una extraña forma de desesperación. Ambos habíamos probado los polvos frenéticos y rápidos escondidos en alguna parte, pero esto era algo completamente diferente.


—Para. —La empujé, incrustándola contra la pared—. Cariño, ¿qué estás haciendo?


Por fin abrió los ojos, fijos en el cuello de mi camisa. Me soltó un botón y después otro.


—Solo necesito sentirte una vez más.


—¿Qué quieres decir con «una vez más»?


Ella no me miró ni dijo nada más.


—Paula, cuando salgamos de esta habitación podemos dejarlo todo aquí. O podemos llevarnos todo lo que hay con nosotros. Creo que podemos arreglárnoslas...
Pero ¿tú también lo crees? 

Ella asintió mordiéndose el labio con tanta fuerza que ya lo tenía blanco. Cuando lo soltó, se volvió de un rojo tentador y decadente. 

—Eso es lo que quiero.


—Te lo he dicho, quiero más de esto. Quiero estar contigo. Quiero ser tu amante —le juré mientras me pasaba las manos por el pelo—. Me estoy enamorando de ti,Paula.


Ella se inclinó, riendo, y el alivio se sintió en todo su cuerpo. 


Cuando se puso de pie, me acercó otra vez y apretó los labios contra mi mejilla. 

—¿Lo dices en serio?


—Totalmente en serio. Quiero ser el único tío que te folla contra las ventanas y también la primera persona que veas por la mañana a tu lado... después de haberme robado la almohada. También me gustaría ser la persona que te traiga a ti polos de lima cuando hayas comido sushi en mal estado. Solo nos quedan unos meses en los que esto puede ser potencialmente complicado. 

Con mi boca sobre la suya y las manos agarrándole la cara, creo que por fin empezó a entender.


—Prométeme que me llevarás a la cama cuando volvamos —me dijo.


—Te lo prometo.


—A tu cama.


—Joder, sí, a mi cama. Tengo una cama enorme con un cabecero al que puedo atarte y azotarte por ser tan idiota. 

Y en ese momento los dos éramos totalmente perfectos.


En el pasillo, le di un beso final en la palma, dejé caer su mano y abrí la marcha hacia el vestíbulo.

miércoles, 18 de junio de 2014

CAPITULO 56



Me desperté cuando alguien me arrancó la almohada de debajo de la cabeza y Paula murmuró algo incoherente sobre espinacas y perritos calientes.


Estaba hablando en sueños aquella inquieta acaparadora de la cama. 


Le pasé una mano ansiosa por el trasero antes de volverme para mirar el reloj. 


Solo eran un poco más de las cinco de la mañana, pero sabía que teníamos que levantarnos pronto para poder llegar al vuelo de las ocho. Por mucho que odiara dejar nuestro pequeño y feliz antro de perversión, no había trabajado nada mientras estábamos allí y estaba empezando a sentirme cada vez más culpable por la carrera que había dejado a un lado. Durante la última década, mi trabajo había sido mi vida, y aunque cada vez estaba más cómodo con el devastador efecto que Paula tenía sobre mi equilibrio, tenía que volver a centrarme. Era hora de volver a casa,recuperar mi papel de jefe y triunfar de nuevo.


El sol de primera hora de la mañana se filtraba por la ventana e inundaba su piel pálida con una luz azul grisáceo. 


Estaba tumbada de costado y enroscada, de cara a mí, con el pelo oscuro enmarañado sobre la almohada que tenía detrás de ella y la mayor parte de la cara oculta por mi almohada.


Podía entender sus dudas a la hora de decidir cómo iba a funcionar nuestra relación cuando volviéramos a la realidad. La burbuja de San Diego había sido fantástica, en parte porque allí no se daban ninguno de los aspectos que hacían que nuestra relación fuera complicada: su trabajo en Alfonso Media, mi papel en el negocio familiar, su beca, nuestras actitudes independientes que chocaban. Aunque quería
presionarla para definir lo que había entre nosotros y establecer expectativas para que no nos hundiéramos, su enfoque, más a favor de ir probando, era probablemente el correcto.

No nos habíamos molestado en recoger las mantas y volverlas a poner en la cama después de haberlas tirado al suelo la noche anterior, así que tuve la oportunidad de
quedarme mirando su cuerpo desnudo. Sin duda podía acostumbrarme a despertarme con esa mujer en mi cama. 

Pero por desgracia no teníamos una mañana libre por delante. Intenté despertarla poniéndole la mano en el hombro, después le di un beso en el cuello y por fin un fuerte pellizco en el trasero. 

Ella estiró la mano y me dio un cachetazo fuerte en el brazo antes de que me diera tiempo de apartarme. Y eso que no estaba seguro de que estuviera despierta del todo.


—Gilipollas. 

—Deberíamos levantarnos y ponernos en marcha. Tenemos que estar en el aeropuerto dentro de poco más de una hora. 

Paula se movió y me miró, con las arrugas de la almohada marcadas en la cara y los ojos desenfocados. No se molestó en cubrirse el cuerpo como lo había hecho la primera mañana, pero la sonrisa que mostraba no era radiante.

—Vale —dijo, se sentó, bebió un poco de agua y me dio un beso en el hombro antes de salir de la cama.


Observé su cuerpo desnudo mientras caminaba hacia el baño, pero ella no me miró. No necesitaba exactamente un polvo mañanero rápido, pero no me habría importado una sesión de caricias o una charla todavía tumbados en la cama.


«Creo que no debería haberle pellizcado el trasero.» 

Cuando terminé de recoger mis cosas, todavía no había salido, así que me acerqué y llamé a la puerta del baño.


—Voy a mi habitación a ducharme y hacer la maleta.


Ella se quedó en silencio unos segundos.


—Vale.


—¿No me puedes decir algo más que «vale»?


Su risa me llegó desde el otro lado de la puerta.


—Creo que antes te he llamado «gilipollas».


Sonreí. 

Pero cuando abrí la puerta para marcharme, ella abrió la puerta del baño y salió para caer directamente en mis brazos, rodeándome con su cuerpo y apretando la cara contra mi cuello. Todavía estaba desnuda y cuando levantó la vista, sus ojos parecían un poco enrojecidos.


—Lo siento —dijo besándome la mandíbula antes de acercar la cara para darme un beso largo y profundo—. Es que me pongo nerviosa antes de volar. 

Se volvió y entró en el baño antes de que pudiera mirarla a los ojos para averiguar si me estaba diciendo la verdad.

CAPITULO 55



Tenía experiencia con negociaciones, negativas y regateos, pero ahí estaba, en la desconocida posición de haber puesto todas mis fichas en juego, pero como se trataba de Paula, no me importaba. En ese caso yo iba con todo. 


—¿Tienes ganas de llegar a casa? Han sido casi tres semanas fuera. 


Ella se encogió de hombros mientras tiraba de mis bóxer sin la más mínima ceremonia y me envolvía con su cálida mano con una familiaridad que hacía que se me despertaran lugares hasta entonces desconocidos.


—Me lo estoy pasando bastante bien aquí, ¿sabes?


Yo me fui demorando en cada botón de la blusa, besándole cada centímetro de piel cuando se mostraba ante mí.


—¿Cuánto tiempo tenemos para jugar antes de nuestro vuelo?


—Trece horas —me dijo sin mirar el reloj. La respuesta había sido muy rápida y por la forma en que sentí su piel cuando metí dos dedos bajo su ropa interior, no parecía que estuviera deseando dejar esa habitación de hotel pronto. 


Le rocé los muslos con los dedos, jugué con su lengua y me froté contra su pierna hasta que sentí que se arqueaba hacia mí. Me rodeó la cintura con las piernas y extendió las manos sobre mi pecho mientras yo bajaba la mano para ayudarme a entrar en su interior, decidido a hacerla correrse tantas veces como pudiera antes de que saliera el sol.


Para mí no había nada más en el mundo que su piel suave y resbaladiza y el cálido aire que proyectaban sus gemidos en mi cuello. Una y otra vez me moví encima de ella, enmudecido por mi propia necesidad, perdido en ella. Sus caderas se movían al mismo ritmo que las mías y levantaba la espalda para apretar sus pechos contra mí.


Quería decirle: «Esto, lo que tenemos, y es lo más increíble que he sentido en toda mi vida. ¿Tú lo sientes también?».


Pero no tenía palabras. Solo instinto y deseo y el sabor de ella en mi lengua y el recuerdo de su risa resonando en mis oídos. Quería que ese sonido no dejara de reproducirse. Lo quería todo de ella: ser su amante, su compañero para las peleas y su amigo. En esa cama podía serlo todo.


—No sé cómo hacer esto —dijo en un momento extraño; a punto de llegar al orgasmo y aferrándose a mí tan fuerte que creí que me iba a dejar cardenales. Pero supe a lo que se refería porque era algo doloroso estar tan lleno de esa necesidad y no tener ni idea de cómo iban a salir las cosas. 


La quería de una forma que me hacía sentir como si en cada segundo estuviera saciado y a la vez muerto de hambre... y mi cerebro no sabía que hacer con todo aquello. En vez de responderle o decirle lo que pensaba que podíamos hacer, le besé el cuello, apreté los dedos sobre la suave piel de su cadera y le dije:
—Yo tampoco, pero no estoy preparado para dejarlo pasar tan pronto.


—Me siento tan bien... —Susurró contra mi garganta y yo gruñí en una agonía silenciosa, evidentemente incapaz de lograr encontrar algo coherente como respuesta.


Tenía miedo de acabar aullando.


La besé.


La empujé aún más contra el colchón.


Ese éxtasis desgarrador siguió durante mucho tiempo. Su cuerpo se elevaba para encontrarse con el mío y su boca, húmeda, ávida y dulce, no dejaba de morderme.

CAPITULO 54



Bajé al salón del congreso durante unas cuantas horas para que pudiera dormir un poco más. Él opuso mucha resistencia, pero me di cuenta de que incluso medio polo de lima hacía que se sintiera mareado y adquiriera un tono de verde similar al del helado. Además, en este congreso en concreto, él no podía dar diez pasos sin que alguien le parara, le alabara o le diera un discurso. Ni aunque hubiera estado sano habría conseguido llegar a ver nada que mereciera la pena el tiempo que le iba a dedicar de todas formas.


Cuando volví a la habitación estaba despatarrado en el sofá en una postura muy poco atractiva, sin camisa y con la mano metida por la parte delantera de los bóxer. 

Había algo muy cotidiano en la forma en que estaba sentado, aburrido y viendo la televisión. Agradecí recordar que ese hombre era, en algunos aspectos, solo un hombre. 
Nada más que una persona que iba buscándose la vida por el planeta sin pasar cada segundo del día poniéndolo patas arriba.

Y en alguna parte de esa epifanía en que Pedro no era más que Pedro, estaba enterrada una salvaje necesidad de que hubiera una oportunidad de que se estuviera convirtiendo en «mi nada más que Pedro» y durante un segundo deseé eso más de lo que creía haber deseado nada nunca.


Una mujer con un pelo esplendorosamente brillante agitó la cabeza y nos sonrió desde la pantalla del televisor. Me dejé caer en el sofá a su lado.


—¿Qué estás viendo?


—Un anuncio de champú —me respondió sacándose la mano de los calzoncillos para acercármela. Comencé a decir algo sobre microbios, pero me callé cuando empezó a masajearme los dedos—. Pero están poniendo Clerks.


—Es una de mis películas favoritas —le dije. 

—Lo sé. Hablabas de ella el día que te conocí.


—La verdad es que la cita era de Clerks II —aclaré y después me detuve—. Un momento, ¿te acuerdas de eso? 

—Claro que me acuerdo. Sonabas como un universitario grosero pero con la pinta de una modelo. ¿Qué hombre podría olvidar eso?


—Habría dado cualquier cosa por saber qué pensaste en aquel momento. 

—Estaba pensando: «Oh, una becaria muy follable a las doce en punto. Descanse, soldado. Repito: ¡descanse!». 

Me reí y me apoyé contra su hombro. 

—Dios, el momento en que nos conocimos fue terrible.


Él no dijo nada pero no dejó de pasarme el pulgar por los dedos, presionando primero y acariciando después. Nunca me habían dado un masaje en las manos antes e incluso aunque él intentara convertirlo en una sesión de sexo oral, sería capaz de rechazarla para que siguiera haciendo lo que estaba haciendo.


«Bueno, eso es una gran mentira. Yo querría esa boca entre mis piernas cualquier día del...»


—¿Cómo quieres que sea, Paula? —me preguntó sacándome de mi debate interno.


—¿Qué? 

—Cuando volvamos a Chicago. 

Lo miré sin comprender, pero el pulso se me aceleró y envió la sangre en potentes oleadas por mis venas.


—Nosotros —aclaró con una paciencia forzada—. Tú y yo. Paula y Pedro. Hombre y arpía. Me doy cuenta de que esto no es fácil para ti.


—Bueno, estoy bastante segura de que no tengo ganas de pelear todo el tiempo. — Le di un golpe de broma en el hombro—. Aunque de alguna extraña manera me gusta esa parte.

Pedro se rió, pero no pareció un sonido totalmente feliz.


—Hay mucho espacio fuera de «no pelear todo el tiempo». ¿Dónde quieres estar?


«Juntos. Tu novia. Alguien que ve el interior de tu casa y que se queda allí a veces.» Fui a responder, pero las palabras se evaporaron en mi garganta.


—Supongo que depende de si es realista pensar que podemos ser «algo». 

Él dejó caer la mano y se rascó la cara. La película volvió y los dos entramos en lo que a mí me pareció el silencio más extraño de la historia. 

Finalmente me cogió la mano otra vez y me dio un beso en la palma.


—Vale, cariño. Me las arreglaré con eso de no pelear todo el tiempo.


Me quedé mirando los dedos con los que envolvía los míos. 


Después de lo que me pareció una eternidad, conseguí decir:
—Lo siento. Es que todo esto es un poco nuevo.


—Para mí también —me recordó.


Volvimos a quedarnos en silencio de nuevo mientras seguíamos viendo la película, riéndonos en los mismos puntos y cambiando de postura lentamente hasta que estuve prácticamente tumbada encima de él. Por el rabillo del ojo miraba de vez en cuando el reloj de la pared y calculaba mentalmente las horas que nos quedaban en San Diego.Catorce.


Catorce horas de esta realidad perfecta en la que podía tenerlo siempre que quisiera y todo aquello no era secreto, ni sucio, ni teníamos que utilizar la ira como elemento preparatorio. 

—¿Cuál es tu película favorita? —me preguntó girándome hasta quedar encima de mí. Tenía la piel caliente y yo quería quitarle lo que llevaba puesto, pero a la vez no
quería que se moviera ni un centímetro ni un segundo.


—Me gustan las comedias —empecé a decir—. Está Clerks, pero también, Tommy Boy, Zombies Party, Arma letal, El juego de la sospecha, cosas así. Pero tengo que decir que mi película favorita de siempre probablemente sea La ventana indiscreta.


—¿Por James Stewart o por Grace Kelly? —me preguntó agachándose para besarme el cuello creándome una estela de fuego.


—Por ambos, pero seguramente más por Grace Kelly.


—Ya veo. Tienes varios hábitos muy Grace Kelly. —Subió la mano y me apartó un mechón de pelo que se me había salido de la coleta—. He oído que Grace Kelly también tenía una boca muy sucia —añadió.


—Te encanta que tenga la boca tan sucia.

—Cierto. Pero me gusta más cuando la tienes llena —dijo con una sonrisa elocuente en la boca.


—¿Sabes? Si lograras callarte alguna vez serías totalmente perfecto. 

—Sería un rompedor de bragas silencioso, lo que me parece que es algo más escalofriante que un jefe furioso y con tendencia a romper bragas.


Empecé a reír debajo de él y él me hizo cosquillas por las costillas.


—Pero sé que te encanta que lo haga —dijo con voz ronca. 

—¿Pedro? —le dije intentando parecer despreocupada—. ¿Qué haces con ellas?

Él me dedicó una mirada oscura y provocativa. 

—Las guardo en un lugar seguro.

—¿Puedo verlas? 

—No. 

—¿Por qué? —le pregunté entornando los ojos.

—Porque intentarías recuperarlas.


—¿Y por qué iba a querer recuperarlas? Están todas rotas. 

Él sonrió pero no respondió.


—¿Por qué lo haces de todas formas? 

Me estudió durante un momento, obviamente pensando en la respuesta. 

Finalmente se incorporó sobre un codo y acercó la cara a solo un par de centímetros de la mía.


—Por la misma razón por la que a ti te gusta.


Y con esas palabras, se puso de pie y tiró de mí para que le acompañara al dormitorio.