miércoles, 4 de junio de 2014

CAPITULO 21



El ardor de mi pecho era casi suficiente para distraerme del lío que tenía en la cabeza. Pero solo «casi»


Aumenté la inclinación de la cinta de correr y me obligué a exigirme más. Los pies golpeando, los músculos ardiendo... eso siempre funcionaba. Así es como yo vivía mi vida. No había nada que no pudiera lograr si me exigía lo suficiente: los estudios, la carrera, la familia, las mujeres. 


Mierda: mujeres. 


Agobiado sacudí la cabeza y subí el volumen de mi iPod, esperando que eso pudiera distraerme lo suficiente para conseguir un poco de paz.


Debería haber sabido que no iba a funcionar. No importaba cuánto lo intentara, ella siempre estaba allí. Cerraba los ojos y todo volvía: tumbado sobre ella, sintiéndola envolviéndome, sudoroso, excitado, queriendo parar pero incapaz de hacerlo. Estar dentro de ella era la tortura más perfecta. Saciaba el hambre que sentía en ese momento, pero como un yonqui, me encontraba consumido por la necesidad de más droga en cuanto dejaba de tenerla. Era aterrador, pero cuando estaba con ella era capaz de hacer cualquier cosa que me pidiera. Y esa sensación estaba empezando a penetrar en momentos como ese también, en los que ni siquiera estaba a su lado pero seguía queriendo ser lo que ella necesitaba. Ridículo.


Alguien me quitó uno de los auriculares de un tirón y yo me volví hacia la fuente de la distracción.

—¿Qué? —pregunté mirando a mi hermano. 

—Si sigues subiendo eso, vamos a tener que despegarte del suelo en cualquier momento, Pepe —me respondió—. ¿Qué ha hecho ella estaba vez para fastidiarte tanto?


—¿Quién?


Él puso los ojos en blanco.


—Paula. 

Sentí que se me tensaba el estómago al oír su nombre y volví a centrar mi atención en la cinta de correr. 

—¿Y qué te hace pensar que esto tiene algo que ver con ella? 

Él rió sacudiendo la cabeza. 

—No conozco a ninguna otra persona que produzca esta reacción en ti. Y sabes por qué es, ¿verdad? 

Él había apagado su máquina y ahora tenía toda su atención centrada en mí.


Mentiría si dijera que no me estaba poniendo un poco nervioso. Mi hermano era perceptivo, demasiado, a veces. Y si había algo que yo quería ocultarle era precisamente eso.

Mantuve la mirada fija adelante mientras seguía corriendo, intentando no cruzar la mirada con él.


—Ilumíname.


—Porque vosotros dos os parecéis bastante —dijo con aire de suficiencia.


—¿Qué? —Varias personas se volvieron para ver por qué estaba gritando en medio de un gimnasio lleno de gente. 


Dejé caer la mano sobre el botón de parada y lo miré—. Pero ¿cómo se te ha podido ocurrir eso? No nos parecemos en nada. —Estaba sudado, sin aliento y acelerado después de haber corrido más de quince kilómetros. Aunque justo en ese momento la subida de mi presión arterial no tenía nada que ver el ejercicio físico.


Le di un largo trago a la botella de agua mientras Federico no dejaba de sonreír burlón.


—¿Con quién crees que estás hablando? No he conocido a dos personas más parecidas en mi vida. Primero... —Hizo una pausa, carraspeó y levantó la mano para ir enumerando las cosas con los dedos—. Ambos sois inteligentes, determinados, trabajáis mucho y sois leales. Y... —continuó señalándome— ella es una bomba. De hecho es la primera mujer en toda tu vida que puede plantarte cara y que no te sigue a todas partes como un perrito perdido. Y odias profundamente cuánto necesitas eso. 

¿Es que todo el mundo había perdido la cabeza? Claro que ella era alguna de esas cosas; ni siquiera yo podía negar que era increíblemente inteligente. Y trabajaba mucho y muy duro; a veces me sorprendía lo bien que se mantenía al día con todo. Y sin duda tenía determinación, aunque yo describiría esa cualidad algo más próxima a los adjetivos de cabezota y terca. Y no se podía poner en tela de juicio su lealtad. 

Podría haberme traicionado cien veces desde que empezamos con aquel juego enfermizo.


Me quedé de pie mirándolo mientras intentaba formular una respuesta. 

—Bueno, sí, y también es una bruja de tomo y lomo. 

«Muy bien, Pedro. Muy elaborada esa respuesta.» 

Bajé de la máquina, la limpié y crucé el gimnasio intentando escapar.


Él se echó a reír encantado, detrás de mí.

—¿Ves? Sabía que te estaba afectando. 

—Que te den, Federico.


Me dispuse a hacer unos abdominales pero él apareció por encima de mí,sonriendo como el gato que se comió al canario. 

—Bueno, yo ya he acabado aquí —dijo frotándose las manos. Parecía cada vez más satisfecho consigo mismo—. Supongo que me voy a casa.


—Bien. Vete. 

Riéndose se dio la vuelta.


—Oh, pero antes de que se me olvide, Nina me ha pedido que me entere de si has conseguido convencer a Paula para que venga a cenar.


Asentí, incorporándome para atarme mejor los cordones.
—Dijo que iría.


—¿Soy yo el único que cree que es gracioso que mamá esté intentando emparejarla con Javier Cignoli?

Ahí estaba esa sensación en el pecho otra vez. Federico y yo habíamos crecido con Javier y era un tío bastante decente, pero algo en la idea de ellos dos juntos me hacía sentir ganas de darle un puñetazo a algo. 

—Bueno, Javier es genial —continuó—. Aunque Paula es un poco demasiado para él, ¿no crees? —Noté que se quedaba mirándome más de la cuenta—. Pero, oye, que lo intente si cree que tiene alguna oportunidad.


Me tumbé y empecé a hacer abdominales un poco más rápido de lo necesario. 

—Hasta luego, Pepe. 

—Sí, hasta luego —murmuré.

martes, 3 de junio de 2014

CAPITULO 20



La decisión estaba tomada y una vez más enrollé su corbata alrededor de mi mano y le empujé hacia el asiento de atrás.


Cuando la puerta se cerró tras él, no perdió el tiempo; se lanzó hacia el cierre de la parte delantera de mi vestido. 


Gemí al sentir que separaba la tela y me pasaba las manos por la piel desnuda. Me empujó hacia atrás para que me tumbara sobre la fresca piel y, poniéndose de rodillas entre mis piernas, me colocó la palma entre los pechos y la fue bajando lentamente por mi abdomen hasta el liguero de encaje. Sus dedos siguieron las delicadas cintas hasta el borde de mis medias y volvieron a subir para entretenerse en seguir todo el contorno de mis bragas. Los músculos de mi abdomen se tensaban con cada uno de sus movimientos y yo intentaba desesperadamente controlar mi respiración.


Rozando con la punta de los dedos los lacitos blancos, levantó la vista y me dijo:
—La suerte no tiene nada que ver con esto.


Tiré de él, agarrándole por la camisa, y le metí la lengua en la boca, gimiendo cuando su palma se apretó contra mí. 


Nuestros labios se pusieron a buscar; nuestros besos se hicieron más largos y más profundos, ganando en urgencia con cada centímetro de piel que se iba descubriendo. Le saqué la camisa de los pantalones y exploré la piel lisa de sus costillas, la clara definición de los músculos de su cadera y la suave línea de vello que salía de su ombligo y me animaba a ir más abajo. 

Como quería provocarlo de la forma que me estaba provocando él a mí, seguí su cinturón con mis dedos hasta la silueta dura que tenía debajo de los pantalones. 

Él gimió dentro de mi boca. 

—No sabes lo que me estás haciendo. 

—Dímelo —le susurré. Estaba utilizando sus mismas palabras contra él y saber  que se acababan de cambiar las tornas por el momento me excitaba—. Dímelo y te daré lo que quieres.


Él gimió y se mordió el labio, con la frente apoyada contra la mía, para después estremecerse.


—Quiero que me folles tú a mí.


Le temblaban las manos mientras me cogía las bragas nuevas y cerraba el puño y,aunque fuera una locura, estaba deseando que me las rompiera. La pura pasión entre nosotros era diferente a cualquier cosa que hubiera experimentado; no quería que se reprimiera. Sin una palabra me las arrancó y el dolor de la tela al dejar mi piel se sumó al placer. 

Empujé hacia delante con la pierna para echarlo hacia atrás y apartarlo de mí. Me senté, lo tiré sobre el asiento trasero y me puse a horcajadas en su regazo. Le abrí la camisa de un tirón, lo que envió botones despedidos por todo el asiento.

Yo ya estaba perdida para todo el mundo excepto para él y para aquello: la sensación del aire contra mi piel, los sonidos irregulares de nuestras respiraciones, el calor de su beso y la idea de lo que estaba por venir. Frenéticamente le solté el cinturón y los pantalones y con su ayuda conseguí bajárselo por las piernas. La punta de su miembro me rozó y yo cerré los ojos y bajé lentamente sobre él, deslizándolo poco a poco en mi interior.

—Oh, Dios —gemí, la sensación de él dentro de mí solo hizo que el efecto agridulce se intensificara.

Levanté las caderas y empecé a cabalgar sobre él, sintiendo cada movimiento más intenso que el anterior. El dolor que me estaban produciendo sus dedos ásperos en las caderas avivaba mi lujuria. Tenía los ojos cerrados y amortiguaba sus gemidos enterrando la cabeza en mi pecho. Movió los labios por encima de mi sujetador de encaje y me bajó una de las copas para cogerme el pezón endurecido entre los dientes. 


Le agarré el pelo con fuerza, lo que le provocó un gemido y su boca se abrió alrededor de mi piel.


—Muérdeme —le susurré. 

Y él lo hizo, con fuerza, lo que me hizo gritar y tirarle más fuerte del pelo.


Mi cuerpo estaba en armonía con el suyo, reaccionaba a todas sus miradas, sus sonidos y sus contactos. Y ambos odiábamos y a la vez adorábamos cómo me hacía sentir. Yo nunca había sido una de esas mujeres que pierden fácilmente el control, pero cuando me tocaba así, yo estaba encantada de dejarme llevar.


—¿Te gusta sentir mis dientes? —me preguntó con la respiración entrecortada e irregular—. ¿Fantaseas con otros sitios en los que te puedo morder?


Me apoyé en su pecho para incorporarme y lo miré. 

—No sabes cuándo debes cerrar la boca, ¿verdad? 

Él me levantó y me tiró bruscamente sobre el asiento. 


Separándome las piernas,volvió a entrar en mi interior. Mi coche era demasiado pequeño para eso, pero no había nada que pudiera detenernos. Incluso con las piernas dobladas de una forma extraña debajo de él y con los brazos por encima de la cabeza para evitar que chocara con la puerta, aquello era demasiado. 

Él se puso de rodillas y adoptó una posición más cómoda, me cogió una pierna y se la colocó sobre un hombro, lo que hizo que entrara más profundamente en mí. 

—Oh, Dios, sí.


—¿Sí? —Me levantó la otra pierna para apoyarla sobre el otro hombro. Extendió el brazo y agarró el marco de la puerta para guardar el equilibrio y hacer las embestidas más profundas—. ¿Así es como te gusta?

El cambio de ángulo me hizo dar un respingo cuando las sensaciones más deliciosas se extendieron por todo mi cuerpo.


—No. —Apoyé las manos contra la puerta y levanté las caderas del asiento para ir al encuentro de cada movimiento de la suya—. Me gusta más fuerte.


—Joder —murmuró y volvió la cabeza un poco para que su boca abierta me fuera dejando besos húmedos por toda la pierna.



Nuestros cuerpos ya brillaban por el sudor, las ventanas estaban empañadas y nuestro gemidos llenaban el espacio en silencio del coche. La penumbra que producían las luces del aparcamiento resaltaba todas las hendiduras, que parecían esculpidas, y todos los músculos del hermoso cuerpo que tenía encima de mí. Lo miré embelesada, tenso por el esfuerzo y el pelo alborotado y pegado a su frente
húmeda, los tendones de su cuello estirados como cuerdas.
Dejó caer la cabeza entre sus brazos estirados, cerró los ojos con fuerza y negó.

—Oh, Dios —jadeó—. Es que... no puedo parar. 

Yo me arqueé para estar más cerca, con la necesidad de encontrar una forma de sentirlo más profunda, más completamente en mi interior. Nunca había tenido unas ganas tan intensas de consumir otro cuerpo como las que tenía cuando él estaba dentro de mí, pero incluso entonces, parecía que nunca podía estar lo bastante cerca de las partes de él que quería sentir. Y justo con ese pensamiento en mi mente, la deliciosa tensión en espiral que sentía en mi piel y en el vientre cristalizó para convertirse en una dolor tan profundo que bajé las piernas de sus hombros a la vez que tiraba de él para colocar todo su peso sobre mí mientras suplicaba: «Por favor, por favor, por favor», una y otra vez. 

Estaba cerca, tan cerca.

Mis caderas empezaron a dibujar círculos y las suyas respondieron con fuerza y constancia, desatados tanto él, que estaba encima, como yo, que estaba debajo. 

—Estoy tan cerca, joder, por favor. 


—Lo que quieras —gimió él en respuesta, antes de inclinarse para morderme el labio y proseguir—. Quédate con lo que quieras.


Yo chillé al correrme, con las uñas hundidas en su espalda y el sabor de su sudor en mis labios.


Él soltó un juramento con la voz profunda y ronca y con una última embestida muy potente se tensó sobre mí.


Exhausto y temblando, se dejó caer con la cara contra mi cuello. No pude resistir la necesidad de pasarle las manos temblorosas por el pelo húmedo mientras estaba ahí tumbado, jadeando, con el corazón acelerado contra mi pecho. Tenía un millón de pensamientos cruzando por mi mente mientras pasaban los minutos.


Lentamente nuestras respiraciones se fueron calmando y estuve a punto de creer que se había dormido cuando apartó la cabeza. 

Mi cuerpo cubierto de sudor sintió inmediatamente el frío cuando él empezó a vestirse. Lo observé durante un momento antes de incorporarme y ponerme el vestido, luchando con fuertes sentimientos encontrados. Además de algo que me satisfacía físicamente, el sexo con él era lo más divertido que había hecho en mucho tiempo.


Pero es que era tan estúpido...


—Asumo por lo que ha pasado que vas a ignorar la cuenta que te he abierto. Y me doy cuenta de que esto no puede volver a pasar —dijo, apartándome de mis propios pensamientos. Me volví para mirarlo. Se estaba poniendo la camisa rota con la mirada fija en algún punto delante de él. 

Pasaron unos segundos antes de que se volviera a mirarme. 

—Di algo para que sepa que me has oído. 

—Dígale a Ana que iré a cenar, señor Alfonso. Y sal inmediatamente de mi puto coche.

CAPITULO 19




—¡Señorita Chaves! —gritó, pero lo ignoré y entré en el ascensor. 


«Vamos», me dije mientras pulsaba repetidamente el botón del aparcamiento. 


Apareció justo cuando se cerraban las puertas y sonreí para mí mientras lo veía desaparecer. «Muy madura, Paula.» 


—¡Mierda, mierda, mierda! —grité dentro del ascensor vacío, a punto de golpear el suelo con el pie. Ese cabrón me había arrancado el último par de bragas.


Sonó el timbre del ascensor que indicaba que habíamos llegado al aparcamiento.


Murmurando para mí me encaminé a mi coche. El aparcamiento estaba poco iluminado y mi coche era uno de los pocos que quedaban en esa planta, pero yo estaba demasiado furiosa para pararme un segundo a pensarlo. 


Cualquiera que quisiera tocarme las narices en ese momento iba a tener muy mala suerte. Justo en el momento en que ese pensamiento cruzó mi mente, oí la puerta de las escaleras abrirse estrepitosamente y el señor Alfonso habló a mi espalda. 


—¡Dios! ¿Podrías esperar, joder? —me gritó. 


No dejé de fijarme en que estaba sin aliento. Supongo que bajar corriendo dieciocho pisos tenía ese efecto. 


Abrí el coche y la puerta y tiré mi bolso en el asiento del acompañante.


—¿Qué coño quiere, señor Alfonso? 

—Vamos a ver, ¿puedes desconectar el modo arpía y escucharme durante dos segundos?


Me volví bruscamente para mirarlo.


—¿Es que crees que soy algún tipo de prostituta?


Cien emociones diferentes pasaron por su cara en un momento: enfado, impresión, confusión, odio y maldita sea, justo en ese momento estaba para comérselo. 


Se desabrochó el cuello de la camisa, su pelo era un desastre y una gota de sudor que le corría por un lado de la mejilla no me estaba poniendo las cosas fáciles. Pero estaba decidida a seguir furiosa. 

Manteniendo una distancia de seguridad, él negó con la cabeza. 

—Dios —dijo mirando a su alrededor en el aparcamiento—. ¿Crees que te veo como una prostituta? ¡No! Era solo por si acaso... —Se detuvo intentado organizar sus pensamientos.


 Pero pareció rendirse al poco, con la mandíbula tensa.

La rabia me recorría el cuerpo con tal fuerza que, antes de que pudiera detenerme,di un paso adelante y le di una bofetada fuerte en la cara. El sonido resonó en el aparcamiento vacío. Con una mirada sorprendida y furiosa, levantó una mano y se tocó el lugar donde le había pegado.


—Eres el jefe, pero tú no eres quien decide cómo funciona esto. 

El silencio cayó sobre nosotros. Los sonidos del tráfico y del mundo exterior apenas se registraban en mi conciencia.


—¿Pues sabes qué? —empezó a decir con la mirada oscurecida y dando un paso hacia mí—. Hasta ahora no he oído ninguna queja.«Oh, ese modo de hablar tan suave.»—Ni contra la ventana. —Otro paso—. Ni en el ascensor ni en las escaleras. Ni en el probador mientras veías cómo te follaba. —Y otro—. Ni cuando has abierto las piernas esta mañana en mi despacho, no he oído ni una sola palabra de protesta salir de tu boca.


Mi pecho subía y bajaba rápidamente, sentía el frío metal del coche a través de la fina tela de mi vestido. Incluso con aquellos zapatos de tacón, él me sacaba una cabeza sin problemas y cuando se inclinó pude sentir su aliento cálido contra mi pelo. Solo tenía que mirar hacia arriba y nuestras bocas se encontrarían. 

—Bueno, yo he acabado con todo eso —dije con los dientes apretados, pero cada respiración me traía un breve momento de alivio cuando mi pecho rozaba el suyo.

—Claro que sí —susurró negando con la cabeza y acercándose aún más, de forma que su erección quedó apretada contra mi vientre. Apoyó la mano en el coche,
atrapándome—. Has acabado del todo.


—Excepto... Quizá... —dije, aunque no estaba segura de si tenía intención de decirlo en voz alta.


—¿Quizá solo una vez más? —Sus labios apenas rozaron los míos.


Fue demasiado suave, demasiado real.


Volví la cara hacia arriba y susurré contra su boca.


—No quiero desear esto. No es bueno para mí.


Él dilató las aletas de la nariz un poco y justo cuando pensaba que iba a volverme loca, me cogió el labio inferior con fuerza entre los suyos y me atrajo hacia él. 

Gimiendo en mi boca hizo más profundo el beso y me empujó bruscamente contra el coche. Como la última vez, levantó las manos y me quitó las horquillas del pelo.


Nuestros besos empezaron siendo provocadores y después más duros,acercándonos y alejándonos, las manos enredadas en el pelo y las lenguas deslizándose la una contra la otra. Solté una exclamación cuando él flexionó un poco las rodillas, clavándome su erección.


—Dios —gemí, rodeándole con una pierna y hundiéndole el tacón en el muslo. 

—Lo sé —jadeó él contra mi boca. Bajó la vista hacia mi pierna, me cogió el trasero con las manos y me dio un fuerte apretón a la vez que murmuraba—. ¿Te he dicho lo sexis que son esos zapatos? ¿Qué intentas hacerme con esos lacitos tan traviesos? 

—Bueno, llevo otro lazo en otro sitio, pero vas a necesitar un poco de suerte para encontrarlo. 

Él se apartó. 

—Métete en el maldito coche —me dijo con la voz ronca saliéndole de lo más profundo de la garganta a la vez que abría la puerta de un tirón. 

Lo miré fijamente, deseando que algún pensamiento racional consiguiera colarse en mi cerebro confuso. ¿Qué debería hacer? ¿Qué quería? ¿Podía simplemente dejarle tomarme de esa forma otra vez? Estaba tan abrumada por todo aquello que todo mi cuerpo temblaba. La razón me abandonaba rápidamente mientras sentía su mano subir por mi cuello y meterse entre mi pelo.

Me lo agarró con fuerza, tiró de mi cabeza hacia él y me miró a los ojos. 

—Ahora.

lunes, 2 de junio de 2014

CAPITULO 18




 
 
Para cuando volví de refrescarme un poco en el baño, tenía un mensaje de texto del señor Alfonso en el que me informaba de que debíamos encontrarnos en el aparcamiento para ir al centro. Menos mal que los otros ejecutivos y sus ayudantes también iban a la reunión con Red Hawk. Sabía por nuestros antecedentes que si tenía que sentarme en una limusina a solas con ese hombre durante veinte minutos (sobre todo después de lo que acababa de hacer) solo había dos posibles resultados.


Y solo uno de ellos haría que él acabara como había llegado. 

La limusina estaba esperando justo a la salida y mientras me acercaba a nuestro conductor, él me sonrió ampliamente y me abrió la puerta. 

—Hola, Paula, ¿qué tal el trabajo? 

—Movido, divertido e interminable. ¿Qué tal los estudios? —


Le devolví la sonrisa. Leandro era mi conductor favorito, y aunque tenía tendencia a flirtear un poco,siempre me hacía sonreír.


—Si pudiera dejar la física, todavía podría graduarme en biología, seguro. Qué pena que no seas científica; podrías darme clases particulares —me dijo subiendo y bajando las cejas.

—Si ustedes dos han terminado, tenemos un lugar importante al que ir. Debería dedicarse a flirtear con la señorita Chaves en su tiempo libre. —Aparentemente el señor Alfonso ya estaba dentro del coche esperándome y nos miró reprobatoriamente a ambos antes de retirarse de nuevo a la parte de atrás. Sonreí y puse los ojos en blanco en dirección a Leandro antes de entrar.


El coche estaba vacío a excepción del señor Alfonso. 

—¿Dónde están los demás? —pregunté confundida mientras iniciábamos la marcha.


—Tienen una cena más tarde así que han decidido ir en otro coche. —Estaba enfrascado en sus papeles. No pude evitar notar la forma en que daba golpecitos en el suelo con sus zapatos Oxford italianos a la última moda. 

Lo miré suspicaz. No se le veía diferente. De hecho estaba súper sexy. Llevaba el pelo en su desastre calculado habitual. Cuando se llevó la pluma de oro a los labios distraídamente, justo como lo había hecho antes en el despacho, tuve que revolverme en el asiento para aliviar la repentina incomodidad. 

Cuando levantó la vista y me miró, la media sonrisita de su cara me hizo saber que me había pillado comiéndomelo con los ojos.

—¿Has visto algo que te gusta? —preguntó. 

—No, aquí no —respondí con una sonrisita yo también. Y como sabía que le iba a afectar, volví a cruzar las piernas a propósito, asegurándome de que se me subiera la falda un poco más de lo apropiado. Tal vez le hacía falta recordar quién tenía más posibilidades de ganar ese juego. Su ceño fruncido volvió un segundo después. Misión cumplida.


Los dieciocho minutos y medio que quedaban de nuestro viaje de veinte minutos los pasamos lanzándonos miradas lascivas en el coche mientras yo intentaba fingir que no estaba fantaseando con tener su atractiva cabeza entre las piernas. 

Creo que no hace falta decir que, para cuando llegamos, ya estaba de mal humor. 

Las tres horas siguientes se me hicieron eternas. Los otros ejecutivos llegaron y se hicieron las presentaciones. Una mujer particularmente llamativa pareció interesarse inmediatamente por mi jefe. Tendría treinta y pocos, con un grueso pelo pelirrojo, ojos oscuros muy brillantes y un cuerpo para morirse. Y, claro, esa sonrisa que era capaz de hacer que se le cayeran las bragas a cualquiera se puso en funcionamiento y estuvo a punto de dejarla inconsciente toda la tarde.


Gilipollas.

Cuando entramos en el despacho al final del día, después de un viaje de vuelta aún más tenso que el de ida, pareció que el señor Alfonso todavía tenía algo que decir. Y si no lo soltaba pronto, iba a explotar. Cuando quería que se estuviera calladito, no podía mantener la boca cerrada. Pero cuando necesitaba que dijera algo, se quedaba mudo.


Una sensación de déjà vu y de terror me embargó al cruzar el edificio semidesierto en dirección al ascensor. En cuanto las puertas doradas se cerraron deseé estar en cualquier parte menos de pie a su lado. «¿Es que de repente hay menos oxígeno aquí?» Mientras miraba su reflejo en las puertas brillantes, me di cuenta de que era difícil adivinar cómo se sentía. Se había aflojado la corbata y tenía la chaqueta del traje colgada de un brazo. Durante la reunión se había subido las mangas de la camisa parcialmente sobre los antebrazos y yo intenté no quedarme mirando las líneas que formaban sus músculos por debajo de la piel. 


Aparte de la constante forma de apretar la mandíbula y la mirada baja, parecía totalmente relajado.


Cuando llegamos al piso dieciocho dejé escapar un enorme suspiro. Esos habían sido los cuarenta y dos segundos más largos de mi vida. Le seguí a través de la puerta intentando mantener la mirada lejos de él mientras entraba rápidamente en su despacho. Pero para mi sorpresa no cerró la puerta detrás de él. Y él siempre cerraba la puerta.

Comprobé rápidamente los mensajes y me ocupé de unos cuantos detalles de última hora antes de irme de fin de semana. Creo que nunca antes había tenido tanta prisa por salir de allí. Bueno, eso no era realmente cierto. La última vez que estuvimos solos en aquella planta también salí huyendo bastante rápido. Mierda, si había un momento para no pensar en eso era precisamente aquel, en la oficina vacía. 

Solos él y yo.


Él salió de su despacho justo cuando yo estaba recogiendo mis cosas. Colocó un sobre color marfil sobre mi mesa y se encaminó hacia la puerta sin detenerse. «¿Qué demonios era aquello?» Abrí deprisa el sobre y vi mi nombre en varias hojas de un elegante papel color marfil. Eran los formularios para abrir una cuenta de crédito privada en La Perla, con el nombre del señor Pedro Alfonso como titular.


«¿Ha abierto una cuenta para mí?»


—¿Qué demonios es esto? —pregunté furiosa. Salté de la silla y continué—. ¿Me has abierto una línea de crédito?


Él se detuvo y, tras dudar un momento, se volvió para mirarme.


—Tras el espectáculo que has protagonizado hoy, hice una llamada y las gestiones necesarias para que puedas comprarte todo lo que... necesites. Por supuesto hay un límite en la cuenta —dijo con pragmatismo tras haber eliminado cualquier rastro de incomodidad de su cara. Por eso era tan bueno en lo que hacía. Tenía una capacidad asombrosa para recuperar el control en cualquier situación. 


Pero ¿creía realmente que podía controlarme? 

—Vamos a ver, solo para que me quede claro —le dije sacudiendo la cabeza e intentando mantener cierta apariencia de calma—, ¿has hecho gestiones para comprarme lencería? 

—Bueno, es para reemplazar las cosas que yo... —se detuvo, posiblemente para reconsiderar su respuesta—. Para reemplazar las cosas que han resultado estropeadas. Si no la quieres, no la uses, joder —bufó entre dientes antes de girarse para irse de nuevo.


—Eres un hijo de puta. —Me acerqué para quedarme de pie delante de él con el elegante papel ahora hecho una bola arrugada en mi puño—. ¿Te parece gracioso? ¿Es que crees que yo soy una muñeca que puedas vestir a tu conveniencia para divertirte? —No sabía con quién estaba más enfadada: con él por pensar eso de mí o conmigo por permitir que todo aquello hubiera tenido lugar.


—Oh, sí —se mofó—. Me parece algo para partirse.


—Toma esto y métetelo por donde te quepa. —Le tiré la bola de papel color marfil contra el pecho, cogí el bolso, giré sobre mis talones y literalmente salí corriendo hacia el ascensor.


«Cabrón ególatra y mujeriego.» 

Lógicamente yo sabía que su intención no era insultarme, al menos eso esperaba. 

Pero ¿aquello? Aquello era exactamente por lo que no había que tirarse al jefe y por lo que definitivamente no había que exhibirse y hacerle un numerito en su despacho. 

Aparentemente yo me había perdido esa parte de los consejos de orientación.